Capítulo 24 — Taylor
—Mi pequeño, ¿hay algo que quieras contarme? —pregunta mi madre esa mañana de semifinal. Habíamos terminado el entrenamiento y llamé para ver cómo iban las cosas, pero después de ponerme al día con los chismes familiares, la Señorita Monica fue directa al grano.
En realidad, tardó bastante en enterarse de todos los chismes.
Respiro hondo y considero qué decir.
—Nada oficial todavía, mamá.
—¿Oficial ni qué ocho cuartos, muchacho? ¡Quiero saberlo, como la mujer que te trajo al mundo! —replica, sonando ofendida, y suspiro, porque debería haberlo visto venir—. ¿Qué pasa entre tú y esa pareja?
—Es... complicado —digo, empezando a caminar por la Villa Olímpica sin rumbo fijo. Solo quiero alejarme de oídos indiscretos.
—Estoy segura de que soy lo suficientemente inteligente, así que suéltalo.
—Me gustan. Y hemos... estado pasando mucho tiempo juntos —intento suavizarlo, avergonzado como un adolescente al que pillan dando su primer beso.
—¿Los dos?
—Sí.
—¿Al mismo tiempo? —pregunta, y siento el impulso de lanzarme al pebetero olímpico, pero no hay escapatoria.
—Sí.
—¿Y todos consienten esto?
—Sí.
—¿Y todos se están cuidando? Ya sabes... ¿usando condones?
—¡Mamá!
—¿Qué? ¡Es mi papel como madre preocuparme!
—¡Creo que tuvimos esta conversación cuando tenía unos trece años! Sé cómo cuidarme —enfatizo, y la oigo hacer un pequeño sonido al otro lado de la línea.
—Más te vale. —Se hace una pausa silenciosa cargada de incomodidad, pero luego continúa con su interrogatorio—. ¿Y tú les gustas a ellos?
—Creo que sí, mamá, pero todavía es demasiado pronto para preguntárselo. Estoy reconstruyendo su confianza —confieso y espero su reacción.
—¿Y planeas invertir en una... relación con ellos? ¿Es «trieja» como lo llamáis vosotros los jóvenes hoy en día? ¿Aunque pueda afectar tu carrera?
—Sí. Si me lo permiten. Creo que mi carrera puede aguantarlo, ¿sabes? Y si no puede, también está bien... Tengo suficiente dinero para elegir otra cosa que hacer con mi tiempo. O simplemente nada —especulo, y la mujer mayor resopla.
—No tienes la paciencia para quedarte quieto ni siquiera cuando estás de vacaciones, Taylor Anthony —replica rápidamente, y sonrío, porque es verdad.
—Es cierto. Pero de todos modos, estoy seguro de que puedo encontrar alguna otra actividad, si no una que ame tanto como el baloncesto, al menos una que me haga feliz.
—Por supuesto que puedes. Siempre dije que puedes ser lo que quieras, hijo.
—Lo sé. Y estoy muy agradecido por eso —digo con sinceridad. Mis padres siempre fueron los mejores del mundo. Se desvivieron por darme la mejor vida posible y siempre me apoyaron en todo.
—Bien. Parece que estás realmente comprometido con este plan, así que yo también lo estoy. Me prepararé para ganarme unas cuantas miradas de desaprobación más en la iglesia...
—Lo siento mucho —me lamento, y de verdad lo siento. Mis padres tienen una fe inmensa y aman la comunidad que tienen en la iglesia a la que asisten, pero nunca dejaron que eso condicionara su amor por sus hijos.
—No lo sientas, porque esas tonterías solo duran hasta el próximo chisme —dice, y quiero llorar de gratitud.
—Papá...
—No te preocupes, hablaré con él. Tú concéntrate en tu entrenamiento, tus partidos y en mostrarles a esos dos lo valioso que eres —me asegura, con tanta convicción en su voz que se me llena el pecho de amor.
—Eres la mejor, Señorita Michelle.
—Lo sé.
—Te quiero.
—Yo también lo sé —dice con toda la certeza del mundo, y los dos nos reímos—. Yo también te quiero, mi pequeño. Solo cuídate, ¿de acuerdo? Cuida ese corazón tuyo.
—Lo intentaré, lo prometo.
—Bien. Te echo de menos, pero estaremos allí en dos días y tendrás que contarme sobre esta pareja con más detalle.
—Sí, señora. Nos vemos en la final.
—Voy a traer una nueva pancarta para animar, ¡te encantará!
—¡Mamá! —intento protestar, pero ella ya me está mandando un beso y colgando la llamada. Suspiro recordando que la última de estas pancartas decía: «Me pagaron para animar a Taylor Carter. ¿Alguien sabe quién es?». A ella le pareció graciosísimo. Suspiro pesadamente solo de recordarlo.
¿Una madre maravillosa? Sí.
¿Una comediante? Ni remotamente.
Pero entre dos males, prefería el menor. Me reiría de sus malos chistes hasta el final de mi vida si eso significaba que mis padres nunca me darían la espalda.
—Dilo otra vez, porque solo puedo estar alucinando —pido, mirando a mi primo con tanta incredulidad y rabia que siento que podría explotar.
—Recibí un correo electrónico con un vídeo... explícito... de vosotros tres. Y exige un millón de dólares para que el vídeo no se publique —me dice Lucca, con expresión preocupada.
Aprieto la mandíbula y rechino los dientes tan fuerte que temo que se rompan.
Realmente no soy un tipo de mal genio, y mucho menos agresivo, pero en este momento me siento capaz de destrozar toda esta habitación de hotel, de tanto odio como siento.
El día había sido increíble: me desperté con Hunter y Laila en mi cama, como venía pasando prácticamente desde que volví de Lille, hicimos el amor antes de que cada uno se fuera a entrenar, y luego, a última hora de la tarde, nuestra selección le ganó a Australia en la semifinal de baloncesto.
Teníamos medalla asegurada, pero pelearíamos por el oro contra Alemania en menos de dos días, y pensábamos salir de esa cancha con ella colgada del cuello.
Por si fuera poco, Laila había superado sus primeras rondas clasificatorias con un desempeño brillante en todas. Ocupaba el tercer puesto en el concurso completo individual.
Los dos se habían quedado en la Villa para ver la semifinal de vóley femenino, mientras yo volvía a descansar.
Descanso que se fue al carajo en cuanto Lucca llamó a mi puerta hace cinco minutos y me soltó esta mierda.
—Déjame ver esa mierda —le pido, y me pasa el móvil. El vídeo es bastante nítido, porque lo grabaron desde mi propia habitación y es de ayer por la mañana. Es corto, pero se nos ve la cara a los tres perfectamente.
Me dan ganas de vomitar. ¿Por qué me está pasando esto otra vez?
De nuevo con mi intimidad expuesta sin mi consentimiento.
Y esta vez era aún peor, porque al menos con Jake elegí grabar aquel vídeo.
Pero ahora algún hijo de puta había entrado en esta habitación, había escondido una maldita cámara, y Dios sabe cuánto habrán grabado.
Me dejo caer en la cama, tan destrozado que no tengo fuerzas ni para mantenerme de pie.
—¿Qué hago, Luc? ¿Llamo a la policía? —pregunto, y él duda antes de negar con la cabeza.
—Creo que sería peor, no podemos arriesgarnos a que esto se filtre. Mi consejo es que pagues lo que piden.
—¡Pero entonces podrá chantajearme para siempre!
—No. Pagamos esta primera cantidad para calmar los ánimos, y después contratamos a una agencia privada para que investigue todo.
Solo entonces acudimos a la policía —dice, muy serio.
Le miro los ojos color miel y el rostro pálido, tan distinto del mío.
Aunque Lucca también es un Carter y de verdad mi primo, lo es porque la hermana de mi padre lo adoptó cuando era pequeño.
Solo me lleva dos años, así que hemos crecido juntos desde críos, y de hecho fue él quien me metió en el baloncesto.
Su carrera en este deporte pintaba increíble, pero a los diecisiete tuvo un accidente de coche y nunca consiguió recuperar su nivel anterior.
Acabó dejando el baloncesto y se sacó la carrera de Empresariales.
Contratarlo como mi representante fue lo más natural del mundo, y ha sido mi mano derecha desde mi primer contrato en la NBA.
Confío en él y en su criterio, pero reconozco que ahora mismo dudo.
Lo que me pide el cuerpo es llamar a la policía, a seguridad del hotel e incluso al puto presidente de Francia para gritar mi indignación a los cuatro vientos.
Quiero romper cosas y pegarle a alguien.
Quiero estrangular a este maldito acosador, que ha pasado de ser un simple ridículo a un chantajista de mierda.
Me paso una mano por la cara mientras la desesperación me consume. Noto que se me viene encima un ataque de pánico, algo que no me daba desde hacía más de un año, y no quiero que nadie lo presencie, así que junto las últimas fuerzas que me quedan para decir:
—Haz lo que tengas que hacer, pero contrata a alguien que pueda rastrear el dinero antes de pagar. Mándame un informe y ya lo miraré cuando vuelva a Estados Unidos.
—Entendido.
—Que me preparen otra habitación, y búscame a algún puto especialista en cámaras ocultas y micrófonos para que lo revise todo antes de que entre.
—Yo me encargo —me asegura, y ni siquiera puedo mirarlo antes de pedirle que me deje a solas con mis pensamientos.
En cuanto la puerta se cierra de golpe, el pánico me golpea también con toda su fuerza. Me siento en el suelo y dejo que la desesperación se apodere de mí.