Capítulo 14 — Taylor
La sonrisa tonta que llevo en la cara mientras entreno hace que Bennett empiece a meterse conmigo en cuanto hacemos la primera pausa para hidratarnos. Me seco el sudor de la cara con la toalla que me pasa un asistente cuando mi amigo se planta justo delante de mí.
—A juzgar por esa cara de felicidad, anoche fue bastante bueno, ¿eh? —dice con tono sugerente, y contengo una media sonrisa.
—Fue genial, gracias. —Es mi respuesta escueta, y me llevo un golpe en el brazo.
—Venga ya, ¿eso es todo lo que vas a decir? ¡Quiero saber todo lo que pasó!
Entrecierro los ojos y cruzo los brazos.
—No necesitas saber nada de mi vida sexual, imbécil.
—¡Así que SÍ hay vida sexual! —responde, riéndose cuando pongo los ojos en blanco—. ¡Eso sí que es un avance! Aunque me lo imaginaba, porque oí que vosotros tres prácticamente estabais follando en medio de la fiesta.
La acusación me avergüenza un poco y me rasco el cuello, nervioso.
—Sí... nosotros... No fuimos muy discretos, supongo. ¿Está hablando mucha gente?
—Menos de lo esperado, creo. Quizá haya algún cotilleo más interesante circulando por ahí. Solo oí algunos comentarios en el desayuno de hoy —dice, intentando tranquilizarme, pero esta vez soy yo quien pilla algo.
—Espera, ¿solo te enteraste de oídas? Entonces, ¿dónde estabas tú anoche, Bennett Allen? —pregunto, enarcando una ceja. Mi amigo se atraganta con el agua que estaba bebiendo y mi sonrisa se ensancha.
—Yo... me fui pronto... con Lex —confiesa, y esta vez soy yo quien le da una palmada en la espalda.
—¡Por fin, joder! —lo felicito, demasiado alto, y recibo un «shhhh» del otro jugador. Me río y bajo la voz—. Era insoportable estar cerca de vosotros dos con toda esa tensión sexual.
—No eres precisamente el más indicado para hablar, teniendo en cuenta que babeabas cada vez que pasaban Hunter y Laila —contraataca. Niego con la cabeza, pero en el fondo sé que es verdad, así que intento desviar la conversación hacia él y la jugadora del equipo nacional femenino.
—Entonces, ¿qué pasó? ¿Fue algo de una noche o tenemos aquí el inicio de un romance? —pregunto, y Bennett niega con la cabeza enérgicamente.
—Nada de romance, pero acordamos tener sexo durante los juegos, para desahogarnos, lo cual es perfecto para mí. —Su respuesta no me parece del todo sincera, como si lo dijera para convencerse a sí mismo, pero decido no insistir. Mejor que lo resuelvan ellos solos.
—Bien. Disfrútalo, tío, Lex es maravillosa —comento mientras vuelvo a la cancha. Ben me lanza una mirada asesina antes de coger un balón y tirar a canasta, practicando su tiro libre. Me aguanto la risa.
—Voy a disfrutarlo. Pero ¿y tú qué? ¿En qué quedó la cosa?
Suspiro mientras cojo un balón e imito su lanzamiento.
—No lo sé. Se fueron temprano porque tenían entrenamiento a primera hora. Laila dejó claro anoche que sería algo casual, pero no dijo por cuánto tiempo. Espero que no sea solo una vez.
Bennett me mira comprensivo, pero no llega a responder porque el entrenador hace sonar el silbato, indicando que debemos volver a nuestras posiciones.
Obedezco y dejo que el deporte que más amo me distraiga del hecho de que ahora me preocupa de verdad que Laila y Hunter se hayan quitado las ganas y ya no tengan interés en volver a verme.
Al final del entrenamiento, nuestro entrenador nos echa una bronca monumental por nuestro pésimo rendimiento, pero todos parecen medio destrozados después de anoche. Incluso los que no bebieron se acostaron tarde y no tienen su energía habitual.
Hasta Cameron Clarke parece un poco distraído en la cancha, algo impropio de él, siempre tan responsable y serio. Mi radar me dice que tiene algo que ver con la becaria de fisioterapia, que además es hija del entrenador, sentada en las gradas, a la que lanza miradas furtivas de vez en cuando.
La cara más derrotada, sin embargo, es la de Daniel Lancaster, nuestro novato.
El chaval, de piel blanca cubierta de tatuajes, ojos marrones, pelo castaño y una expresión permanentemente alegre, ahora luce unas ojeras profundas y hasta parece un poco pálido.
Juega en los Lakers y solo hemos coincidido unas pocas veces antes de esto, ya con la camiseta del Team USA, pero sabía que era majo, decidido y un jugador con mucho potencial.
Aunque no tengamos mucha relación, no puedo resistirme a tomarle el pelo una vez que estamos en el vestuario, terminando de cambiarnos.
—Lancaster, Lancaster... te pillaste un pedo anoche, ¿verdad? —pregunto, más como confirmación que otra cosa. Daniel hace una mueca.
—Uf, déjame en paz... Puede que me pasara un poco —admite, y los chicos a mi alrededor y yo nos reímos, lo que hace que nos enseñe el dedo corazón—. Pero creo que fue porque mezclé demasiadas cosas. Mañana estaré como nuevo —promete, y asiento con aprobación.
—Más te vale, o Richard nos va a crujir a todos —añado. Pone los ojos en blanco, pero luego se gira hacia Kenji, el otro jugador con el que Daniel parece pasar más tiempo, y esboza una sonrisita sarcástica.
—Al menos yo no acabé en diez blogs de cotilleos diferentes antes de que empezaran los Juegos Olímpicos —se burla, y Oliver Kenji le hace una mueca a su amigo mientras tampoco puede evitar sonrojarse un poco.
—Besé a una chica, ni siquiera sé por qué tuvo que convertirse en noticia —se defiende, y el resto del equipo vuelve a reírse.
—Eso no fue un beso, tío, prácticamente te tragaste a la chica —suelta Cameron, secándose el pelo con la toalla.
El jugador japonés-estadounidense, de pelo negro, ojos marrones y un metro noventa y ocho, algo que nunca nos deja olvidar porque es el más alto de la plantilla, mira al capitán indignado.
—No fue así...
—Claro que sí, hasta hay vídeo —interviene Ben, y arqueo las cejas, emocionado con el cotilleo.
—¿Dónde? ¡Quiero verlo! —pregunto de inmediato, y mi amigo saca el móvil de la taquilla.
Navega por Twitter solo unos segundos antes de encontrar el vídeo y pasarme el teléfono.
Más jugadores se acercan, todos queriendo ver la escena.
Kenji suelta una maldición y se sienta en el banco del vestuario, aceptando su destino como centro de atención del día.
Veo el vídeo y confirmo que Cameron no mentía: Oliver le plantó un beso de campeonato a su pequeña novia justo en la entrada del club, donde anoche había docenas de fotógrafos y curiosos acampados.
Cuando la suelta, la chica tiene la cara completamente roja de vergüenza, pero Kenji tiene cara de haber ganado la lotería.
El vídeo termina y aparto la vista del móvil para mirarlo con gesto burlón.
—Ahora entiendo por qué llamó tanto la atención, número veinte. ¡Has pasado de jugador discreto a dar morreos en público! —digo, y me echo a reír con los demás. Kenji sigue avergonzado, pero luego se encoge de hombros y sonríe, relajado.
—Ahora tengo novia, no debería ser para tanto, pero pronto cambiarán este cotilleo por otro.
¿Quizás uno sobre una estrella de los Celtics bailando muy pegado a dos personas?
—contraataca, y su sonrisa se vuelve sarcástica mientras me mira fijamente.
El vestuario estalla en silbidos y «oooohs», y le tiro la toalla a la cara al listillo.
—Cállate, mocoso —respondo en tono juguetón, pero por dentro tengo sentimientos encontrados respecto a lo de anoche.
Ya no quiero tener miedo de que me vean con ellos, porque eso es precisamente lo que más le gusta a los medios, pero todavía no sé qué opinan ellos al respecto, y anoche no pensamos en nada de eso.
Tendría que sacar el tema si esto entre nosotros iba a continuar.
Por fin se acaban las bromas y terminamos de cambiarnos.
De ahí voy directo al hotel. Necesito dormir, porque anoche hubo dos rondas más de sexo después de la primera y no cerré los ojos hasta las tres de la madrugada.
Voy silbando una melodía cualquiera que me viene a la cabeza mientras abro la puerta de mi habitación, pero me quedo paralizado al ver un sobre blanco en el suelo.
Frunzo el ceño, recojo el papel y cierro la puerta tras de mí.
Abro el sobre, que no está sellado, y saco dos hojas: una con una foto en blanco y negro, aparentemente de una cámara de seguridad, que nos muestra a Laila y a mí besándonos junto al coche, y a Hunter observando.
Joder. ¡Esto no puede estar pasando otra vez!
Controlo el impulso de estrujar la foto, porque probablemente debería enseñársela a la pareja implicada, y paso a la nota, impresa en letras innecesariamente grandes.
«¿No aprendiste nada la primera vez, Carter? Tu carrera podría sobrevivir a otro escándalo... Pero ¿qué pasa con las suyas?»
Un odio intenso y visceral me sube a la cabeza, y daría lo que fuera por poder golpear a quien esté detrás de esas malditas palabras. Golpear lo que sea, en realidad, pero hago todo lo posible por controlar ese impulso, porque no puedo arriesgarme a lesionarme la mano.
Un sentimiento igual de fuerte de arrepentimiento me invade y se me encoge el pecho, porque todo es culpa mía. Una vez más, soy yo quien arrastra a Hunter y Laila a escándalos y cotilleos.
Me tiemblan los puños de rabia, pero intento respirar hondo varias veces, como me enseñó mi terapeuta, e intento pensar con claridad.
No voy a dejar que el miedo me venza esta vez.
Prometí no meter la pata, no hacerles daño, y pienso cumplir esa promesa.
Me meto los papeles en el bolsillo con rabia y digo adiós a lo que quedaba de una mañana tranquila de sueño.
En vez de eso, busco el número de Hunter en el móvil y marco.
Voy a empezar por contarles todo, porque es lo más justo.