Nuestro juego ganador Capítulo 9 — Laila
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Capítulo 9 — Laila

Estoy segura de que Carter cree que está siendo muy discreto, colándose en la cancha de voleibol con los hombros encorvados y las manos en los bolsillos del pantalón corto. Imposible, porque todos los que están viendo el entrenamiento notan al gigante en cuanto se acerca a las gradas.

Nuestras miradas se cruzan y se acerca despacio, casi como si estuviera tanteando hasta dónde le voy a dejar llegar.

Vale, ya no estaba en el nivel de odio de «quiero morderle la espinilla», pero aunque habían pasado más de veinticuatro horas, todavía no sabía cómo me sentía.

La conversación en el ascensor me había afectado demasiado.

Parte de mí quería mantenerse en sus trece e insistir en que lo correcto sería no volver a mirarle la cara.

Taylor Carter era sinónimo de problemas, y Hunter y yo ya habíamos tenido nuestra buena ración de esos.

Eso era lo que yo llamaba mi lado sensato.

La otra parte, sin embargo, quería creer en sus promesas, lanzarme a sus brazos y besar esos labios carnosos mientras hundía los dedos en su pelo.

Obviamente, ese era mi lado imprudente, que extrañamente parecía resonar en mi cabeza con la voz de Hunter, ya que mi novio era un firme defensor de las malas decisiones.

Ayer pasamos horas hablando del tema, pero no logré llegar a ninguna conclusión, y Hunter dijo que no haría nada hasta que yo me decidiera. Como siempre, o entrábamos juntos en esto o no entrábamos.

Los segundos que paso perdida en mis pensamientos bastan para que Taylor llegue y se siente a mi lado. Suelto un largo suspiro antes de mirarlo.

—Buenas tardes, Carter —lo saludo.

—Buenas tardes, Laila —responde, e ignoro el ligero escalofrío que me provoca oír mi nombre en su voz—. Pero llámame Taylor, por favor. Carter suena como si fuera un desconocido —me pide, y arqueo una ceja.

—En cierto modo eres un desconocido para mí, Taylor —recalco su nombre, y él esboza media sonrisa—. Pasamos un mes juntos y después nada, durante tres años.

El jugador suspira y su sonrisa se desvanece. Examina la cancha con la mirada fija en los movimientos de Hunter mientras este saca.

—Y aun así, creo que vosotros dos sabéis más de mí que la mayoría —confiesa, volviendo a mirarme.

Maldita sea, ¿tenía que poner esos ojos de cachorro abandonado? Eso es jugar sucio.

—¿Cómo es posible? —pregunto, y él suspira.

—No lo sé, nunca he sido de los que se abren con mucha gente, pero especialmente después del vídeo, me encerré aún más en mi propio mundo. Es muy difícil confiar en la gente —confiesa, y abro los ojos un poco más.

—¡Pero si vives rodeado de amigos!

—Tengo muchos conocidos, claro. Pero amigos, ¿amigos de verdad? ¿De esos que saben algo más que lo superficial de mi vida? Solo tengo a Lucca, mi representante, y a Bennett, mi compañero de equipo —explica, y me quedo sorprendida.

—Pero con nosotros pareces tan... abierto, desde el principio —no puedo evitar comentar.

Él asiente.

—Sí. Con vosotros dos siempre fue diferente. No sabría explicar por qué —dice, y por un segundo vislumbro pura soledad en los ojos oscuros del jugador, lo que me encoge el corazón.

Sacudo la cabeza e intento apartar esos pensamientos que me empujan a abrazar y cuidar a este tío que mide más de dos metros. Sabe perfectamente cómo valerse por sí mismo.

—Entonces cuéntame algo que nadie más sepa —lo desafío, y Taylor parece considerarlo un momento.

—Mi padre no es mi padre biológico. Mi madre se quedó embarazada de un imbécil que la dejó en cuanto se enteró del embarazo.

Tony había sido su mejor amigo desde la infancia y se ofreció a reconocer al bebé y casarse con ella, lo que evitó que mis abuelos se volvieran locos.

Tony me inscribió con su apellido, y lo que empezó como un matrimonio de conveniencia se fue convirtiendo en amor.

A día de hoy siguen siendo la pareja más empalagosa que te puedas imaginar —termina, con una sonrisa nostálgica.

Parpadeo varias veces, porque la revelación ha sido mucho más personal de lo que esperaba. De verdad creo que casi nadie sabe esto, o habría salido en las revistas del corazón hace mucho.

—Vaya, qué historia tan bonita. Digna de una novela romántica —admito, esbozando una leve sonrisa que él me devuelve.

—¿A que sí?

—¿Y alguna vez conociste a tu padre biológico? —pregunto, incapaz de contener la curiosidad.

—No, nunca quise. Ya tenía un padre increíble; ese otro solo era el donante de esperma —dice, encogiéndose de hombros, y mi admiración por su historia crece.

Joder, de verdad que se ha propuesto hacerme bajar la guardia, ¿eh?

Vuelvo la vista al frente e intento distraerme siguiendo el entrenamiento de mi novio. Me lanza un beso después de marcar un punto especialmente bonito contra el equipo reserva, y eso me arranca una sonrisa. No me pierdo su mirada de sorpresa cuando ve quién está sentado a mi lado.

—Creo que te toca a ti —dice el hombre a mi lado, aunque su atención sigue en la cancha, pendiente del partido.

—¿Mi turno de qué?

—De contarme algo que no sepa. Quizá algo que haya pasado en estos últimos años —sugiere, y por fin vuelve a mirarme.

Suspiro y me muerdo el labio, pensando qué sería un intercambio justo.

—Quiero a mis padres, pero su presión para que sea perfecta y la mejor en todo a menudo... me agota —confieso, y Taylor se limita a mirarme con comprensión, sin intentar sonsacarme más detalles, lo cual le agradezco enormemente. Darle demasiadas vueltas podría despertar mi ansiedad.

Por primera vez compartimos unos momentos de silencio cómodo mientras vemos el entrenamiento. Hunter nos echa un vistazo cada vez que tiene un momento de descanso, como comprobando que todo va bien.

Durante la siguiente media hora, intercambiamos algunas palabras sobre las jugadas y el ritmo del equipo de Hunter.

Tampoco puedo evitar fijarme en las muchas veces que Taylor deja que su deseo por mi novio se refleje en sus ojos, aunque intenta disimularlo.

Me muerdo el labio cuando el recuerdo de esos dos besándose vuelve a mi mente.

El hecho de que midieran lo mismo lo hacía todo más fácil, y desde la primera vez fue evidente cuánto les gustaba. Y cuánto me gustaba a mí verlos juntos.

La química entre los tres fue inmediata e intensa desde el primer instante, lo cual era completamente absurdo.

En estos cinco años de relación, más de una docena de personas han pasado por nuestra cama, hombres y mujeres, y siempre había sido muy bueno.

Pero con Taylor... fue diferente. Era el único que realmente había dejado huella en los dos, y quería odiarlo por eso con todas mis fuerzas, pero sentía cómo mi rabia se iba desvaneciendo por momentos.

El partido de Hunter termina con una victoria para el equipo titular, y mi novio es el primero en quitarse la camiseta.

La verdad es que hace muchísimo calor en París, y los franceses escatimaron en aire acondicionado en todas partes, lo que me parece bastante indignante.

Hunter agarra una botella de bebida isotónica mientras viene hacia aquí y se dirige a las gradas, deteniéndose solo cuando está justo frente a mí.

Saluda a Taylor rápidamente antes de atraerme contra su cuerpo caliente y sudoroso, levantándome en vilo.

Sin embargo, el beso rápido que esperaba se convierte en uno ansioso, lleno de urgencia.

Su lengua invade mi boca y tengo que contener un gemido.

Hunter me devora descaradamente, y oigo los silbidos y las bromas de sus compañeros de equipo.

Todo mi cuerpo se calienta y se vuelve lánguido, y me obligo a interrumpir este asalto a mi buen juicio antes de sentir la necesidad de rodearle la cintura con las piernas y restregarme contra él.

Ambos estamos sin aliento cuando Hunter me baja. Mi mente tarda unos segundos en volver del todo de esa nube de deseo, así que al final frunzo el ceño y le doy un golpecito en el hombro al rubio.

—¿Has perdido la cabeza? —lo regaño, pero él solo se ríe y se agacha para robarme un beso rápido.

—Estoy lleno de energía. No había entrenado en unos días y sienta genial volver a la rutina —explica, y finjo creerle. Lo que este idiota quería era provocar a Taylor, y le funciona de maravilla, porque el jugador pasa un buen rato mirándonos con los ojos vidriosos de deseo.

Dios, ¿por qué el Señor no hizo feo a este hombre, eh? ¡Me habría hecho la vida mucho más fácil!

Me aclaro la garganta y Taylor parece salir de su trance; enseguida se pone colorado.

—Yo... eh... estaba por aquí y decidí ver quién estaba entrenando. Se os ve perfectamente compenetrados —le dice a Hunter, y mi novio asiente, complacido.

—Este año solo han convocado a bestias. Jugamos algunos partidos juntos durante parte del año pasado y conectamos bien. Tengo muchas esperanzas de conseguir el oro este año —comenta, pasándose una mano por el pelo, ahora completamente revuelto por el esfuerzo.

—Seguro que la conseguís.

—Gracias. Sé que tú también vienes fuerte este año —añade Hunter, tirando de mí para colocarme delante de él.

Esas manos grandes se ponen entonces a trabajar con mi pelo suelto, que enrolla lentamente alrededor de su muñeca antes de formar un moño.

Levanto la mano derecha para darle mi coletero, que mi novio coge y usa para rematar el peinado con cuidado.

Taylor está medio paralizado mientras observa la escena falsamente inocente que monta el hombre detrás de mí.

Los tres sabemos que la última vez que Hunter hizo exactamente esto para recogerme el pelo, fue para que no me estorbara mientras le hacía una mamada a Taylor, y para que los dos pudieran verlo todo perfectamente.

Un poco más de esto y el jugador de baloncesto va a empezar a babear.

Sí, mi novio estaba claramente en el bando de la temeridad, y yo tendría que seguirle por pura y espontánea presión.

De mi libido.