Nuestro juego ganador Capítulo 2 — Laila
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Capítulo 2 — Laila

Mientras me acomodo la almohada contra el cuello y me pongo los auriculares, pienso que hoy nada va a poder fastidiarme.

Después de una semana agotadora en el campamento de preparación de gimnasia rítmica para los Juegos Olímpicos, por fin estoy en un avión rumbo a París.

Podré recuperar el tiempo perdido con mi novio y descansar unos días antes de que empiecen los entrenamientos de locos y la competición de verdad.

Cojo el móvil, que había metido bajo el muslo mientras me acomodaba en el asiento, y le escribo a Hunter.

En el avión, cariño. Intenta no perder el tren, para que podamos vernos esta noche.

Hunter no tarda ni un minuto en responder.

Buen vuelo, Jaan. Nos vemos en unas horas (¿y si olvidamos lo del tren perdido? ¡Solo pasó una vez!)

Me río con la respuesta y pienso en lo mucho que me encanta el apodo que me puso en los primeros meses de nuestra relación. Jaan significa vida en hindi, y Hunter está fascinado con mi herencia india y toda la cultura que conlleva. El hombre casi se desmayó cuando me vio vestida con un sari.

Sonrío al recordarlo y tecleo mi respuesta.

Matteo me contó que casi no llegaste al tren a Roma la semana pasada.

Saco a colación a su compañero de equipo Matteo, uno de los amigos más cercanos que mi novio ha hecho en estos dos años jugando al voleibol en Italia.

C-a-s-i. Esa es la palabra clave aquí: caaasi no lo cogí. Y Matteo es un bocazas, no le creas nada de lo que dice.

También me dijo que estabas llorando por los rincones porque me echabas de menos. ¿Eso tampoco debería creérmelo?

Esa parte sí puedes creértela. Soy un necesitado total, un mes sin verte fue demasiado tiempo.

Se me escapa otra sonrisilla con la dulce respuesta. Llevamos casi cinco años juntos, y Hunter todavía consigue derretirme.

Ha sido demasiado tiempo, pero ya estoy de camino y tendremos casi un mes entero pegaditos. Le escribo, y me responde con un emoji de ojos de corazón. La señal del avión me avisa de que es casi hora de despegar, así que se lo explico a mi novio.

Acaban de cerrar las puertas del avión. Voy a tomarme la medicación y desconectar. Hasta pronto, te quiero.

Te quiero, Jaan. Mi corazón y mi polla están deseando verte.

La frase me hace soltar una carcajada, lo que me vale una mirada de reojo de la mujer del asiento de al lado. Me muerdo los labios para contenerme mientras le respondo al malpensado con un simple emoji sacando la lengua.

Todavía sonriendo, pongo el móvil en modo avión, le doy al play de la lista de reproducción y lo guardo en la bolsa que tengo a los pies, de donde también saco la medicación para la ansiedad y la botella de agua.

Me la tomo religiosamente cada mañana para evitar cualquier ataque estando tan cerca de los juegos.

Mientras el avión despega, hago los ejercicios de respiración que me enseñó mi terapeuta y me concentro en la música que suena en los auriculares.

Al final, todo saldrá bien. No voy a repetir el fiasco de Tokio, porque esta vez no tendremos ningún obstáculo. 2024 es mi año, y voy a volver de París con una medalla de oro colgada del cuello.

Todo va a salir bien.

Miro las uñas que me he destrozado en las últimas horas. Maldita sea. Estaban tan bonitas antes de mordérmelas todas por los nervios.

Llevaba menos de dos horas en Francia y ya la odiaba con todas mis fuerzas. ¿A quién se le ocurrió que era buena idea organizar unos Juegos Olímpicos en un país que adora prender fuego a los coches?

Todo mi apoyo para ellos y su protesta, sea cual sea el motivo, pero vamos...

Podrían al menos dejar pasar un Uber, ¿no?

Viajé durante siete horas, luego pasé otros cuarenta minutos buscando la maleta porque, por supuesto, el personal del aeropuerto también está en huelga y tiran todas las maletas en una esquina sin importar el vuelo.

Y ahora no había manera de conseguir un Uber al hotel ni rezando.

Encantador.

Será el karma por haber decidido venir a París unos días antes que el equipo de gimnasia solo porque quería más tiempo con mi novio.

El tren que Hunter coge desde Italia debería llegar dentro de tres horas, y a este paso llegará al hotel antes que yo.

—Joder, me cago en todo —gruño en voz alta cuando el décimo conductor cancela el viaje diciendo que no puede llegar.

—¿Sin suerte con el Uber? —La voz grave me llega desde atrás y me hace dar un respingo. Me giro de golpe y me encuentro cara a cara con un pecho enorme.

Un muro de casi dos metros, manos enormes que han recorrido todo mi cuerpo, y labios carnosos cuya sensación contra los míos recuerdo demasiado bien: Taylor Carter. La estrella de la NBA. Miembro del «Dream Team» de baloncesto del Team USA este año. Y también un antiguo lío mío y de Hunter.

Mierda. Sabía que me lo encontraría, pero ¿tenía que ser tan pronto? Esto ya no es karma, es una conspiración del universo contra mí, fijo. Respiro hondo y levanto la vista hasta encontrar la cara del jugador.

Taylor lleva una gorra calada hasta las cejas, gafas de sol y un conjunto completamente negro.

Supongo que es para no llamar la atención, pero estoy segura de que no le sirve de mucho.

Su altura, que si no me equivoco ronda los dos metros, ya basta para destacar en cualquier sitio.

Y a pesar del endeble disfraz, podría describirlo con los ojos cerrados: piel canela, ojos castaños oscuros, pelo muy rizado que nunca se dejó crecer demasiado, y labios gruesos que había besado unas cuantas veces. Y que me habría encantado olvidar.

—Carter. Hola —lo saludo, prefiriendo usar su apellido.

—Hola, Laila. ¿Cómo estás? —responde mientras se mete las manos en los bolsillos, y hasta parece... ¿avergonzado por un segundo? Qué raro, pero no quiero pensar en eso ahora.

—Bien, gracias —digo, cortante—. Y lo del Uber, sí, por lo visto hay una protesta cerca y no pasa ningún coche —explico, y él asiente con gesto comprensivo.

—Pensaba que gimnasia también tenía autobús para transportar a los atletas —su comentario me hace poner los ojos en blanco.

—¿Lujoso como el vuestro? No lo tenemos —digo sin ocultar el sarcasmo—.

Me sacaba de quicio que las estrellitas del baloncesto tuvieran hasta el último lujo.

Para los demás deportes la cosa era muy distinta.

No nos dejaban tirados en la carretera, claro, pero tampoco nos mimaban—.

Pero sí, los simples mortales sí tenemos autobús del Team USA, solo que yo elegí venir una semana antes que el equipo de gimnasia, así que...

—El transporte corría de tu cuenta —concluye, y asiento—. ¿Quieres venir con nosotros? Seguro que hay sitio.

Taylor me lo ofrece mientras señala un punto detrás de mí. Me giro y veo el vehículo rojo, blanco y azul con el motor en marcha, seguramente esperando a que él suba para poder irse.

—Oh, no... Yo... —empiezo a rechazar la oferta mientras vuelvo a mirarlo, pero el jugador me interrumpe.

—Te quedarás aquí atrapada mucho tiempo si no aceptas. Y debes de estar cansada del viaje —dice, y suelto un suspiro, porque la verdad es que estoy agotada, sudando y muerta de hambre—. Ni siquiera tienes que sentarte cerca de mí si no quieres, te prometo que no te molestaré.

Maldita sea.

No quiero estar en el mismo sitio que Taylor Carter, pero entre él y este maldito aeropuerto...

—¿Pero no nos quedaremos atascados en el tráfico igualmente? —replico, y lo veo encogerse de hombros.

—Debería despejarse poco a poco, y al menos estarás más cómoda dentro —dice. Me froto la cara y dejo caer los hombros, derrotada, porque tiene razón.

—De acuerdo. Si realmente hay sitio, acepto —cedo, y una leve sonrisa asoma en el rostro apuesto del hombre. Coge mi enorme maleta como si no pesara nada y se dirige al autobús. Resoplo y prácticamente tengo que correr para alcanzarlo.

Minutos después, estoy acomodada en un asiento cómodo, bebiendo zumo de naranja y comiendo una barrita de cereales que me ha dado el asistente del equipo.

Por el amor de Shiva, ¿quién tiene un asistente que viaja con los jugadores? Esto ya era el colmo.

No pude evitar fijarme en las miradas que me lanzaron al verme entrar junto al mismo jugador que arrastró mi nombre a un escándalo, pero decidí ignorarlas. A estas alturas ya soy toda una experta en eso.

A pesar de todo, estaba agradecida por el viaje.

Taylor se limitó a presentarme a su entrenador para explicar la situación y luego cumplió su promesa de no sentarse cerca de mí.

En su lugar, me tocó junto a Alexandra Rivera, una jugadora de la selección femenina.

Al principio no me prestó mucha atención, concentrada en su tableta, pero empecé a preguntarle por los partidos de baloncesto que estaba viendo y pronto nos enzarzamos en una charla sobre nuestros deportes y nuestras esperanzas para los Juegos Olímpicos.

Fue la distracción perfecta para no pensar en que volver a ver a Taylor Carter me había afectado mucho más de lo que esperaba.