Nuestra historia desde la oscuridad a las estrellas ✦ CAPÍTULO 21 ✦
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✦ CAPÍTULO 21 ✦

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El hilo rojo del destino

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Tras la ruptura, el contacto cero se instaló como una norma absoluta.

Pasó un año entero en el que yo seguía haciendo mi vida y quedando de vez en cuando con Elena, Claudia y las chicas, como siempre.

En una de esas salidas por el centro de Málaga, Elena llamó a un amigo suyo llamado Julio para que nos llevara a casa.

Desde el primer momento se vio que Julio tenía la intención de tirarme los tejos, pero yo me volví tan fría y distante como era en realidad.

Me cuesta muchísimo que la gente acceda a mí, y aunque él estuvo meses y meses insistiendo e intentando algo —quedando alguna vez para un café, aunque yo nunca quise ir más allá—, en mi cabeza y en mi corazón Iván seguía ocupando un espacio del que no pensaba marcharme.

En medio de aquello, tras haber pasado ya un año exacto desde nuestro parón, una noche inesperada Iván me habló.

Noté que algo en él había cambiado, que se había dado cuenta de cosas que antes no veía.

Empezamos a hablar de nuevo y, coincidió que un día de lluvia, la conversación fluyó hasta el punto de quedar para tomar algo.

No lo vi mal; al fin y al cabo, había pasado un tiempo prudencial y no tenía sentido remover el cajón de la basura.

Cuando nos vimos, me sorprendió. Lo noté diferente: me dio la mano, me acarició y se soltó de una manera que hacía tiempo no veía, despertando otra vez pequeñas mariposas en mi interior.

Fuimos a cenar y, durante la velada, me soltó una frase que se me quedó grabada en la cabeza a fuego durante muchísimo tiempo: «No sé si volveremos o no, pero...

». Como soy muy de intuir, de alma y de buscar significados profundos, aquella frase se quedó rondando en mi mente, haciéndome sospechar que el destino aún guardaba un capítulo para nosotros.

Sin embargo, tras aquello, volvimos al contacto cero y no nos dijimos nada más.

Llegando al final de 2020 y entrando en 2021, mi vida dio un giro radical.

Atravesé una etapa muy complicada, una oscuridad sin salida de la que me costó mucho intentar salir.

Con el tiempo, y debido a la constancia de otro chico que me demostraba cosas, acabé teniendo una relación con él, de la cual nació mi precioso hijo.

Años más tarde, cuando me fui a vivir a otro sitio, sentí de pronto que el mundo entero me hablaba y que algo estaba por suceder: me di cuenta de que una de las calles por las que me movía se llamaba precisamente Iván. Aquello me dejó con los pelos de punta.

Los años se sucedieron en un silencio total de contacto cero: pasaron 2022, 2023, 2024, 2025...

hasta adentrarnos de lleno en 2026. Unos ocho meses antes del reencuentro definitivo, mientras hacía gestiones con unos papeles, pasé por delante de un bar cuyo nombre me detuvo en seco: se llamaba El Reencuentro.

Supe en ese instante que las señales se estaban alineando.

Efectivamente, ocho meses después, comencé a notar ciertos movimientos en redes sociales.

Pero yo ya no era la misma; venía de un proceso enorme de crecimiento personal, sabiendo perfectamente lo que quería, lo que toleraba y lo que no.

Me prometí a mí misma que si esta vez él daba el paso, me hablaba y me daba la cara, yo le respondería.

Al fin y al cabo, las personas pueden cambiar con los años.

Y pasó lo que nadie imaginaba. Iván me habló.

Lo hizo sin máscaras, sin tapujos, dando la cara de verdad.

Fiel a mi promesa, le respondí. Por entonces, mi relación con el padre de mi hijo ya se había roto hacía un tiempo y caminaba sola.

Con Iván, día tras día de conversación, las corazas se cayeron por completo y la realidad afloró sin filtros.

Me confesó que estaba enamorado, me dedicó palabras preciosas y me dijo algo que lo resumía todo: éramos como un hilo rojo que, por mucho que se estirara, era demasiado largo y la vida y el destino siempre terminaban por recogerlo.

Ambos habíamos crecido, madurado y visto la vida desde otra perspectiva tras tantas dificultades. Él me bautizó con un nombre muy especial: me dijo que yo era su luz, su estrella. Y yo le recordé que, sin él saberlo, también había iluminado mis días más oscuros.

Cuando por fin volvimos a intercambiar nuestras redes y a conectar de verdad, me di cuenta de que cada pequeña señal de los últimos años estaba conectada.

Él me enseñó detalles que demostraban que me había estado pensando todo este tiempo, mucho más de lo que imaginaba.

Esta vez, aunque yo seguía protegiendo un poco mi corazón, me abrí por completo a lo sentimental.

Las palabras «te quiero» y «te amo» brotaron con total sinceridad, libres de cualquier protección o miedo.

Así fue como, tras seis largos años de espera, se abrió la puerta a una de las cosas más bonitas y mágicas que jamás nos podrían haber pasado.

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