Capítulo 12
A LFREDO O TERO
Primer interrogatorio a Sonia Rey, hija de la víctima
Creo que uno de los días más fructíferos de mi vida fue cuando mi hija Marta me descubrió los pódcast. Intuyo que los israelitas debieron sentir algo similar cuando les enviaron el maná.
Un mundo de historias y sonidos se abrió ante mí como el tesoro de Rackham el Rojo. Tomé cada moneda, la analicé y volteé para ad mirarla bien y después me entregué a su sonoridad como un avaricio so corsario.
Cuando estudié Comunicación, la televisión era muy diferente a lo que es ahora.
Ni tantos canales ni tanta programación ni tanta tontería.
Luego, por los noventa, cuando nacieron las cadenas privadas y la caja tonta se adaptó a un horario mayor, se acuñó el término «televisión de compañía».
Referencia a la gente que sólo la encendía para escuchar una voz amiga que paliase la soledad.
Para mí existen los pódcast de compañía.
Si estoy solo, me pongo un pódcast. Para salir a la calle me pongo un pódcast. Para cocinar, para dormir…
En uno de los últimos pódcast que escuché, el entrevistador y un neurocientífico hablaban sobre el comportamiento humano y la influencia de nuestra educación infantil.
Citaban un experimento de Walter Mischel realizado en 1960 con niños de cuatro años.
Los chiquillos debían esperar con una gominola delante hasta que el buen doctor regresase.
Si no se la comían, se les daba otra. Walter Mischel demostró que los niños que lo esperaron se convirtieron en adultos más exitosos que los que habían sucumbido a la inmediatez de la golosina.
He pensado en esto porque Sonia Rey Vilaboi es ahora una adulta exitosa y tal vez se deba a esa paciencia. Esa niña siempre fue… ¿cómo explicarlo? Especial. Tenía un aura. Un halo. Irradiaba luz… Tanta que a veces parecía impostada de pura inviabilidad. Nunca un mal gesto o una palabra más alta.
Voy a comenzar a escuchar su interrogatorio y su postura ante Teo Costas es totalmente relajada.
He salido a primera hora a comprar el periódico en el paseo con Nala.
En mi despacho cae una luz tibia sobre la mesa.
De esas que endulzan Baiona cuando el sol se ríe de la diafanidad de las nubes.
Una diagonal luminosa cruza la portada de Cartas a un joven novelista , abombado por un lápiz que sirve de marcapáginas.
Bajo él está mi cuaderno de Mary Shelley lleno de frases que me dibujan como un novelista que sabe lo que hace: «Más profundidad de personajes», «matices en las descripciones», «¿demasiados contextos?
»… Y también con otras que evidencian que soy un investigador terrible: «¿Antón lo hizo?
», «¿Ramiro drogas?», «¿Cora?», «¿Hablar con Cora, o muy pronto? ».
A través de las cortinas desplegadas puedo ver recovecos azules imponiéndose al gris que había cerrado el cielo desde primera hora. Alguna gaviota llama a sus tocayas con un graznido y el sonido quiebra los latidos de una calle aún dormida por la tormenta matutina.
Antes de darle al Play, entorno la puerta para que ni mi mujer ni las niñas descubran que tengo esos interrogatorios entre manos.
Adelante con el segundo interrogatorio. Adelante, Sonia:
Play .
—¿Está cómoda?
La hija de Ramiro asintió. Le veo el gesto sereno acompañando una postura relajada, con los dedos cruzados y los codos sobre la mesa.
Llevaba el pelo rubio recogido en una coleta alta que resaltaba con mayor naturalidad las facciones duras, la piel blanca y unos ojos muy azules, heredados de Cora.
La nariz, abultada en la punta, y la boca, grande, de labios finos.
Nunca perdió esos rasgos…, y a mí siempre me pareció guapísima.
Elena, Marta y ella se llevaban. No eran amigas, pero se alegraban de verse de vez en cuando.
Con Natalia Vilaboi pasaba algo parecido por los años que había vivido en casa de Ramiro y Cora siendo preadolescente.
Cuando Teo Costas tomó asiento lo hizo con tediosa parsimonia.
Buscaba ponerla nerviosa. De hecho, colocó la libreta sobre la mesa y la centró ajustando la esquina derecha con la yema del índice.
Después puso el bolígrafo encima, dejándolo exactamente en medio del cuaderno.
Carraspeó, aspiró y aguantó el aire para echarlo en un suspiro de agotamiento.
Bostezó. O lo fingió. No lo tengo muy claro.
Luego se frotó los ojos como un niño pequeño…
y sin decir nada se levantó y desapareció de la sala con paso tranquilo.
Acelero la grabación porque algo me dice que esta pausa será más larga de lo que parece.
Cuando Teo Costas volvió a entrar comprue bo que habían pasado exactamente ocho minutos.
Ocho minutos en los que el policía habría disfrutado del café desde el cristal que cubría una pared de la sala de interrogatorios.
O esto intuyo. Tal vez he visto demasiadas películas, pero ¿por qué ocho minutos exactos?
, ¿por qué ha entrado? Retrocedo al último minuto para verlo ahora a velocidad normal…
, hasta que me percato. A los siete minutos y cuarenta y cinco segundos, Sonia Rey, que había permanecido en la misma postura, con pestañeos leves y mirada perdida en un punto fijo de la pared, se había acomodado en la silla.
De manera sutil, como si no estuviese a gusto.
Teo Costas entró justo en ese momento.
—Perdone —dijo cuando estaba a punto de llegar frente a ella—, no le he ofrecido café. A su madre se lo ofrecí, pero me dijo que no. ¿Quiere uno? Puedo ir a por él —sorbió su bebida, provocando un ruido francamente molesto— si quiere…
—No. No quiero. —La voz de Sonia Rey temblaba. Intentaba controlar el estado de nervios, pero ¿por qué? Si ella no era sospechosa… ¿No? ¿Acaso Sonia ocultaba algo? Tal vez Teo lo sabía. Eso explicaría el porqué de esta técnica desde el primer momento.
—¿Qué le pasa, Sonia? —El policía seguía de pie, con el peso del cuerpo sobre la mano derecha que apoyaba en el respaldo de la silla.
—Nada.
—¿Con quién estaba cuando mataron a su padre?
—Con Alejandro. Mi primo. Los dos nos bañamos en la piscina. Él puede corroborarlo. O sea, pregúntele. Salimos del agua, nos pusimos las toallas y volvimos a casa. Él puede confirmárselo todo… ¡Por Dios, era mi padre! Yo no… Yo…
Teo Costas levantó la mano, frenando la vomitona verborreica de Sonia. Después sonrió, apuró de un trago el café que sostenía con la mano izquierda y lanzó el vaso a la papelera. Al meterlo, apretó el puño y volvió a sonreír. Yo empiezo a no entender nada de ese interrogatorio.
—¿Ha visto Cadena perpetua ? —preguntó de pronto Teo Costas mientras se dejó caer en la silla de forma plomiza.
—¿Qué?
—Que si ha visto Cadena perpetua. La película de Tim Robbins y Morgan Freeman donde…
—Sí, la he visto —lo interrumpió.
Pero a Teo Costas le dio igual.
—… donde el banquero es acusado inj ustamente de un asesinato y pasa varios años excavando un túnel para fugarse. Al final se marcha a…
—¡A Zihuatanejo! ¡O sea, sí! ¡Ya le he dicho que la vi! —Y, por primera vez, el tono de Sonia Rey sonaba más alto y crispado.
Teo Costas sonrió. Igual que cuando ella dijo que no le pasaba nada. Igual que cuando encestó. Porque sabía que esta canasta valía todavía más. La había sacado de sus casillas.
—Me encanta esa película. Pregúnteme por qué. —Teo Costas sonrió con credibilidad. Una credibilidad tan asombrosa como escalofriante.
— ¿Có… cómo?
—Que me pregunte por qué me encanta Cadena perpetua . —Esta vez era una orden muy clara. Y Sonia evitó la confrontación.
—¿Por qué le gusta Cadena perpetua ?—Fue apenas un hilillo que fue extinguiéndose hasta apenas ser audible.
—¡Qué pregunta tan acertada, Sonia! ¿Ha salido de usted?
No hace falta que me responda, no perdamos la magia.
—Volvió a sonreír. Se estaba divirtiendo con cierto sadismo—.
Me encanta por dos motivos. Primero, por el final.
La sorpresa… ¡El zénit de la obra! —gritó, histriónico—.
Ese túnel oculto tras un póster de Rita Hayworth… ¡Es cine, Sonia!
La hija de mi amigo dudaba entre el terror y la incomprensión. Yo me inclino por lo segundo… Nunca había presenciado nada tan extraño. Aunque los interrogatorios de Teo Costas parecían funcionar, no tengo ni idea de por dónde podía salir aquello.
—Pero no estamos aquí para hablar de cine, ¿verdad, Sonia? Estamos aquí para hablar de quién se cargó a su padre… Venga, ¿qué me oculta?
—¿Qué? —Otra vez aquel hilillo temeroso brotando de su garganta.
—Ya me ha escuchado. —Teo Costas había cambiado radicalmente. Hablaba con seriedad, seguridad y dureza. Ni rastro de la amabilidad del principio ni del histrionismo desatado hablando del cine—. ¡¿Qué me oculta?!
—Na… ¡Nada! —Sonia estaba muy tensa. Se movía en la silla. Miraba hacia todos lados. Hasta a mí me parecía que ocultaba algo.
—¡Que qué me oculta, coño!
—¡Nada! Lo juro. ¡Yo no tuve nada que ver! —Sonia empezó a llorar de tensión.
El policía se reclinó en la silla. Inspiró, expulsó el aire y forzó una sonrisilla con un único lateral de la boca.
—Pero Sonia… ¡Sonia! Si yo ya sé que usted no tuvo nada que ver con lo de su padre. ¿Usted? ¿La hijita perfecta?, ¿la niña modelo? No, no. Yo sé que usted no fue. Pero le falta el segundo motivo.
—¿El segundo motivo? —Sollozó antes de volver a hablar—. ¿Qué segundo motivo?
—El segundo motivo por el que me encanta Cadena perpetua . Pregúntemelo.
Esta vez, Sonia no replicó. Ahora no había confusión, sino miedo. Tensión.
—¿Cuál es el segundo motivo por el que le gusta la película?
—Ha conocido el primer motivo y no podía esperar, ¿eh? Normal. Verá, hay un momento de la película con una frase buenísima. Es cuando Tim Robbins le dice a Morgan Freeman que no tiene enemigos dentro de la cárcel, y él le dice que se dé tiempo.
Sonia se pasó la mano por la cara y se frotó los ojos llorosos. Parecía cansada. Mejor dicho, cansada y desesperada.
—O sea, lo que quiere decirme es que… —preguntó en un tono que delataba la absoluta necesidad de terminar con la conversación.
—Que todo el mundo tiene enemigos. Su padre también. Y más moviendo el dinero que movía.
—¿Y cómo sabe eso?
—Porque lo hemos investigado.
—Yo no sé… O sea, no tengo ni idea de…
—No me interesa —la cortó Teo Costas—. El enemigo de su padre es su hermano Antón. Por eso está detenido.
—¿Qué? —Sonia Rey no pudo evitar una sonrisilla incrédula bajo los ojos vidriosos. Casi parecía… ¿aliviada?—. O sea, ¿cree que mi hermano mató a mi padre?
—No. Lo he detenido porque tengo envidia de su altura.
¡Obvio que creo que mató a su padre, coño!
¿Y sabe por qué lo creo? —Teo Costas se inclinó ligeramente sobre la mesa.
Una técnica de intimidación que ya usó con Cora Vilaboi—.
Porque su madre ha dicho que tenía motivos.
Motivos para matarlo, ¿eh, Sonia? Es gordo.
—Mo… —Entonces algo en Sonia Rey hizo clic. No fue más que un ligero movimiento de cabeza, la izó ligeramente y la ladeó, como si de pronto hubiera vuelto la luz a una casa a oscuras en plena noche—. La discusión…
¡Eso era lo que ocultaba!
—¡Ahí quería llegar yo! ¿De qué discusión hablamos?
—Fue unos días después de que llamásemos a la policía por la alarma…
—¿Qué alarma?
—¿No sabe nada? O sea, ¿no sabe que nos entraron en casa?
—No me suena nada de eso. Explíquemelo.
—Hará unas… dos semanas. O no. O sea, igual fue hace tres… Bueno, o sea, da igual. Saltó la alarma de casa…
—Recuerde el día. Es importante.
Yo sí lo recuerdo. Ramiro me lo contó. Dijo que se habían llevado su colección de relojes, todos carísimos. No menos de ochenta y cin co mil euros en marcas de lujo. Eso y documentos. Aunque Ramiro no me contó qué eran ni yo pregunté.
Sonia Rey se quedó pensando unos segundos, incluso cerró los ojos antes de hablar de nuevo. En ese gesto, veo a mi amigo Ramiro y el corazón me pellizca.
—Tres semanas. O sea, exactamente tres semanas y un día antes de lo de papá. Era viernes. Estábamos los cuatro fuera de casa y esto debió ocurrir… Sobre las… ¿once de la noche?
—¿Y cómo se enteraron de la alarma?
—Porque nos llegó un mensaje al móvil. Lo tenemos configurado para que nos llegue a los cuatro. Por si ha entrado alguien. O sea, que nos enteremos todos y podamos… —le costó decirlo— ponernos a salvo.
—Pero ¿se llevaron algo? Nadie me ha dicho que había una denuncia tramitada…
—Pues…
—No. Cuando alguien la caga, hay que reconocerlo.
Ya me jode. Echaré las broncas a quien tenga que hacerlo.
Panda de ineptos. Me toca muchísimo los cojones.
Uno aquí intentando resolver un crimen y a esta gente le suda los huevos algo tan importante.
¡Me voy a encargar de que ruede alguna cabeza! ¡No soporto el trabajo mal hecho!
—No hace falta… Yo se lo cuento si quiere.
—¿Cómo no voy a querer? Claro que quiero, pero no le garantizo que no tome represalias… En fin, dígame.
—Nos encontramos la caja fuerte revuelta. No sé cómo lograron la combinación, papá era cuidadoso…
—Eso nos dice que no era la primera vez que robaban. Bien, algo es algo.
—Habían sacado todo. O sea, dinero, relojes… Se llevaron todo.
—Sí, lo básico de gente forrada.
—¿Gente forrada?
—Venga, Sonia —se burló Teo—. Que somos mayorcitos los dos. Su padre cagaba pasta. ¿O me va a decir que ese pisito tan cuco en la avenida de las Camelias que se ha comprado lo ha pagado usted?
—¿Cómo sabe…?
—No haga una pregunta tan absurda. Investigamos el crimen de su padre, ¿de verdad cree que no íbamos a saber que le pagó la casa? Por favor, la tenía por alguien inteligente. Venga, siga con lo del robo.
Sonia Rey guardó silencio unos segundos. No fue demasiado, lo suficiente para aceptar ese bofetón de realidad sobre ser la hijita de papá. Prosiguió con el tono más neutro que pudo.
—Papá dijo que también se llevaron algún papel. Y supongo que no se llevaron más porque sonó la alarma. O sea, tirarían lo que tuviesen encima y huirían.
—Todo desperdigado. Vale. ¿Y la discusión?
—Porque Antón llegó el primero. Era el que más cerca estaba y encontró la herencia… O sea, el documento de la herencia.
—¿Y no estaba contento?
—No mucho… Mi padre me dejaba el chalet de Cala Asterpot. No sé por qué, pero eso lo volvió loco…