Novio perfecto (Campus Drivers 2) 29. Donovan
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29. Donovan

Donovan

Sentada a lo ancho de mi cama, Carrie me observa preparar mis cosas mientras se muerde las uñas. Llevamos casi una hora hablando de su madre. Ahora que ha dado el paso y ha admitido que soy oficialmente su novio, se abre con más libertad.

—Está empezando a darse cuenta de la magnitud de su depresión —me explica atacando la uña de otro dedo—. Desde el incendio hablamos más por teléfono, y poco a poco está entendiendo que encerrarse así en su dolor solo le hace más daño.

—Y también se lo hace a su hija —añado mientras cierro la cremallera de mi bolsa.

—Sí. El incendio en el salón le dio un buen susto. Por fin ha admitido que las cosas tienen que cambiar. El camino hacia el cambio es largo, pero ha pedido cita con un psicólogo para después de Acción de Gracias, y le he enviado el número de una asociación que ayuda a gente como ella.

—¡Eso está genial!

—Estoy contenta, pero me intento mantener prudente.

—Ya no estás sola —la tranquilizo acercándome al colchón.

—Se me hace raro que vengas conmigo a casa mañana.

—¿Te arrepientes de haber aceptado?

Llevamos horas hablando de esto y, al final, he conseguido convencerla de que me dejara acompañarla.

—No, es solo que me pone nerviosa.

—Si temes que mi amor por ti se...

—¡No! —me interrumpe sacudiendo la cabeza.

—Acabas de estropear una frase preciosa.

—Tengo miedo de que mi madre te asfixie mientras duermes.

—Genial... Como si no estuviera ya nervioso por conocerla...

Me apoyo en el cabecero, separo las piernas para que se acurruque contra mi pecho y cierro los brazos alrededor de su abdomen.

—Espero que ordenar la casa y darle una mano de pintura en los próximos días sean cosas que la ayuden a tirar hacia delante.

También lo espero porque, más allá de mi deseo sincero de que su madre mejore, quiero que Carrie se venga conmigo el año que viene cuando juegue como profesional.

Ganaré lo suficiente para pagarle la mejor universidad de la ciudad en la que me instale, y la decisión será más fácil si su madre ha logrado recuperarse.

Aún es pronto para hablarle de eso; estoy seguro de que no me lo pondrá fácil, pero pienso hacer todo lo posible para convencerla.

No me imagino ni por un segundo separado de ella.

—¿Quieres leer un poco? —le propongo alargando el brazo para coger un libro de la mesilla.

—¿Has avanzado en la historia? —pregunta mientras se hace un moño.

—¿Me tomas por inconsciente? Dijimos que lo leeríamos juntos. Sé perfectamente lo que me harías si siguiera sin ti.

—Buena respuesta.

Abro el libro por donde lo dejamos ayer, y retomamos la lectura.

Yo leo más despacio que Carrie, así que ha tenido que aprender a bajar el ritmo.

A mitad del capítulo veintiuno, se mueve entre mis piernas.

Luego levanta el brazo para acariciarme la mejilla y acaba girando la cabeza para buscar mi boca.

Le doy un beso ligero en los labios antes de volver a la lectura.

—Donovan...

—¿Mmm?

Los protagonistas están acostándose, estoy seguro de que la historia va a dar un giro en el próximo capítulo. Jeremy es un personaje muy complejo, tengo ganas de ver cómo evoluciona.

—¡Don!

—¿Qué?

—Ya no tengo ganas de leer.

Se retuerce para quedar frente a mí, se sienta a horcajadas sobre mis muslos y se quita el camisón. Sostengo el libro con una mano, la otra se posa en su espalda baja.

—Espera, ¿te ha puesto cachonda la escena de sexo?

—Puede.

—¿Recuerdas lo que me dijiste la primera vez que fui al club de lectura?

—No sé de qué hablas.

—«Claro, si te quedas solo con las escenas de sexo... La evolución de los personajes, de sus sentimientos, de su psicología...» —recito poniendo voz aguda.

—Ahora no caigo...

—Deberías estar orgullosa de mi evolución.

—Ahora mismo preferiría correrme.

Rodea mi cuello con los brazos, mueve la cadera y desliza la lengua por mi nuca. Me pongo duro al instante, pero si pudiera leer solo unas páginas más... La dejo provocarme; no se da cuenta de que, por encima de su moño, empiezo el capítulo veintidós.

—Si no sueltas eso inmediatamente, te juro que el único sexo que vas a probar será el que esté impreso en el papel.

«¡Jeremy y Jenna pueden esperar!». Esa amenaza me hace lanzar el libro lejos de la cama. Carrie me dirige una mueca de desaprobación.

—Tampoco abuses.

—Lo siento.

—Compénsalo.

Lo hago. Dos veces, de hecho.

Cuando la señora Wolinski está satisfecha, duchada y arreglada para la cena de Acción de Gracias que nos espera, salgo al salón al oír que llega Adam, acompañado de mi hermana, a la que ha ido a buscar al aeropuerto. Entrecierro los ojos y lo observo.

—¿Qué? —pregunta Adam.

—Intento adivinar si tienes cara de hombre nuevo.

—Tú tienes cara de tío que acaba de ser secuestrado por una colombiana armada hasta los dientes —me suelta riendo.

—Sí, y mañana paso a dos colombianas.

—¡Oh! ¿Ha llegado el gran momento de conocer a la suegra?

—Nos vamos a media mañana.

—Estoy seguro de que irá bien.

—¿Te imaginas a mi novia? Multiplica su mal carácter por mil y añádele un exmarido desastroso. Pues así es la famosa Bianca Forero.

—No podría haber soñado mejor venganza —se burla mi hermana, apoyándose contra su chico.

—Me alegro de verte, Amelia.

Ella asiente antes de ir a dejar su maleta en la habitación de Adam.

Aún no somos superamigos, pero las cosas avanzan.

Adam tiene mucho que ver con eso. Mi hermana pasa todo su tiempo libre en Columbus desde que sale con él.

Cada vez que viene, hablamos un rato para reconstruir las bases de nuestra relación.

Carrie también tiene parte de mérito. Cuando Amelia nos mira a los dos, siento que aprecia en quién me he convertido. En un novio perfecto.

—Si has sabido domesticar a la hija, sabrás hacer lo mismo con la madre —intenta tranquilizarme Adam.

—No puedo usar mi polla, así que...

—Voy a fingir que no he oído nada —canturrea mi novia al pasar detrás del sofá rumbo a la cocina.

—Joder, ¿cómo lo hace para aparecer justo cuando digo algo así? —me quejo delante de un Adam muerto de risa—. Y, además, cuando se pone a cantar de ese modo, siempre pienso que va a sacar un cuchillo enorme.

—Sé más prudente cuando estés en Cincinnati.

—Estoy seguro de que me va a odiar —añado haciendo una mueca.

Lane y Lewis entran en ese momento con los brazos cargados de bolsas.

—Oye, Lewis, ¿no quieres venir conmigo a casa de la madre de Carrie?

—¿Cuál es la trampa? —pregunta dejando las compras en el suelo.

—Si estás tú, yo pareceré el yerno perfecto en comparación.

—Tú eres el que se ha querido ennoviar, arréglatelas solo, colega.

—¿Y por qué no me lo propones a mí también? —se indigna Lane.

—Lo siento, tío, desde que estás con Lois te has vuelto tan dulce como un corderito.

—¡Mentira!

—Te tiene bien agarrado por las pelotas.

—¿Y tú dices eso? Carrie le dijo a Lois que planeaba depilarte los huevos...

—Está obsesionada con eso, pero no va a pasar nunca.

—Yo dejé que mi chica pusiera pufs de lana en el apartamento. Créeme, no tienes ni idea de lo que te espera. Y eso sin contar con la habitación de mi hermano, que se está convirtiendo en una oficina art déco.

—¿Lo llevas bien?

—Mejor de lo que habría imaginado —admite sonriendo—. Lo necesitaba, y gracias a Lois lo acabé entendiendo.

Carrie vuelve al salón, y las palabras de Lane resuenan en mi cabeza. Yo también he entendido muchas cosas desde que estoy en pareja. Lewis se gira hacia Carrie abriendo mucho los brazos.

—¡Hoy es Acción de Gracias! —exclama mientras empieza una danza ridícula—. ¡Démonos la mano y hagamos una bonita ronda!

—¿Y si mejor bajas y te tumbas en mitad de la carretera? —le propone mientras se pone el abrigo.

—¿Adónde vas? —le pregunto.

—Greyson acaba de llegar. Bajo a recibirlo.

Frunzo el ceño al oír el nombre de su antiguo vecino y la sigo con la mirada mientras sale del apartamento.

—Si no me fallan las cuentas —retoma Adam—, ya solo nos faltaría emparejar a Lewis.

Como a todos nosotros, sus palabras no le suenan muy convincentes.

—¡Eh, eh! Primero dejemos que reclute a la futura Campus Driver. ¿Verdad, Conley?

Este me ignora, recoge las bolsas y se va silbando. Sigue aplazando lo inevitable, pero quiera o no, dentro de seis meses ya no seremos estudiantes de la OSU.

—¿Ya ha empezado a hablar con ella? —me pregunta Lane.

—No, sigue negándose a ceder el puesto, pero tendremos que ocuparnos seriamente del tema. No paro de pensar en oportunidades para desarrollar el proyecto cuando terminemos los estudios. Tenemos que organizar una reunión.

—¡Adam, ven a ayudarme! —grita Lewis desde la cocina.

—¡Es hora de ponerse a cocinar! —exclama riéndose mientras se levanta.

La puerta de entrada vuelve a abrirse; mi novia y Greyson entran riéndose. Él nos saluda antes de preguntar dónde está el baño. Cuando desaparece por el pasillo, señalo a mi chica con el dedo.

—¡Ven aquí, mujer!

Ella me mira mientras cuelga la chaqueta en el perchero, luego se acerca entrecerrando los ojos. Le hago un gesto para que se siente en mis rodillas y no se resiste.

—¿Todo bien? —me pregunta rodeándome el cuello con los brazos.

—Te quiero.

—Yo te quiero más, porque soy mejor novia que tú.

Es nuestro juego. De hecho, estoy preparando algo para animar esta batalla. Esta vez me guardo la réplica, aunque sigo convencido de que tengo razón. «Aquí el jefe soy yo».

—¿De verdad teníamos que invitar a Greyson? —gruño mordiéndole el hombro.

—Me está ayudando con mi madre y estaba solo en Acción de Gracias.

—Lo sé... Pero es Greyson... ¡Jugó al baloncesto contigo! ¡Desnudo!

—Casi desnudo —corrige—. Y fue hace mucho, mi memoria ya lo ha borrado prácticamente.

—Pues yo quiero que desaparezca por completo. Cuando estemos en tu casa, exijo que me lleves a tu vieja cancha. ¡Pienso desnudarme yo también!

—Don, tu propuesta es tentadora, pero en Cincinnati hace apenas un grado.

—Soy un guerrero, nena.

—Sí, sí, no lo dudo.

Me aprieta las mejillas con las manos antes de besarme.

—Incluso puedo botar el balón con mi p...

—No termines nunca esa frase, Wolinski. Ahora ve a la cocina con los demás para preparar la comida.

—Vale, porque soy el mejor novio cocinero, cariño.

—Demuéstralo.

—¡El mejor novio! —grito bien alto para que el vecino me oiga desde el baño.

«¡Es que hombre ya!».

Después de un Acción de Gracias movidito, del encuentro con una suegra que me odia tal como esperaba, y de un Greyson que ya no me parece peligroso, la rutina vuelve al campus. Si dejamos de lado la dolorosa derrota de los Buckeyes de ayer, la vida se está portando.

Estamos todos reunidos en el aparcamiento, con Carrie acurrucada entre mis brazos.

No me canso de tenerla así. Soy consciente de que me paso el tiempo mirándola.

Excepto ahora, cuando todos tenemos los ojos puestos en Lewis.

Por fin se ha decidido a abordar a esa chica que podría ser una futura Campus Driver y están hablando.

Espero que no la cague; necesitamos nuevos miembros y esa chica parece tener el perfil perfecto con ese increíble coche.

—No sé qué le estará contando —comenta Lois poniéndose la mano sobre la frente para ver mejor—, pero ella lo está fulminando con la mirada.

—¿Qué está haciendo? —se inquieta Lane.

Apenas ha terminado la frase cuando algo totalmente inesperado ocurre delante de nuestros ojos.

—¡Ay, Dios! —exclama Carrie.

—¿Creéis que deberíamos ir? —pregunta Adam.

—No hace falta —respondo pasando el brazo por los hombros de mi novia—. Dejemos que se las arregle con su becaria.

Bueno, siempre y cuando su posible colaboración con Lewis no termine en un apocalipsis. Y desde aquí, la cosa pinta mal.