CAPÍTULO 14
Desmond llevaba dos días en Chicago cuando recibió la llamada de Marnie, sentado en la sala de reuniones de la oficina de River North con Yolanda, Priya y un abogado externo que llevaba desde el mediodía repasando cada cláusula del contrato original de Winnetka en busca de la manera más rápida de desmontar la demanda del hijo del fundador.
Priya llevaba tres años en la empresa, la acompañante más solicitada después del propio Desmond, y tenía la clase de calma bajo presión que él reconocía porque era, en gran medida, la misma que él mismo se esforzaba en proyectar.
Pero incluso ella, sentada frente a la pila de documentos con las ojeras marcadas de dos noches sin dormir bien, dejaba entrever una tensión que no era habitual verle.
—No entiendo cómo hemos llegado a esto —había dicho una hora antes, revisando por quinta vez el formulario de consentimiento que el notario de Winnetka había firmado—.
Seguí el protocolo al pie de la letra. Se lo expliqué al notario antes de que empezara la reunión.
Firmó reconociendo que lo entendía. Está todo aquí, en blanco y negro.
—Lo sé —había contestado Desmond—. Y vamos a demostrarlo.
Pero necesito que entiendas que esto no es sobre si hiciste algo mal, Priya.
Es sobre gestionar la percepción de un hijo que se siente traicionado por su propia familia y ha decidido que atacarnos a nosotros es más fácil que enfrentarse a ellos directamente.
—Eso no hace que duela menos que mi nombre aparezca en un titular sobre fraude.
Desmond había asentido, reconociendo en las palabras de Priya un eco de algo que él mismo llevaba sintiendo, con una intensidad distinta, desde que había pisado Birch Harbor por primera vez: la sensación incómoda de que, por muy bien redactado que estuviera un contrato, por muchas cláusulas de protección que se incluyeran, al final del día el trabajo consistía en manejar el corazón de gente real, y los corazones reales rara vez se comportaban según lo previsto en ningún documento legal.
Fue en ese ambiente, con la sala de reuniones oliendo a café frío y a papel impreso, cuando el teléfono de Desmond vibró con el nombre de Marnie en la pantalla.
Se disculpó y salió al pasillo al ver el nombre de Marnie en la pantalla, con una punzada de esperanza —quizás llamaba solo para hablar, para cerrar la distancia incómoda con la que se habían despedido— que se disolvió en cuanto oyó el tono de su voz.
—Marcus sabe lo de la empresa —dijo Marnie, sin preámbulos—. Toda. The Plus-One Co., la web, los testimonios. Contrató a alguien para investigarlo después de la reunión de la cámara de comercio, y ahora quiere presentárselo a Randall como prueba de fraude.
Desmond sintió que el suelo del pasillo se inclinaba ligeramente bajo sus pies, la misma sensación de vértigo controlado que había sentido dos días antes al oír la palabra «demanda» de boca de Yolanda, multiplicada por el hecho de que esta vez la amenaza no apuntaba a su empresa, sino directamente al huerto de Marnie.
—¿Cómo te has enterado?
—Percy vino esta mañana. Ha roto con Marcus, o está a punto de hacerlo, no estoy segura todavía de los detalles. Pero vino a decírmelo antes de que él pudiera usarlo, y va a hablar con Randall para retirar su propia moción.
—Eso es... —Desmond se pasó la mano por la cara, intentando procesar la avalancha de información—. Eso es una buena noticia, en medio de todo esto.
—Lo es. Pero Marcus sigue teniendo la información, Desmond, y romper con Percy no le va a quitar las ganas de usarla si cree que todavía puede sacar algo de la parcela sur. Puede ir a Randall directamente, con o sin el apoyo de Percy.
—¿Qué puede hacer exactamente con esa información? Legalmente, quiero decir. Nunca he mentido sobre la naturaleza de la empresa, ni tú tampoco. No hay ningún fraude que perseguir.
—Legalmente puede que no tenga ningún caso.
Pero socialmente, Desmond, puede hacer que todo el pueblo dude de nosotros justo antes del baile, y eso podría bastar para que Randall, por muy convencido que esté personalmente, sienta que no puede fallar la cláusula a mi favor sin que parezca que está ignorando pruebas relevantes.
Desmond cerró los ojos, apoyándose contra la pared del pasillo, sintiendo el peso simultáneo de dos crisis que, hasta ese momento, había conseguido mantener separadas en su cabeza con la disciplina profesional que llevaba seis años cultivando.
—Voy a volver esta noche.
—No puedes. Me dijiste que la demanda de Winnetka podría hundir la empresa entera si no se resuelve bien esta semana.
—Y tú me dijiste que Marcus podría usar mi negocio para hundir el testamento de tu abuelo. No voy a elegir entre las dos cosas fingiendo que una es más importante que la otra, Marnie.
—No te estoy pidiendo que elijas. —La voz de Marnie sonaba tensa, cansada, con un filo que Desmond no le había oído nunca dirigido hacia él—.
Te estoy contando lo que está pasando porque creo que te lo mereces saber, no porque espere que dejes todo lo demás y vengas corriendo.
Ya hiciste eso una vez esta semana, con Grant, y salió bien porque era un problema pequeño.
Esto es distinto. Esto podría hundir tu empresa de verdad si Marcus decide hacer ruido con la prensa, igual que está a punto de pasar con lo de Winnetka.
—¿Y qué sugieres que haga? ¿Que me quede en Chicago mientras Marcus destruye lo único que te importa de verdad?
—Sugiero que confíes en que puedo manejar esto aquí, con Randall, con Percy, con Dot, con todo el pueblo que lleva tres semanas de mi lado, sin necesitar que aparezcas corriendo cada vez que algo se complica.
—Marnie hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz había perdido parte del filo, sustituido por algo más parecido al agotamiento—.
No quiero ser otra crisis en tu lista de crisis de esta semana, Desmond.
Quiero saber que lo que hay entre nosotros no depende de que aparezcas a salvarme cada vez que algo sale mal, porque si es así, entonces no hemos avanzado tanto como yo pensaba desde que firmamos ese contrato.
Desmond se quedó en silencio un momento, con el teléfono apretado contra la oreja y la sala de reuniones al otro lado de la puerta esperando su regreso, sopesando cada palabra de Marnie con el mismo cuidado que aplicaba a cualquier negociación difícil, aunque esta vez el resultado le importaba mucho más que cualquier contrato que hubiera cerrado nunca.
Las palabras le llegaron a Desmond con una precisión que dolía más que cualquier acusación directa habría dolido, porque reconoció en ellas, con una claridad incómoda, el mismo patrón que llevaba toda la vida viendo en su padre: la solución rápida, la aparición dramática, el gesto grande que sustituía a la presencia constante y silenciosa que de verdad importaba.
—Marnie...
—Tengo que colgar. Randall quiere vernos a Percy y a mí en media hora.
—La voz de Marnie sonó, por un momento, casi tan cansada como se sentía Desmond—.
Resuelve lo de Chicago. De verdad lo digo.
Es importante, y no quiero que lo dejes a medias por mí.
Solo... necesito un poco de tiempo para pensar en todo esto cuando vuelvas.
En lo que significa, en lo que somos capaces de sostener de verdad cuando las cosas se complican de las dos maneras a la vez.
Colgó antes de que Desmond pudiera responder, y él se quedó de pie en el pasillo de su propia oficina, con el teléfono todavía en la mano, sintiendo por primera vez en seis años que ninguna de las herramientas que había perfeccionado profesionalmente —la calma calculada, las palabras exactas, la actuación impecable— servía absolutamente de nada para la situación en la que se encontraba.
Volvió a la sala de reuniones, donde Yolanda lo esperaba con una expresión que le dijo, sin necesidad de palabras, que había adivinado al menos parte de la conversación por la cara que traía.
—¿Todo bien? —preguntó, aunque el tono dejaba claro que ya sabía que no lo estaba.
—No —contestó Desmond, sentándose de nuevo frente al abogado externo, con una determinación fría que no tenía nada que ver con la agitación que sentía por dentro—.
Pero vamos a resolver esto de Winnetka hoy mismo, aunque tengamos que quedarnos aquí hasta medianoche.
Cuanto antes lo resolvamos, antes puedo volver a Wisconsin y arreglar lo otro con las manos libres.
—¿Y si no se puede resolver hoy?
Desmond miró el reloj, después la puerta, después el teléfono todavía en su mano, con la sensación clara de estar exactamente en el punto de la balanza donde su padre habría elegido, sin dudarlo, la vida que le daba más certezas profesionales por encima de la que le exigía quedarse, presente, en medio de la incertidumbre de otra persona.
—Entonces se resolverá mañana —dijo, con una firmeza que sorprendió incluso a Yolanda—. Pero mañana por la noche estoy en un avión a Green Bay, resuelto o no.
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Trabajaron hasta las dos de la madrugada, repasando cada línea del contrato original de Winnetka, cada correo electrónico de confirmación que Priya había enviado antes de la reunión, cada formulario firmado que demostraba, sin lugar a dudas, que el notario había sido informado con claridad de la naturaleza del acompañamiento antes de certificar nada.
Para cuando el abogado externo se marchó, pasadas las dos, con la promesa de tener una respuesta formal para el mediodía siguiente, Desmond estaba agotado de una manera que no recordaba haber sentido en años, ni siquiera en los primeros meses frenéticos de fundar la empresa.
—Vete a dormir —le dijo Yolanda, recogiendo las carpetas desperdigadas por la mesa de reuniones—. Priya y yo terminamos de organizar esto. Tú necesitas descansar si vas a coger un avión mañana por la noche.
—¿Vas a estar bien tú también?
—Llevo cinco años aguantando tus crisis existenciales sobre el sentido de fingir relaciones por dinero.
Puedo aguantar una noche más organizando papeles.
—Yolanda le dedicó una sonrisa cansada, pero genuina—.
Desmond. Sea lo que sea que pase con Marnie cuando llegues allí, quiero que sepas que llevo cinco años viéndote tratar cada relación, real o fingida, con la misma distancia calculada, y esta semana, viéndote pelear al mismo tiempo por esta empresa y por ella, es la primera vez que te he visto pelear de verdad por algo que no puedes controlar del todo.
Eso no es debilidad, aunque probablemente ahora mismo se sienta así.
Desmond no supo qué contestar, así que simplemente asintió, cogió la chaqueta del respaldo de la silla, y salió de la oficina hacia la calle vacía de River North, con el río oscuro reflejando las luces de los edificios cercanos, pensando que tenía menos de veinticuatro horas para resolver una crisis empresarial de seis años de trabajo y prepararse, al mismo tiempo, para la conversación más importante de su vida personal, y que ninguna de las herramientas que había perfeccionado profesionalmente le decía cómo hacer bien las dos cosas a la vez sin fallar en ninguna.
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El abogado externo llamó al mediodía siguiente, tal como había prometido, con noticias que Desmond llevaba doce horas necesitando oír.
—El hijo va a retirar la demanda —anunció, sin preámbulos, en cuanto Desmond descolgó—.
Su propio abogado le ha recomendado que lo haga en cuanto ha visto la documentación de consentimiento informado que Priya reunió.
No hay caso. El notario fue informado con claridad, por escrito, antes de la reunión, de que la acompañante era contratada y no una prometida real.
Lo único que puede alegar es que se sintió engañado emocionalmente por el resto de la familia, que es un problema muy real para él, pero no es un problema legal para vosotros.
Desmond sintió que el peso que llevaba dos días cargando en el pecho se aligeraba, no del todo, pero lo suficiente para poder respirar con normalidad por primera vez desde la llamada de Yolanda.
—¿Y la prensa?
—Vamos a emitir un comunicado breve esta tarde, aclarando los hechos sin dar detalles del cliente, y con eso debería bastar para que la historia se apague en un par de días.
Los periodistas locales de Winnetka ya tienen otra polémica municipal de la que ocuparse, según me han dicho, algo sobre un cambio de zonificación que les interesa mucho más que una empresa de acompañantes de Chicago.
Desmond colgó, respiró hondo por primera vez en dos días con la sensación completa de alivio, y buscó a Yolanda por la oficina, encontrándola en su despacho con Priya, ambas con los ojos hinchados de cansancio pero con una sonrisa que anunciaba la misma noticia que él acababa de recibir.
—Ya lo sé —dijo Yolanda, antes de que él pudiera hablar—.
Acabo de colgar con el mismo abogado. —Se levantó y le dio un abrazo breve, poco habitual entre los dos, que decía más que cualquier felicitación formal—.
Vete a Wisconsin, Desmond. La empresa va a estar bien.
Ahora ve a comprobar si lo otro también puede estarlo.
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