CAPÍTULO 13
Percy había pasado la noche entera despierta, sentada en el porche trasero de la casa que compartía con Marcus, con una copa de vino que no había tocado más allá del primer sorbo y el teléfono en la mano, releyendo, una y otra vez, la carpeta de capturas de pantalla que Marcus le había enseñado esa misma tarde con el mismo orgullo con el que enseñaba los renders del proyecto de las cabañas.
—Mira esto —había dicho él, deslizando el dedo por la pantalla para mostrarle la web de The Plus-One Co.
, los testimonios anónimos, la foto profesional de Desmond con su traje gris carbón—.
Es literalmente una empresa de novios de alquiler, Percy.
Y tu prima le está pagando para que finja quererla delante de todo el pueblo.
En cuanto Randall vea esto, la cláusula queda invalidada sin discusión.
Percy había mirado la pantalla, y después a Marcus, y algo se le había quebrado por dentro que llevaba mucho tiempo agrietándose sin que ella quisiera admitirlo: la manera en que él hablaba de la vida de Marnie como si fuera una pieza más de un tablero de ajedrez, la satisfacción evidente en su voz al describir cómo pensaba usar el dolor de su propia prima para conseguir una parcela de tierra junto al lago.
—¿Y si de verdad se quieren? —había preguntado ella, con una voz que ni ella misma reconoció del todo—. ¿Y si empezó siendo un trato y se ha convertido en algo real?
—No importa cómo haya empezado si podemos demostrar que empezó como un contrato. La ley no distingue matices, Percy. Distingue hechos.
—Pero la vida sí distingue matices, Marcus. Y la nuestra parece que hace tiempo que dejó de hacerlo.
Él se había reído, pensando que era una broma, y ese malentendido —la certeza de Marcus de que ella seguía completamente de su lado, sin ninguna fisura— había sido, de alguna manera extraña, lo que le había dado a Percy el valor para levantarse de la mesa esa misma noche, sin decir nada más, y empezar a planear, en la soledad del porche trasero, la conversación que llevaba tres años posponiendo consigo misma.
A las siete de la mañana, sin haber dormido, cogió las llaves del coche y condujo hacia el huerto sin avisar, porque sabía que si se paraba a pensarlo demasiado, encontraría la manera de convencerse de que no era asunto suyo, de que ya era tarde, de que la comodidad de la vida que había construido con Marcus valía más que la incomodidad de admitir que la había construido sobre cimientos que no soportaban ya ni su propio peso.
• • •
Percy llegó al huerto el sábado por la mañana, conduciendo su Lexus por el camino de gravilla con una torpeza poco habitual en ella, como si no hubiera decidido del todo si quería llegar hasta el final del trayecto.
Marnie la vio desde la ventana de la cocina y salió al porche con una mezcla de sorpresa y cautela, consciente de que la última conversación de verdad que habían tenido, en la cocina de la tía Priscilla la noche de la cena, no había terminado especialmente bien.
—No sabía que vendrías —dijo Marnie, cuando Percy bajó del coche.
—Yo tampoco lo sabía hasta hace media hora.
—Percy se quedó junto al coche, con los brazos cruzados, mirando hacia los cerezos con una expresión que Marnie no le había visto desde que eran adolescentes—.
¿Puedo pasar? No vengo a hablar de la cláusula.
O bueno, puede que un poco. Pero sobre todo vengo a hablar contigo. A secas.
Marnie dudó un momento, y después asintió, invitándola a entrar en la cocina donde tantas cosas habían cambiado en las últimas tres semanas, con Percy siguiéndola con una vacilación que no encajaba con la mujer segura de sí misma que Marnie había visto discutir con Marcus sobre la parcela sur.
—¿Café? —preguntó Marnie, más por costumbre que por verdadero deseo de servirlo.
—Té, si tienes. —Percy se sentó en la mesa con marcas de cuchillo, la misma en la que Marnie y Desmond habían firmado el contrato tres semanas atrás—. Marcus no sabe que estoy aquí.
—Eso ya suena a que esto va a ser interesante.
—Anoche discutimos. En serio, no como las discusiones de pareja normales que tenemos por cosas sin importancia.
—Percy se quedó mirando la taza que Marnie le puso delante sin tocarla—.
Encontró algo sobre Desmond. Sobre su empresa.
Y en vez de venir a hablar conmigo primero, empezó directamente a planear cómo usarlo.
Marnie sintió que se le helaba la sangre.
—¿Qué encontró?
—The Plus-One Co. La página web, los testimonios, todo.
Marcus contrató a alguien para investigar el pasado de Desmond en cuanto lo vio defenderte en la cámara de comercio, porque, cito textualmente, «un hombre así de convincente en público normalmente tiene algo que ocultar».
Y encontró exactamente eso: una empresa de acompañantes profesionales para eventos, con Desmond Okafor como fundador y cara pública.
Marnie se quedó en silencio, con las manos alrededor de su propia taza, sintiendo el peso de la revelación caer sobre la cocina con la misma fuerza con la que había caído sobre ella el día que había marcado ese número por primera vez.
—¿Y qué piensa hacer con eso?
—Quiere presentarlo como evidencia ante Randall.
Argumentar que toda vuestra relación es, legalmente, un fraude contractual disfrazado de compromiso sentimental, y que por lo tanto no cumple los requisitos de la cláusula.
—Percy por fin levantó la vista, con los ojos brillantes de una emoción que Marnie tardó un segundo en reconocer como vergüenza genuina—.
Y lo peor, Marnie, es que anoche, cuando le dije que eso me parecía cruel, me contestó que el fin justificaba los medios, porque al final yo saldría beneficiada de todas formas.
Como si mi beneficio fuera lo único que debiera importarme en todo esto.
—¿Y a ti te importa algo más?
Percy se quedó callada un largo momento, jugando con el asa de la taza sin llegar a beber.
—Me importas tú. Más de lo que he sabido demostrar en los últimos tres años, si soy sincera.
—Su voz se quebró ligeramente—. Cuando el abuelo murió, yo estaba tan metida en mi propia vida en Appleton, en la boda, en la promotora de Marcus, que dejé que fueras tú sola quien cargara con todo esto.
Y en vez de ayudarte, dejé que Marcus me convenciera de que la solución más fácil era vender, y me dije a mí misma que eso era ser práctica, cuando en realidad era simplemente más cómodo para mí no tener que enfrentarme a lo mucho que te había fallado.
—Percy...
—¿Te acuerdas de la tienda que hacíamos entre los cerezos?
—preguntó Percy, de repente, con una sonrisa temblorosa que le cambió toda la cara—.
Con las sábanas viejas de la abuela, la que tenía manchas de té que nunca salían.
Decíamos que era nuestro castillo, y que los perros del abuelo eran caballeros que lo custodiaban, y nos pasábamos horas enteras ahí dentro sin que nadie nos echara de menos.
—Me acuerdo. Tú siempre querías ser la reina y a mí me tocaba ser el dragón.
—Porque tú hacías el rugido mejor que nadie.
—Percy se rio, una risa húmeda, mezclada con las lágrimas que no había terminado de limpiarse—.
No sé en qué momento dejamos de construir castillos juntas y empezamos a discutir sobre valoraciones inmobiliarias.
Ojalá pudiera señalar el día exacto y deshacerlo.
—No hace falta deshacer nada. Solo hace falta empezar a construir algo distinto desde ahora.
Percy asintió, secándose los ojos, y pareció recomponerse lo suficiente para volver al motivo real de su visita.
—Déjame terminar de contarte esto, por favor, porque si no lo digo ahora no sé si voy a tener el valor de volver a intentarlo.
—Percy respiró hondo—. No sé qué hay de verdad entre Desmond y tú.
No es asunto mío saberlo, y después de lo que Marcus está planeando, entiendo que tampoco tengas ninguna razón para confiar en mí ahora mismo.
Pero he venido a decirte que no pienso dejar que use esa información contra ti.
Voy a hablar con Randall yo misma, antes de que Marcus tenga oportunidad de hacerlo, y le voy a decir que retiro la moción por completo.
—¿Por qué?
—Porque el abuelo no habría querido que ganara la cláusula alguien que estuviera dispuesta a destruir a su prima para conseguirlo.
Y porque, con o sin cláusula, prefiero perder el huerto y recuperarte a ti que ganarlo de esta manera y perderte para siempre.
—Percy se limpió una lágrima con el dorso de la mano, con una torpeza que Marnie no le había visto nunca—.
Llevo tres años dejando que Marcus decida qué es lo importante. Es hora de que decida yo.
Marnie rodeó la mesa y abrazó a su prima, un abrazo real, sin ninguna cámara delante que necesitara convencer de nada, y sintió, por primera vez en años, que recuperaba algo que ni siquiera se había permitido admitir que había perdido.
—Gracias —dijo, con la voz temblorosa—. Por venir a decírmelo.
—No me lo agradezcas todavía. Marcus va a estar furioso cuando descubra lo que he hecho, y no tengo ni idea de qué va a pasar con lo nuestro después de esto.
—Percy se apartó, secándose los ojos con decisión—.
Pero eso ya es problema mío, no tuyo. Tú tienes un problema más urgente que resolver: ¿le has contado a Desmond que Marcus sabe lo de su empresa?
Marnie sintió que el estómago se le encogía de golpe, recordando que Desmond seguía en Chicago, lidiando con su propia crisis, sin ni idea de que otra amenaza, mucho más cercana, se estaba gestando en Birch Harbor mientras él estaba lejos intentando salvar la misma empresa que ahora amenazaba con hundir todo lo que habían construido juntos.
—No —dijo—. Todavía no.
—Pues creo que deberías llamarlo. Ya.
Percy se quedó un momento más, recogiendo las tazas de té ya frías, y en el silencio que siguió, algo pareció aflojarse entre las dos primas, un residuo de tensión de años que empezaba, por fin, a disolverse.
—Gracias por escucharme hoy —dijo Percy, ya en la puerta—. No me lo merecía, después de tres años dejándote sola con todo esto.
—Todos merecemos una segunda oportunidad para hacer las cosas bien, Percy. Tú me la has dado con la moción. Yo te la doy ahora.
Se abrazaron de nuevo, más brevemente esta vez, y Percy condujo de vuelta hacia Appleton con la cabeza mucho más despejada de la que había tenido en meses, dejando a Marnie sola en la cocina con el teléfono en la mano y una llamada urgente todavía por hacer.