CAPÍTULO 2
Desmond Okafor tenía tres reglas que nunca rompía, y la primera era que jamás, bajo ninguna circunstancia, se enamoraba de un cliente.
No era difícil. La gente que contrataba The Plus-One Co.
no buscaba enamorarse; buscaba sobrevivir a un domingo de Acción de Gracias sin que su madre le preguntara por qué seguía soltero, o entrar en la boda de un exnovio con alguien del brazo que supiera sostener una copa de champán y una conversación sobre fútbol universitario al mismo tiempo.
Buscaban una actuación, bien ensayada y sin consecuencias, y Desmond llevaba seis años proporcionándosela con la misma seriedad con la que otro hombre habría dirigido un bufete o un hospital.
—El señor Pemberton quiere confirmar si puedes llevar corbata verde el sábado —dijo Yolanda desde la puerta de su despacho, con una tablet en la mano y el móvil sujeto entre la oreja y el hombro—. Dice que combina con el vestido de su hija.
—Dile que llevaré la corbata que combine con el vestido de su hija, siempre que su hija no cambie de vestido a última hora otra vez.
—Ya se lo he dicho. Se ha reído. Creo que le caes bien.
—Al señor Pemberton le caigo bien porque le pago la mitad de la tarifa desde que enviudó. No es una relación comercial estándar.
Yolanda puso los ojos en blanco de una manera que solo se permitía porque llevaba trabajando con él desde el segundo mes de la empresa, cuando la oficina era literalmente el salón del piso de Desmond y el «catálogo de acompañantes» era una carpeta de Google Drive con seis personas, tres de las cuales eran amigos suyos de la universidad que necesitaban dinero.
Ahora eran veintidós personas en nómina, una oficina de verdad en River North con vistas parciales al río —parciales porque el edificio de al lado se había alzado dos años antes y les había robado la mitad del horizonte—, y una lista de espera de tres semanas para nuevos clientes.
—Bien —dijo Yolanda, dejando la tablet sobre el escritorio—. Ahora la parte que no te va a gustar.
—Empieza siempre así. ¿Por qué empiezas siempre así?
—Porque siempre tengo razón. Ha llamado una mujer. Wisconsin. Door County. Dice que necesita a alguien durante seis semanas, presencia continuada, no un evento suelto.
Desmond dejó el bolígrafo sobre la mesa con la precisión de alguien que ha decidido no lanzarlo contra la pared.
—Sabes que no hacemos compromisos largos.
—Lo sé. Se lo he dicho. Ha insistido en que le pasara el mensaje a ti directamente, no a mí, porque cita textual: «he leído que el fundador atiende personalmente los casos complicados», que, dicho sea de paso, deberíamos quitar de la web, porque ahora todo el mundo lo usa para intentar saltarse el filtro de admisión.
—¿Qué más ha dicho?
—Que es sobre un huerto y un testamento. —Yolanda hizo una pausa, y Desmond la conocía lo bastante para saber que la pausa significaba que había algo más, algo que ella estaba disfrutando guardarse—. Y que el huerto está en Birch Harbor.
Desmond levantó la vista.
Birch Harbor no era un pueblo que la gente mencionara por casualidad.
Estaba a hora y media al norte de Sturgeon Bay, tenía menos de mil doscientos habitantes fuera de temporada y una sola gasolinera que cerraba a las nueve.
Desmond lo conocía porque su abuela, Adaeze, había vivido allí los últimos once años de su vida, en una casa de madera con vistas al lago que ahora pertenecía a un matrimonio de Milwaukee que la usaba tres semanas al año, y porque Desmond había pasado ahí todos los veranos de su infancia que sus padres podían permitirse el billete de avión desde Lagos hasta O'Hare y después el coche de alquiler hasta el condado.
—Dame el número —dijo.
—¿En serio? Pensaba que ibas a decir que no.
—Voy a decir que no. Solo quiero decírselo yo mismo.
Yolanda le pasó la nota con una sonrisa que Desmond decidió ignorar.
• • •
La regla número dos de Desmond era que nunca aceptaba un trabajo sin antes entender exactamente por qué el cliente lo necesitaba.
No por curiosidad —aunque también, un poco, por curiosidad—, sino porque un acompañante que no entendía la historia que estaba representando cometía errores, y los errores en ese negocio no eran vergonzosos, eran caros: demandas, reputaciones, familias enteras que dejaban de hablarse por una mentira mal sostenida.
Así que, cuando marcó el número que Yolanda le había dado, lo hizo con la intención firme de escuchar cinco minutos, explicar con amabilidad por qué The Plus-One Co. no hacía compromisos de seis semanas fuera de Chicago, y colgar a tiempo para la reunión de las tres con el equipo de contratos.
—Kowalski's Orchard —contestó una voz al segundo tono, ligeramente sin aliento, como si hubiera cruzado corriendo una habitación para coger el teléfono—. Perdón, un segundo... ¡Dot, ya lo cojo yo! Perdón. Dígame.
—Buenas tardes. Soy Desmond Okafor, de The Plus-One Co. Me han pasado su consulta.
Se produjo un silencio tan completo al otro lado de la línea que Desmond se preguntó si se había cortado la llamada.
—Ah —dijo por fin la voz—. No esperaba que fuera... usted. En persona.
—Suelo atender yo los casos que se salen de nuestro formato habitual, antes de que el equipo los procese. Y el suyo se sale bastante.
—Sí. Ya me lo imagino. —Una pausa, el sonido de algo que se movía, tal vez una silla—.
Mire, se lo voy a explicar rápido porque sé que probablemente va a decirme que no.
Mi abuelo dejó un testamento con una cláusula que dice que, para quedarme con el huerto familiar, tengo que presentarme en un baile benéfico dentro de cinco semanas con una relación «estable y reconocida por la comunidad».
Mi prima cumple la condición sin esfuerzo porque lleva tres años prometida.
Yo llevo dieciocho meses soltera y un huerto con problemas de liquidez que el banco no va a esperar a que se resuelva el testamento para reclamar.
Necesito que alguien se presente conmigo en ese pueblo, conozca a mi familia, sea creíble delante de gente que se conoce desde hace generaciones, y aguante seis semanas de escrutinio sin que se note que es mentira.
Sé que no es lo que hacen normalmente. Pero también sé que en su web pone que atienden casos complicados personalmente, así que he pensado que no perdía nada por intentarlo.
Desmond se quedó mirando el río a través del cristal, la línea gris del agua entre dos edificios, y pensó en su abuela Adaeze diciéndole, el último verano que la vio, que los Kowalski de Birch Harbor hacían la mejor sidra especiada del condado y que era una vergüenza que la familia hubiera empezado a pelearse por el negocio en cuanto el viejo Casimir había empezado a fallar de la cabeza.
—¿Ha dicho Kowalski? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí. Marnie Kowalski.
—¿El huerto con la prensa de sidra vieja, la de detrás de la tienda?
Hubo otra pausa, esta vez de sorpresa.
—¿Conoce el huerto?
—Conozco Birch Harbor. Mi abuela vivió allí.
—Desmond se frotó el puente de la nariz, sintiendo cómo la regla número dos se le escurría entre los dedos de una manera que no le gustaba nada—.
Señorita Kowalski, tengo que ser sincero.
No hacemos compromisos de más de un evento fuera del área de Chicago.
No por falta de ganas, sino porque seis semanas de presencia continuada en un pueblo pequeño es un riesgo distinto al que gestionamos normalmente.
La gente se conoce. Se hacen preguntas. Un descuido no se soluciona con una disculpa educada, se convierte en el chisme de la cafetería durante un año.
—Lo entiendo.
—Y el precio de algo así, si lo hiciéramos, no sería el de un evento suelto. Sería...
—Lo entiendo también —repitió ella, y algo en su voz —no exactamente derrota, sino la aceptación cansada de alguien que ya ha hecho antes esta cuenta— hizo que Desmond dejara la frase a medias—.
Gracias por su tiempo, señor Okafor. Y por atender la llamada usted mismo.
Se lo agradezco de verdad, aunque sea para decirme que no.
Colgó antes de que él pudiera añadir nada más.
Desmond se quedó con el teléfono en la mano un rato, mirando la pantalla en negro, y después hizo algo que llevaba seis años sin hacer con un cliente que ya había recibido su respuesta: volvió a marcar.
—¿Sí? —contestó ella, con una nota de sorpresa que le dijo a Desmond que no esperaba que la llamara de vuelta en menos de un minuto.
—Deme dos semanas —dijo Desmond—. No le prometo nada. Pero tengo que ir a Birch Harbor de todas formas, por un asunto de la casa de mi abuela, y no me cuesta nada verla en persona antes de decidir. Si el caso no funciona, se lo diré a la cara y le recomendaré a otra agencia que trabaje en la zona.
—¿Existe otra agencia que trabaje en la zona?
—No. Pero suena mejor decirlo así.
Al otro lado de la línea, ella se rio. Fue una risa corta, sorprendida de sí misma, como si no hubiera planeado reírse y el sonido se le hubiera escapado antes de poder evitarlo, y Desmond, que llevaba seis años entrenándose para no notar esas cosas, la notó de todas formas.
—De acuerdo —dijo ella—. La semana que viene, entonces.
—La semana que viene.
Colgó y se quedó mirando el calendario abierto en la pantalla, donde ya no ponía «REUNIÓN CONTRATOS 15:00» sino, en su cabeza, algo que se parecía sospechosamente a una excepción a la regla número dos.
• • •
Yolanda entró de nuevo a las cinco, con la chaqueta puesta y las llaves del coche en la mano, y se lo encontró todavía frente al ordenador, con el mapa de Door County abierto en una pestaña y una hoja de cálculo de logística en la otra.
—Vas a ir —dijo, no como pregunta.
—Voy a evaluarlo.
—Desmond. Llevo cinco años trabajando contigo. Nunca has «evaluado» nada sin decidirlo ya en la cabeza dos minutos antes.
Desmond no contestó enseguida, y Yolanda, que sabía interpretar sus silencios mejor que la mayoría de la gente que llevaba más años en su vida, se apoyó en el marco de la puerta y esperó.
—Mi padre nunca entendió por qué mi abuela se quedó tanto tiempo en un pueblo de mil doscientas personas en medio de Wisconsin —dijo Desmond al fin, sin levantar la vista de la pantalla—.
Él se fue de Lagos a Houston en cuanto pudo, y luego de Houston a Chicago, siempre persiguiendo el sitio siguiente que fuera a hacerle la vida más fácil.
Mi madre lo siguió en cada mudanza. Y a mí me educaron, sin decírmelo con esas palabras, en la idea de que quedarse en un sitio por amor a la gente, en vez de por lo que ese sitio pudiera darte, era una especie de fracaso de ambición.
—Nunca me habías contado eso.
—No suele salir en las reuniones de contratos. —Desmond cerró el portátil—. Mi abuela decía que Birch Harbor la había dejado quedarse siendo ella misma, sin tener que demostrar nada a nadie cada seis meses. Se lo tomó como el mejor negocio de su vida.
—¿Y tú qué crees?
—Creo que llevo seis años montando un negocio entero sobre la premisa de que la gente necesita ayuda profesional para que su vida parezca lo bastante estable como para que los demás la dejen en paz.
—Se levantó, cogió la chaqueta del respaldo de la silla—.
Y creo que una mujer de Wisconsin acaba de pedirme, sin saberlo, que vaya a comprobar si mi abuela tenía razón.
Yolanda lo miró un momento más, con una expresión que no era del todo sorpresa.
—Bloqueo tu agenda las próximas dos semanas —dijo—. Pero si vuelves de ahí menos cínico de lo normal, voy a necesitar que alguien más de la oficina confirme que sigues siendo tú.
—Trato hecho.
La regla número tres —nunca mezclar lo personal con lo profesional— llegaría, decidió, a su debido tiempo.