Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2) CAPÍTULO 1
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Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2)

Novio de alquiler (amor incluido) (Serie amores divertidos 2)

Por Sheila K. Feye

© inepub.com

CAPÍTULO 1

El aviso de sobregiro llegó el mismo día que la avispa se metió en la tienda y le picó a un turista de Milwaukee en el cuello, así que Marnie Kowalski tuvo que decidir, en un lapso de cuarenta minutos, si llamaba primero al banco o al seguro de responsabilidad civil.

Llamó al seguro. El banco podía esperar. El banco llevaba esperando desde marzo.

—Dice que le va a demandar —informó Dot desde la puerta del despacho, con las gafas subidas a la frente y una bolsa de hielo en la mano que evidentemente no había llegado a tiempo—.

Le he dicho que las avispas no figuran en ningún cartel de advertencia porque, técnicamente, son gratis. Como la vista.

—¿Y qué ha dicho?

—Que le parece una falta de profesionalidad.

—Dile que la vista de las Puertas de la Muerte tampoco es profesional y que la gente paga igualmente veinte dólares por el mirador.

Dot resopló, una risa corta que sonó a grava, y desapareció otra vez hacia la tienda.

Marnie se quedó con el teléfono pegado a la oreja, escuchando una musiquilla de espera que llevaba sonando desde 2004, y miró la carpeta abierta sobre el escritorio: la del banco, la naranja, la que tenía escrito a mano en la pestaña «NO AbrIR SIN CAFÉ» porque en algún momento de julio había dejado de tener gracia abrirla sin más.

El huerto llevaba en la familia setenta y un años.

Su bisabuelo había plantado los primeros cerezos en una parcela que entonces no valía nada, junto a una carretera de gravilla que ahora era la Ruta 42, la que traía a los turistas desde Sturgeon Bay cada julio para la temporada de recolección y cada octubre para la sidra.

Kowalski's Orchard & Cider House. Un cartel de madera pintado a mano, cerezos en fila, dieciocho hectáreas de manzanos más nuevos plantados por su padre, una prensa de sidra de 1987 que sonaba como un tractor moribundo y que aun así producía la mejor sidra especiada del condado, según el Door County Gazette, que llevaba diciéndolo sin interrupción durante nueve años.

Y ahora, según el banco, todo eso valía menos de lo que debían.

—Kowalski's Orchard, buenas tardes, ¿la avispa ha atacado a alguien más? —dijo al fin una voz al otro lado, y Marnie se dio cuenta de que se había perdido el saludo de verdad del agente de seguros.

—Perdón, no, soy yo, Marnie. Llamaba por la reclamación del turista.

—Ah. Sí. Dame un segundo, tengo el archivo.

Mientras esperaba, Marnie giró la silla hacia la ventana.

Desde el despacho se veía la parte trasera de la tienda, el aparcamiento de gravilla medio lleno, la fila de manzanos jóvenes que su padre había plantado el año antes de morir, todavía demasiado bajos para dar sombra a nadie.

Más allá, el lago. Siempre el lago, gris azulado incluso en agosto, recortando el horizonte como si alguien lo hubiera puesto ahí a propósito para que la gente de Chicago pagara cien dólares la noche por verlo desde una cabaña.

Colgó veinte minutos después con la promesa de que el seguro cubriría al turista de Milwaukee y con una jaqueca nueva, justo a tiempo para que sonara el teléfono fijo del despacho, el de verdad, el que solo usaban el banco y su tía Priscilla.

Era su tía Priscilla.

—Cariño —dijo, con ese tono que empleaba siempre antes de decir algo que no era en absoluto cariñoso—, ¿tienes un minuto? Randall quiere reunirse con los dos antes de que acabe el mes. Por lo del testamento.

Marnie cerró los ojos.

El testamento de su abuelo Casimir tenía cuarenta y una páginas, redactadas por un abogado de Green Bay que llevaba muerto desde 2019, y una cláusula —solo una, la número doce, la que Marnie podía recitar de memoria porque la había leído tantas veces que las palabras habían perdido significado y habían pasado a ser solo sonidos— que decía, en esencia, lo siguiente: el huerto pasaría en propiedad plena al nieto o nieta que, en la fecha del Baile de la Luna de la Cosecha de este año, pudiera demostrar «un compromiso de vida estable y reconocido por la comunidad».

En caso de que ninguno de los dos nietos cumpliera la condición —o de que ambos la cumplieran, lo cual habría sido demasiado sencillo para el abuelo Casimir—, la propiedad se vendería y el dinero se repartiría entre las partes.

Su prima Priscilla —hija de la tía Priscilla, porque en esa familia solo había dos nombres de mujer y se repartían generación tras generación con obstinación polaca— llevaba tres años prometida con un hombre que dirigía una promotora inmobiliaria en Appleton.

Un compromiso de vida estable y reconocido por la comunidad. De manual.

Marnie, por su parte, llevaba dieciocho meses soltera, desde que Grant se había ido a Denver «a encontrarse a sí mismo» y había encontrado, al parecer, a una instructora de pilates.

—Dile a Randall que puedo el jueves —dijo Marnie, porque no tenía sentido fingir que la reunión no iba a pasar.

—El jueves es perfecto. Ah, y cariño —añadió su tía, bajando la voz como si fuera a decir un secreto y no una amenaza envuelta en azúcar glas—, sé que últimamente el huerto ha tenido...

dificultades. Solo quiero que sepas que, pase lo que pase, la familia seguirá cuidando de la tierra. Aunque cambie de manos.

Colgó antes de que Marnie pudiera contestar, lo cual era probablemente lo más sensato que había hecho su tía en la conversación.

•  •  •

Encontró a Dot sentada en el porche de la tienda, deshuesando cerezas en un cubo con la eficiencia de alguien que llevaba cuarenta años haciendo exactamente eso.

—¿Qué tal la avispa? —preguntó Marnie, sentándose en el escalón de al lado.

—Sobrevivirá. El turista, quiero decir. La avispa está muerta, la aplastó su mujer con una guía de senderismo. —Dot le pasó el cubo de cerezas sin que se lo pidiera, un gesto que en esa familia funcionaba como un abrazo—. ¿Qué quería tu tía?

—Lo de siempre. Randall el jueves.

—¿La cláusula?

—La cláusula.

Dot no dijo nada durante un rato, lo cual, viniendo de Dot, era casi un discurso.

Llevaba trabajando en el huerto desde que Marnie tenía memoria, primero para el abuelo Casimir y después para el padre de Marnie, y ahora, técnicamente, para Marnie, aunque los papeles de quién dirigía qué llevaban un año sin quedar del todo claros.

—Tu abuelo era un cabrón sentimental —dijo Dot al fin, con el cariño exacto que hacía falta para que sonara a cumplido—. Quería que os casarais las dos antes de morirse él. Como no pudo conseguirlo en vida, lo puso por escrito.

—Quería que el huerto se quedara en manos de alguien que lo cuidara de verdad. Eso es lo que quería.

—Y en su cabeza, eso significaba una alianza en el dedo. —Dot le dio la vuelta a una cereza entre los dedos, buscando el hueso—. El mundo ha cambiado, cielo. Pero los testamentos no.

Marnie miró hacia los manzanos jóvenes, la hilera exacta que su padre había plantado, y pensó, no por primera vez, en lo injusto que era que una persona pudiera quedar atada a las decisiones de otra persona que ya ni siquiera estaba viva para explicarlas.

—Randall dijo una vez que la cláusula solo exige que sea «reconocido por la comunidad» —dijo, casi para sí misma—. No dice nada de que tenga que ser... permanente. Ni legal.

Dot dejó de deshuesar cerezas.

—¿Qué estás pensando?

—Nada. —Marnie se puso de pie, se sacudió el delantal—. Estoy pensando que tengo tres semanas para averiguar de dónde saco cuarenta mil dólares antes de que el banco decida que no vale la pena esperar a ver quién gana el testamento.

—Eso también es verdad —dijo Dot, y volvió a las cerezas.

Pero la idea ya se había quedado en algún lugar detrás del esternón de Marnie, agazapada, esperando a que ella dejara de fingir que no la había tenido.

•  •  •

Esa noche, después de cerrar la tienda y contar la caja dos veces porque la primera vez no le había cuadrado y la segunda tampoco, Marnie se sentó en la mesa de la cocina de la casa que había sido de su abuelo, con el portátil abierto y una copa de sidra especiada —de la suya, la buena, la que guardaba para ella— y tecleó en el buscador, sin mucha fe, «alquilar novio para boda».

Los primeros resultados eran actores de reparto para vídeos de bodas falsas, aplicaciones de citas con nombres que sonaban a crucero, y un artículo de una revista de Chicago sobre «la nueva soltería performativa» que no le sirvió de nada.

El séptimo resultado era distinto.

The Plus-One Co. Un sitio web limpio, sin fotos de parejas riendo en la playa, sin la palabra «amor» en ninguna parte.

«Acompañamiento profesional para eventos que importan.

Discreción. Contrato. Sin sorpresas.» Testimonios anónimos: «Necesitaba a alguien para el funeral de mi padre y que mi familia dejara de preguntar por qué seguía soltera.

Fue perfecto.» «Lo contraté para la boda de mi ex. Volví a casa con la cabeza alta.»

Marnie leyó el «Sobre nosotros» tres veces.

Fundada por Desmond Okafor, con base en Chicago, servicio en todo el Medio Oeste.

Perfil de fundador: exconsultor de gestión de crisis reconvertido en «arquitecto de apariencias sociales», según lo que él mismo había escrito, con una foto profesional en la que llevaba un traje gris carbón y la expresión de alguien que no sonreía a la cámara porque le hubiera dicho un fotógrafo que sonriera, sino porque en ese momento concreto le hacía gracia algo que había pasado fuera de plano.

Cerró el portátil.

Volvió a abrirlo dos minutos después.

—Es ridículo —le dijo a la cocina vacía, y luego, porque la cocina no contestó, apuntó el número de teléfono en el reverso de un recibo de la ferretería.

•  •  •

A la mañana siguiente, antes de abrir la tienda, Marnie hizo lo que hacía siempre que necesitaba pensar con claridad: cargó cuatro cajas de sidra en la vieja furgoneta y las llevó al Sunrise Diner, en la calle principal, porque Cheryl, la dueña, compraba una caja a la semana desde que Marnie tenía memoria y porque el trayecto de quince minutos por la carretera de la costa era el único momento del día en que nadie podía pedirle nada.

El pueblo, a las siete y media de la mañana, todavía olía a lago y a pan recién horneado en la panadería de los Larsen.

Un par de pescadores cargaban el hielo en sus barcas junto al muelle municipal, y el señor Abernathy, que llevaba jubilado de la gasolinera desde antes de que naciera Marnie pero que seguía yendo cada mañana «a supervisar», la saludó desde su silla plegable con el mismo gesto de siempre, dos dedos en la visera de una gorra que no llevaba.

—¿Cómo va el negocio, Kowalski? —preguntó, como preguntaba cada mañana, y Marnie respondió, como respondía cada mañana, que iba bien, gracias, señor Abernathy, aunque los dos supieran que la respuesta llevaba meses siendo mentira.

En el Sunrise, Cheryl la recibió con un café ya servido antes de que Marnie hubiera terminado de sentarse, un privilegio reservado a los clientes de toda la vida.

—Te veo con cara de testamento —dijo Cheryl, sin rodeos, porque en Birch Harbor las noticias viajaban más rápido que la señal de móvil—. ¿Ha llamado Priscilla otra vez?

—Randall quiere reunirse el jueves. Formalidad.

—Formalidad —repitió Cheryl, con el tono de alguien que llevaba treinta años sirviendo café a la misma familia y conocía perfectamente la diferencia entre una formalidad y un ultimátum—.

Cariño, todo el pueblo sabe lo de la cláusula.

Mi difunto marido jugaba al póquer con Casimir los jueves, y ese hombre no sabía guardar un secreto ni aunque le fuera la vida en ello.

Se pasó los últimos dos años de su vida diciéndole a cualquiera que quisiera escucharle que esperaba veros a las dos casadas antes de morirse.

—Pues no llegó a tiempo.

—No. —Cheryl se sentó un momento frente a ella, limpiándose las manos en el delantal—. ¿Y ahora qué? ¿Vas a dejar que Percy y ese prometido suyo, el de la sonrisa de vendedor de coches, se queden con setenta y un años de trabajo de tu familia porque tú no tienes anillo en el dedo?

—Estoy pensando en una solución.

—¿Qué solución?

Marnie dudó, con la taza a medio camino de los labios, y decidió, por primera vez desde que había colgado el teléfono la noche anterior, decir la idea en voz alta a otra persona que no fuera la cocina vacía.

—Hay una empresa en Chicago. Alquilan acompañantes para eventos. Bodas, funerales, ese tipo de cosas. Pensaba... no sé. Pensaba que quizá podría contratar a alguien para el baile. Para cumplir la cláusula.

Esperaba que Cheryl se riera, o que la mirara con la misma expresión de lástima con la que había empezado a mirarla la mitad del pueblo desde que corrió el rumor de las dificultades del banco. En vez de eso, Cheryl se quedó pensativa, con los brazos cruzados sobre el mostrador.

—¿Sabes lo que hacía tu abuelo antes de casarse con tu abuela? —dijo al fin.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Trabajaba en los muelles de Sturgeon Bay, cargando pescado, y no tenía ni un centavo.

Tu abuela era la hija del banquero del condado, y su familia no quería ni oír hablar de que se casara con un chico de un huerto de cerezos en quiebra.

Así que Casimir se presentó en la fiesta de compromiso de tu abuela con otro hombre —un tal Whitcombe, si mal no recuerdo, de una familia con dinero de verdad— y montó tal escena reclamando su amor delante de todo el condado que la avergonzó tanto que ella rompió el compromiso esa misma noche solo para dejar de oír hablar del tema.

—No sabía eso.

—Nadie te lo cuenta porque suena a locura, y lo era.

Pero lo que quiero decir, Marnie, es que esta familia lleva generaciones haciendo cosas un poco disparatadas por conservar lo que ama.

Si contratar a un desconocido de Chicago es tu versión de montar una escena en una fiesta de compromiso, adelante.

Casimir se reiría hasta llorar, y luego te diría que sigas su ejemplo y hagas que funcione de verdad.

Marnie se rio, la primera risa de verdad del día, y dejó dinero de más sobre el mostrador antes de irse, con la sensación de que, por primera vez en semanas, no estaba completamente sola con la idea.