Capítulo Siete #3
Se desliza dentro de mí y grito por la intensidad de la sensación. Nunca me he sentido tan llena. Y cuando empieza a embestir, entrando y saliendo, su polla presiona un punto en mi interior que me enciende como un cielo lleno de estrellas.
De pronto Lanz también está junto a mí, y me besa mientras Domm me folla duro. Aprieto los labios contra los suyos, le muerdo la boca, sabiendo que no le haré daño. Puedo ser un animal si quiero, y eso solo nos dará más placer a todos.
Grito de placer, y después ya ni siquiera puedo gritar porque la sensación es demasiado abrumadora.
El orgasmo que crece en mi interior es mucho más poderoso que el anterior, tanto que ni siquiera puedo respirar.
Nunca he estado tan conectada con ningún ser, y mucho menos con dos, pero en este momento siento que este es mi destino.
Como si toda mi vida hubiera estado esperando este momento con estos dos seres.
Como si estuvieran destinados a ser míos, como si siempre lo hubieran estado, incluso antes de conocerlos.
Todo mi cuerpo estalla en destellos de luz y sensación mientras me corro, y me corro, y me corro, temblando, llorando mientras él me lleva al éxtasis.
Él ruge y se tensa dentro de mí, y sé que también se está corriendo, pero lo único que puedo hacer es dejarme llevar por la ola y permitir que el placer me transporte a través de la galaxia.
Domm
Estoy perdido en órbita.
Poseer a Mirelle me hizo volar, el placer calándome hasta los huesos. Lanz y yo hemos parado en burdeles galácticos, hemos disfrutado de varias especies. Y aunque nunca he estado con una humana, estoy seguro de que ninguna se compararía con esta. Es especial, rara como un cristal zandiano.
—¿Necesitas algo? —Lanz se remueve junto a nuestra pequeña humana. Le acaricia el muslo y se lo aprieta.
—No —su voz es soñadora y suave—. Estoy bien.
Le tomo la mano y entrelazamos los dedos. Ella aprieta instintivamente. Levanto nuestras manos unidas y me maravillo de lo pequeña que es la suya comparada con la mía. Qué delicada. Y sin embargo, este pequeño ser plantó cara a Lanz, un guerrero letal y bien entrenado.
—Tu mano es el doble de grande que la mía —murmura—. Tan enorme.
—Eso te maravilla, pero lo que a mí me asombra —le aprieto un poco los dedos— es que seas tan pequeña y, aun así, tan fuerte. ¿Cómo es posible?
Sacude la cabeza sobre la almohada, con el pelo rojo desparramado a su alrededor.
—Solo soy yo. Entreno.
—Es increíble —Lanz le acaricia la piel—. Tan suave y delicada. Y aun así luchas como una guerrera.
—Y follas como una —sonrío.
Está relajada, y me encanta verla tranquila por una vez, sin luchar contra nosotros ni reclamar su libertad. Estoy orgulloso de haberla dejado tan satisfecha. Darle placer es un maldito privilegio. Uno que pienso seguir disfrutando el resto de nuestras vidas.
—¿Has dicho que entrenabas? ¿Cómo? —pregunta Lanz.
Contengo la respiración, esperando que no se cierre de nuevo.
—Desde que pude caminar, aprendí a luchar. Mi hermana me enseñó. Y también tuve otros instructores.
—¿En Jesel?
Asiente.
—Ahí he vivido toda mi vida.
—No como esclava —digo sorprendido.
—Nací libre —hay orgullo en su voz—. Somos un grupo pequeño allí, humanos que escaparon y fundaron una especie de colonia. Intentamos rescatar a otros. Mi hermana y yo nacimos libres.
Parpadea con fuerza.
—No recuerdo a mi madre. Pero mi padre nos enseñó a luchar y a sobrevivir, y cada humano que llega enseña lo que sabe.
—Pero ¿cómo aprendiste a construir una nave? ¿A volar así? —me giro para mirarla a la cara—. Sin escuela de vuelo, sin instructores de verdad. Es imposible.
—Te aseguro que no —su risa carece de humor—. La desesperación es una instructora fantástica. Seguro que lo sabes, por tu experiencia con los Finn. Cuando necesitas de verdad que algo pase, encuentras la manera.
Lanz y yo le acariciamos el hermoso cuerpo y esperamos a que siga. Ella recompensa nuestra paciencia.
—Rebuscamos, intercambiamos, robamos. Hacemos lo que podemos. Aprendemos de hologramas antiguos. Practicamos, lo intentamos. Pasamos desapercibidos. No es fácil, pero cada vez que rescato a un humano, vale la pena.
—Has logrado mucho —murmura Lanz—. ¿De verdad has rescatado a unos cincuenta humanos?
—Sí.
—En esa misma nave.
—En esa exactamente —un destello de pérdida le cruza el rostro—. ¿Está completamente destruida?
—La remolcamos, pero... sí. No funciona, y dudo que pueda volver a hacerlo sin un trabajo considerable —observo a la pequeña humana.
Si no tenemos cuidado, estará ahí fuera intentando arreglarla y largarse de aquí en un abrir y cerrar de ojos—.
Ni siquiera entiendo cómo vuelas con eso.
Es como si estuvieras ciega, sin instrumentación moderna.
—Al principio, sí —explica—. Pero luego desarrollé una especie de intuición sobre lo que se acercaba. ¿Sabes a qué me refiero?
La miramos fijamente, sin comprender.
—Es como si muchas veces pudiera sentir las perturbaciones antes de verlas. Como si supiera dónde van a estar los asteroides, o los escombros. Las corrientes espaciales.
El corazón me da un vuelco. Es especial, lo sabía. Como la compañera humana del rey, dotada del don de la visión.
—Pero a nosotros no nos viste.
—Bueno, estabais camuflados. Los asteroides, que yo sepa, todavía no han decidido ocultarse —pone los ojos en blanco—. Y gracias a las estrellas, porque si no, nadie podría navegar.
La neblina de satisfacción sexual debe de estar disipándose, o quizá el tema le ha hundido el ánimo, porque su expresión se ensombrece.
Suspira.
—Necesito descansar.
Me destroza verla alejarse de mí. Se acurruca, se lleva las rodillas al pecho y se abraza las piernas.