mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

—Esto es una red de vigilancia nutricional.

—Muy eficiente.

—Preocupante.

—También.

Se quedaron en el coche un segundo más.

Lucía miró sus manos sobre la carpeta.

—¿Quieres subir?

Nico giró hacia ella.

—¿Al estudio?

—Sí.

—¿Para ver la lámpara?

—La lámpara no necesita seguimiento semanal.

—Discrepo profesionalmente.

—Nico.

Él sonrió.

—Quiero subir si tú quieres que suba.

Lucía sintió un calor bajo, tranquilo, sin urgencia.

—Quiero.

Subieron.

El estudio estaba como lo había dejado: muestras sobre la mesa, la lámpara horrible en la esquina, platos azules apilados, correos esperando, una planta aún viva por terquedad.

Lucía dejó la carpeta sobre la mesa grande.

Durante un momento, ambos la miraron.

Luego Nico dijo:

—Deberíamos brindar.

—No tengo cava.

—Mejor.

—Tengo café, agua y un vino blanco que compré para una clienta y nunca usé.

—Vino blanco.

—Son las cuatro de la tarde.

—Contrato firmado.

—Argumento válido.

Lucía sacó dos copas desparejadas. Nico abrió la botella. Sirvieron poco, como si el brindis no quisiera convertirse en otra cosa.

Lucía levantó la copa.

—Por Estudio Luma.

Nico levantó la suya.

—Por Dirección de Concepto.

Ella sonrió.

—Lo dices otra vez como caricia.

—No lo retiro.

—Por Los Olivos sin venderse al primer aspiracional que pase.

—Por mesas con salida a la vista.

Lucía sintió que la frase le llegó.

—Por eso también.

Chocaron las copas.

Bebieron.

El vino estaba más bueno de lo esperado.

—Debería haberlo usado con la clienta —dijo Lucía.

—¿Qué clienta?

—Una que quería una fiesta “íntima” para ciento veinte personas y un photocall de flores suspendidas.

Nico hizo una mueca.

—No merecía este vino.

—Eso pensé.

Se sentaron en el sofá verde, no demasiado lejos.

No demasiado cerca.

Luego Lucía decidió que estaba cansada de medir centímetros en su propio estudio y apoyó la cabeza en el hombro de Nico.

Él se quedó quieto.

Luego relajó el cuerpo y le rodeó los hombros con un brazo.

Así.

Sin drama.

Sin pactos.

Sin público.

La lámpara horrible iluminaba la esquina con su fealdad funcional.

—¿Sabes qué pensé el día que abrí este estudio? —dijo Lucía.

—¿Qué?

—Que si fracasaba, al menos fracasaría en algo que hubiera elegido yo.

Nico apoyó la mejilla sobre su pelo.

—Eso no es poco.

—No. Pero durante mucho tiempo lo dije como frase valiente y lo viví como amenaza.

—¿Y ahora?

Lucía miró la carpeta firmada sobre la mesa.

—Ahora me da miedo fracasar, pero no me parece una prueba de que no debí intentarlo.

Nico no respondió enseguida.

—Eso es enorme.

—Sí.

—No frase peligrosa. Diagnóstico.

Lucía sonrió.

—Aceptado.

Se quedaron un rato así.

Luego Nico dijo:

—Mi informe técnico tiene un plazo de seis semanas.

—Lo sé.

—Después de eso, si la fase piloto sigue, habrá más trabajo. Si no, quizá no.

Lucía levantó la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Él la miró.

—Que quiero que tengamos claro que no voy a usar Los Olivos para garantizar seguir cerca de ti.

Lucía se quedó quieta.

—Ah.

—Si trabajo allí, será porque tiene sentido profesional. Y si deja de tenerlo, buscaré otra forma de estar en tu vida que no pase por revisar muros.

Lucía sintió que algo se le deshacía en el pecho.

—Eso ha sido…

—¿Peligroso?

—Adulto.

Nico hizo una mueca.

—Peor.

Ella rio.

—Mucho peor.

—Pero quería decirlo.

—Gracias.

—No quiero ser un hueco, pero tampoco quiero ser una estrategia.

Lucía le tocó la mano.

—No lo eres.

—Bien.

—Ese bien se queda.

Nico entrelazó sus dedos con los de ella.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—Si Los Olivos se complica, si tu familia se complica, si yo me complico…

—Todo eso va a pasar.

—Sí.

Lucía respiró hondo.

—Entonces hablaremos antes de convertirlo en silencio. O en broma. O en contrato.

—¿Contrato no?

—Contrato para trabajo. No para miedo.

Nico sonrió.

—De acuerdo.

Lucía lo miró.

—Estoy enamorada de ti.

La frase salió sin aviso.

Sin bodega.

Sin anillo.

Sin canción.

Sin balcón.

En el sofá verde de Estudio Luma, con dos copas desparejadas, un contrato firmado y la lámpara fea vigilando desde la esquina.

Nico se quedó inmóvil.

Lucía sintió el pánico subirle por la garganta.

—No tenía planeado decirlo así.

—Mejor.

—¿Mejor?

—Sí.

—No te quedes tan callado.

Nico soltó una risa emocionada, casi sin aire.

—Estoy intentando no decir algo perfecto.

—Puedes decir algo imperfecto.

Él la miró.

—Estoy enamorado de ti desde antes de saber volver sin romperlo todo.

Lucía cerró los ojos.

—Eso era perfecto.

—Perdón.

—No retirada.

—No retirada.

Se besaron en el sofá verde.

No hubo prisa.

Bueno.

Un poco.

Pero no la prisa de quien intenta tapar un hueco, sino la de quien ha pasado demasiado tiempo aprendiendo a ir despacio y de pronto descubre que ir despacio también puede avanzar.

Nico dejó la copa en la mesa sin mirar y casi la tiró. Lucía se rio contra su boca. Él también. La risa rompió cualquier intento de solemnidad y lo volvió mejor.

—Cuidado con el vino —dijo ella.

—Estoy priorizando.

—Mal. Es buen vino.

—Tienes razón.

—Retírate un poco de mi boca para gestionar riesgos.

—Eso es una frase extraña.

—Dirección de concepto.

—No aplica.

—Siempre aplica.

Nico la besó otra vez.

Más tarde, mucho más tarde o quizá solo veinte minutos después, Lucía recibió un mensaje de Jaime.

“Me ha llegado por canales informales que el contrato está firmado. Propongo celebración oficial con placa, pan y mi reincorporación social.”

Lucía sonrió y enseñó el móvil a Nico.

—¿Canales informales?

—Samira.

—Seguro.

Lucía respondió:

“Contrato firmado. Tu reincorporación sigue en revisión.”

Jaime:

“Corrupción institucional.”

Samira escribió en otro chat:

“Si te manda algo sobre placas, ignóralo. Ya he rechazado tres diseños.”

Beatriz:

“¿Todo bien?”

Lucía miró el mensaje de su madre.

Luego a Nico.

Luego al contrato.

Respondió:

“Sí. Todo bien. Gracias por venir hoy.”

Beatriz:

“Gracias por dejarme estar.”

Lucía leyó la frase varias veces.

No por dolor.

Por lo contrario.

“Me alegro de que estuvieras.”

La respuesta tardó un poco.

“Yo también.”

Arturo escribió al cabo de unos minutos.

“Buen trabajo hoy.”

Lucía sonrió.

Respondió:

“Firmar no cuenta como trabajo difícil.”

Arturo:

“Firmar algo propio sí.”

Lucía dejó el móvil sobre la mesa.

Miró a Nico.

—Mi padre acaba de decir algo bastante bueno.

—Está peligroso.

—Mucho.

—¿Qué ha dicho?

Lucía se lo enseñó.

Nico leyó y sonrió.

—Tiene razón.

—No lo acostumbres a que lo digamos.

—Jamás.

Esa noche, Lucía se quedó en el estudio más tarde de lo previsto.

No trabajando.

Por una vez.

Solo estando.

Nico se marchó a las ocho porque tenía una reunión temprana al día siguiente y porque ambos seguían aprendiendo que no todo deseo necesitaba convertirse en quedarse hasta el límite.

Se despidieron en la puerta con un beso largo y una promesa mínima de verse el jueves.

—¿Cocina? —preguntó Nico.

—Estudio.

—¿Lámpara?

—No erotices más la lámpara.

—Imposible.

—Suspendida.

—No retirada.

Cuando se fue, Lucía no lo miró hasta que desapareció.

Solo hasta que dobló la esquina.

Suficiente.

Luego cerró el estudio y volvió a la mesa.

El contrato estaba allí.

Firmado.

Con su nombre.

Su empresa.

Su responsabilidad.

Sacó el bolígrafo de su abuelo del bolso y lo dejó junto a la carpeta.

Durante años había sentido que el apellido Montoro era una habitación donde otros colocaban los muebles antes de que ella entrara.

Ahora el bolígrafo estaba en su mesa.

No en el despacho de Arturo.

No en una cena familiar.

No en un bufete que nunca quiso.

En Estudio Luma.

Junto a una lámpara horrible que volvía a dar luz.

Lucía apagó la lámpara principal y dejó encendida solo aquella.

—No te emociones —le dijo.

La lámpara parpadeó una vez.

Lucía sonrió.

Luego abrió un cuaderno nuevo, el de tapa azul oscuro, y escribió en la primera página:

Los Olivos: fase piloto.

Debajo, después de pensarlo unos segundos, añadió:

No pedir permiso para ocupar la mesa.

Cerró el cuaderno.

La historia no estaba terminada.

El proyecto acababa de empezar.

Su familia seguiría siendo su familia, lo cual era una amenaza y una suerte.

Nico seguiría teniendo miedo a veces. Ella también.

El anillo seguía guardado.

Por ahora.

Pero esa noche, al cerrar el estudio y bajar la persiana, Lucía no sintió que salía de una vida prestada.

Sintió que cerraba la puerta de algo suyo.

Y que, al día siguiente, tendría las llaves para volver a abrir.