mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 40 #3
96%

Capítulo 40 #3

Lucía sintió un pequeño golpe de miedo antes de que él siguiera.

—Yo sí lo sé.

El golpe se convirtió en otra cosa.

Demasiado grande.

Demasiado sencillo.

—Frase peligrosa —susurró.

—La más peligrosa.

—No retirada?

Nico sostuvo la caja con una mano y alargó la otra hacia ella, sin tocarla todavía.

—No retirada.

Lucía tomó su mano.

No se besaron enseguida.

Solo se quedaron allí, en la habitación sin mesa, con un anillo guardado, una ventana abierta y una verdad que no pedía respuesta inmediata.

Luego Lucía se acercó.

Nico dejó la caja sobre el alféizar, lejos, como si también quisiera que el anillo entendiera su sitio.

Y la besó.

El beso fue lento.

No de emergencia.

No de cierre.

No de promesa pública.

Un beso en la casa donde una mesa había esperado años para volver a usarse. Un beso que no borraba la estación, ni la cobardía, ni la culpa, ni la mentira, ni el dolor de Beatriz, ni las decisiones de Arturo. Un beso que no necesitaba borrar nada para existir.

Lucía lo besó hasta que el miedo dejó de ocupar el primer sitio.

Cuando se separaron, Nico apoyó la frente en la suya.

—Te quiero —dijo.

No lo dijo como anillo.

No lo dijo como deuda.

Lo dijo como presente.

Lucía cerró los ojos.

—Yo creo que sí.

Nico rio bajo, emocionado.

—Es mi frase favorita.

—Es horrible.

—Es honesta.

—Es insuficiente.

—No para mí.

Lucía abrió los ojos.

Lo miró.

—Te quiero —dijo entonces, muy bajo, como quien prueba si una palabra puede sostenerse sola.

Nico se quedó inmóvil.

La emoción le cambió la cara.

No intensa.

No.

Viva.

—Vale —dijo él, con la voz rota.

Lucía soltó una carcajada llorosa.

—¿Vale?

—He prometido no decir nada perfecto.

Ella rio más.

Nico también, y la abrazó.

—Vale es perfecto —dijo Lucía contra su pecho.

—Entonces lo retiro.

—Ni se te ocurra.

Se quedaron abrazados en la casa de invitados, con el anillo guardado en el alféizar y la puerta abierta al jardín.

No sabían cuánto tiempo pasó.

Lo suficiente para que el mundo no se acabara.

Lo suficiente para que el pasado no desapareciera, pero dejara de empujar desde dentro.

Al volver a la casa principal, nadie hizo preguntas.

Eso fue tan sospechoso que Lucía miró alrededor con desconfianza.

Carmen estaba en la cocina, cortando verduras.

—La comida en veinte minutos —dijo.

No miró la caja que Nico llevaba en el bolsillo.

No miró los ojos de Lucía.

No sonrió.

Pero puso dos platos más sobre la mesa con un golpe suave.

—Y lavaos las manos. La gente vuelve de casas de invitados tocándolo todo.

Lucía se puso roja.

Nico tosió.

Desde el patio, Mercedes gritó:

—¡No he oído nada, pero lo he entendido todo!

Jaime añadió:

—¡Confirmo canon elevado!

Samira:

—¡Jaime, cállate!

Beatriz apareció en la puerta de la cocina, miró a Lucía, luego a Nico.

No preguntó.

Solo dijo:

—¿Estáis bien?

Lucía sonrió.

—Sí.

Nico asintió.

—Sí.

Beatriz respiró hondo.

—Entonces comed.

Carmen levantó el cuchillo.

—Eso ya lo he dicho yo.

—Estoy practicando —dijo Beatriz.

—Practica con otra frase.

Lucía se echó a reír.

Y esa risa, en aquella cocina, con Nico a su lado, el anillo sin pregunta y su madre aprendiendo a no pedir más de lo que ella podía dar, le pareció una forma bastante razonable de felicidad.

Por la tarde, Nico guardó el anillo en su maleta.

Lucía lo vio hacerlo.

No le dolió.

No le dio miedo.

No sintió que una oportunidad se cerraba.

Sintió, más bien, que una presión encontraba cajón.

—Guardado —dijo él.

—Por ahora —dijo ella.

Nico la miró.

—Por ahora.

No hacía falta más.

Esa noche, la familia cenó en el patio.

Arturo habló de contrato solo tres minutos, bajo amenaza directa de Carmen.

Jaime intentó rebautizar a Nico como “prometido en fase beta” y recibió una servilleta de Samira en la cara.

Patricia declaró que su hijo tendría prohibido asistir a reuniones Montoro hasta tener sistema inmune emocional.

Mercedes brindó por “las preguntas que no se hacen todavía”.

Beatriz preguntó a Lucía si quería más pan y no si quería casarse, lo cual fue una victoria silenciosa.

Nico, sentado junto a ella, rozó su rodilla bajo la mesa.

No escondido.

No exhibido.

Simplemente allí.

Lucía lo miró.

Él sonrió.

No perfecto.

No resuelto.

No prometido.

Pero elegido.

Más tarde, antes de dormir, Lucía salió al balcón de la habitación amarilla. La bodega estaba oscura. La casa de invitados también. Los Olivos descansaba con todas sus puertas cerradas de forma normal, no como secreto.

El móvil vibró.

Nico.

“¿Puedes leer?”

Lucía sonrió.

“Sí.”

“El anillo está guardado.”

“Lo sé.”

“Esa era tuya?”

“Sí.”

“Se queda.”

Lucía miró el jardín.

Luego escribió:

“Te quiero.”

Envió antes de pensar demasiado.

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

Nico:

“Vale.”

Lucía se tapó la boca para no reír demasiado fuerte.

Luego llegó otro mensaje.

“Te quiero.”

Lucía apoyó el móvil contra el pecho.

No era una pedida.

No era un final.

No era una garantía.

Era mucho mejor que eso.

Era una verdad sin ceremonia.

Una puerta abierta.

Un anillo guardado.

Y, por fin, una pregunta que no necesitaba hacerse para que ambos supieran la respuesta de hoy.