mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 40 #2
95%

Capítulo 40 #2

—Eso ha sido muy tú.

—Sí.

—Y muy poco recomendable.

—También.

Lucía caminó hasta la mesa y apoyó una mano sobre la tela que la cubría.

—He estado pensando en él.

—Yo también.

—Me molesta.

—Sí.

—Me molesta que exista, que signifique cosas, que no signifique otras, que me dé miedo verlo y que una parte de mí quiera verlo para quitarle poder.

Nico no se movió.

—Podemos verlo sin que sea una pregunta.

Lucía levantó la vista.

—¿Qué?

—El anillo no tiene que ser una pregunta. No hoy. No ahora. Puede ser solo una cosa que existe. Una parte de mi historia. De la nuestra, quizá. Pero no una petición.

Ella sintió que la frase se colocaba exactamente donde necesitaba.

El anillo no era una pregunta.

No tenía que responder.

No tenía que huir.

No tenía que aceptar ni rechazar una vida entera en una bodega.

Podía mirar.

Solo mirar.

—¿Puedes traerlo? —preguntó.

Nico se quedó inmóvil un segundo.

—Sí.

—Y luego volvemos aquí.

—¿A la bodega?

—No. Aquí no.

Él la miró con atención.

Lucía respiró.

—A la casa de invitados.

La frase sorprendió a ambos.

Pero en cuanto salió, Lucía supo que era correcta.

No la bodega, donde todo se había vuelto presentación.

No la habitación azul, demasiado cargada.

No el patio, demasiado público.

La casa de invitados.

El lugar donde encontraron la mesa. Donde el pasado había dejado objetos sin pedir permiso. Donde empezó a cambiar la explicación de lo que les había ocurrido.

Nico asintió.

—De acuerdo.

—No digas de acuerdo como si fueras al patíbulo.

—Estoy intentando no hacer cara intensa.

—Fracaso.

—Sí.

Nico salió.

Lucía se quedó sola unos minutos en la bodega.

No tocó la mesa.

No miró la puerta.

Solo respiró.

Cuando Nico volvió, llevaba una caja pequeña en la mano.

No era una caja de joyería nueva.

Era antigua, de terciopelo azul oscuro gastado, con una esquina ligeramente deshilachada. Tan poco espectacular que casi daba más miedo.

Lucía la miró.

El corazón le golpeó en el pecho.

—Vale —dijo.

—¿Quieres que paremos?

—No.

—¿Quieres que lo guarde?

—No.

—¿Quieres…?

—Nico.

Él cerró la boca.

—Casa de invitados —dijo ella.

Caminaron en silencio.

El jardín de Los Olivos parecía demasiado luminoso para lo que llevaban entre manos.

Pasaron junto a la fuente, bajo los naranjos, por el sendero lateral que llevaba a la casa de invitados.

Nadie los detuvo. Nadie apareció. Quizá por milagro.

Quizá porque Carmen había desplegado algún tipo de control invisible sobre la finca.

La casa de invitados estaba abierta.

Carmen, pensó Lucía.

Por supuesto.

Dentro olía a madera, aire ventilado y memoria menos cerrada que la última vez. Las ventanas estaban abiertas. Entraba luz. El lugar ya no parecía abandonado, sino en pausa.

Lucía caminó hasta la habitación donde habían encontrado la mesa.

Ahora estaba casi vacía.

El rectángulo más claro en el suelo marcaba el lugar donde la mesa había estado durante años.

La ausencia también dejaba marcas.

Nico se detuvo junto a la ventana.

Lucía se colocó frente a él.

—Ábrela tú —dijo.

Nico miró la caja.

—Lucía…

—No es una pregunta, ¿no?

—No.

—Entonces ábrela.

Él lo hizo.

Despacio.

Dentro, el anillo era más sencillo de lo que Lucía había imaginado. Oro antiguo, fino, con una piedra pequeña, nada ostentosa. No parecía un anillo de escaparate. Parecía una cosa que había pasado por manos, cajones, mudanzas, silencios.

Una promesa posible.

Una historia guardada.

Lucía sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y se enfadó un poco.

—Es bonito —dijo.

La voz le salió baja.

—Era de mi abuela.

—Lo sé.

—Mi madre lo guardó después.

Lucía asintió.

—No parece una pregunta.

Nico soltó aire.

—No.

—Parece… una cosa esperando a saber qué lugar tiene.

Él la miró.

—Sí.

Lucía alargó la mano.

No hacia el anillo.

Hacia la caja.

Nico se la entregó sin tocarla de más.

Ella sostuvo la caja abierta.

El anillo pesaba menos de lo que había pesado en su cabeza.

Qué injusto.

Qué alivio.

—No quiero que me lo pidas ahora —dijo.

—No voy a hacerlo.

—Ni pronto.

—No.

—Ni como forma de arreglar lo que no arreglamos.

—Jamás.

—Ni como prueba de que has cambiado.

—No.

Lucía cerró los ojos.

—Pero tampoco quiero que lo entierres como si quererme fuera algo de lo que avergonzarse.

Nico se quedó muy quieto.

La frase se abrió entre los dos.

—No me avergüenzo —dijo él.

—Lo sé.

—Esa era tuya?

—Sí.

—Se queda.

Lucía sonrió con lágrimas.

—Se queda.

Miró de nuevo el anillo.

—Quiero que lo guardes.

Nico asintió.

—De acuerdo.

—Pero no como culpa.

—No.

—Y no como presión.

—No.

—Como algo que quizá algún día pueda tener otro sentido. O no.

Nico tragó saliva.

—Puedo hacer eso.

—¿Puedes?

—Sí.

Lucía cerró la caja.

Se la devolvió.

Nico la tomó con ambas manos.

El gesto tuvo algo solemne y, a la vez, extraño. Como devolver un objeto a su dueño después de haber comprobado que no muerde.

—También quiero decirte algo —dijo Lucía.

Nico levantó la vista.

—Dime.

Ella respiró.

La casa de invitados estaba en silencio.

La luz entraba por la ventana donde Amparo amasaba a veces porque era mejor.

—Creo que sí —dijo.

Nico frunció apenas el ceño.

—¿Qué?

—Ayer, Amparo me dijo que me preguntara si te quiero a ti ahora. No al chico que no fue a la estación. No al hombre que volvió con culpa. A ti.

Nico no respiró.

Lucía tampoco mucho.

—Y no tengo una frase perfecta —continuó—. Ni quiero hacer una declaración enorme en una casa llena de pasado, porque me parece poco prudente y muy nuestro. Pero creo que sí.

Nico cerró los ojos.

Cuando los abrió, los tenía brillantes.

—Lucía.

—No digas nada perfecto.

—No puedo.

—Mejor.

Él soltó una risa rota.

—Yo no creo que sí.