Capítulo 28
Párkinson. Jules tenía párkinson. Charlotte estaba sentada en la terraza, contemplando cómo se abría una delgada franja rosada sobre el agua a medida que salía el sol. Llevaba allí fuera, envuelta en una manta, desde que se había levantado de la cama de Jules, dejándolo durmiendo.
Demasiado alterada para conciliar el sueño, se había dirigido directamente a su ordenador y leído todo lo que pudo encontrar sobre el párkinson: qué consecuencias tenía y cómo afrontarlo.
Pero lo que había averiguado no era nada alentador.
Había cierta esperanza de que la enfermedad no avanzara rápidamente.
Parecía variar según la persona, y Jules era joven y fuerte, así que eso jugaba a su favor.
No se parecía en nada a lo que ella temía que él estuviera afrontando.
Había sido demasiado fácil descartar un problema de salud grave cuando él parecía estar en tan buena forma física.
Al menos no era cáncer. No dejaba de repetírselo a sí misma.
Pero ese consuelo le parecía muy frágil.
Intentar imaginarlo tal y como estaría en diez, veinte o treinta años le partía el corazón.
Jules era el hombre más fuerte que conocía, física, emocional y mentalmente.
No parecía posible que nada pudiera robarle su coordinación y su vitalidad.
Todo lo que había dicho, y cómo se había comportado, cobró sentido. Ella por fin comprendió por qué no dejaba de intentar alejarla de él.
Oyó abrirse la puerta a sus espaldas y se secó rápidamente las lágrimas con el borde de la manta.
—¿Qué haces levantada tan temprano? —preguntó Sloane, vestida con una sudadera con capucha y pantalones de yoga, el pelo recogido en un moño y descalza.
Charlotte dudó. No creía que le correspondiera a ella contárselo.
Pero Sloane no era solo la hermana de Jules, era su mejor amiga.
Y no había forma de ocultar sus ojos hinchados y enrojecidos.
¿Debería decir lo que él no se atrevía a decir, sacarlo a la luz para que pudieran afrontarlo?
Le había prometido darle todo el tiempo que necesitara en Italia, pero se suponía que Italia era una oportunidad para curarse, no solo para escapar.
Guardar su secreto era como verlo patalear en el agua mientras subía la marea.
No podría curarse de verdad si seguía escondiéndose de la realidad, y ellas no podrían ayudarlo si él seguía ocultándosela.
—Se trata de Jules —anunció, con nuevas lágrimas nublándole la vista.
—¿Qué quieres decir con «se trata de Jules»? —Sloane se había asomado lo suficiente como para ver las señales de sus emociones y la miraba con recelo.
—Sé qué le pasa.
—¿Qué es? —Sloane se arrodilló a su lado—. ¡Dímelo!
—Deberías saberlo por él. —Charlotte cerró los ojos con fuerza.
—Te lo estoy preguntando a ti, aquí y ahora.
—No puedo decírtelo.
—No tiene que ver con la salud, ¿verdad? ¿Qué le pasa? —Al no recibir respuesta, Sloane agarró la silla en la que estaba sentada Charlotte, como si fuera a caerse sin ese apoyo—. ¿Se está muriendo, Char? ¡Dímelo! ¡Me estoy volviendo loca!
Charlotte levantó las manos. Era demasiado tarde para intentar contenerse. A esas alturas era, simplemente, cruel.
—Le han diagnosticado párkinson, Sloane.
—Párkinson —repitió ella aturdida—. ¿Es muy grave? Es decir…, he oído hablar de ello, pero nadie que yo conozca lo ha tenido nunca. ¿Cómo le afectará?
—Es una enfermedad degenerativa que hace que los nervios del cerebro se debiliten y mueran. Afecta a muchas cosas, sobre todo a su función motora. Puede que llegue un momento en el que le cueste caminar o incluso hablar.
—No… —Sloane se cubrió el rostro.
—Ojalá no fuera verdad.
—¿Cómo te has enterado? —susurró Sloane tras varios segundos de silencio.
No era difícil darse cuenta de que le dolía pensar que su hermano se lo hubiera contado a Charlotte sin decírselo a ella.
Así que Charlotte decidió que era hora de contarlo todo, hora de afrontar todos los secretos que había entre ellas y decidir cómo seguir adelante.
Los problemas de Sloane, y los suyos, palidecían al lado del diagnóstico de Jules.
Al menos ellas gozaban de buena salud. Y, sin embargo, él había estado haciendo todo lo posible por apoyarlas.
—Anoche vi que le llegaba un mensaje de su médico.
—¿Durante la cena? —Sloane parecía confundida—. Porque yo estaba aquí contigo y ni siquiera reaccionaste.
—Durante la cena no. Más tarde, cuando estaba con él.
—¿Con él dónde?
—En su cama. —Charlotte respiró hondo y se armó de valor ante la reacción de Sloane.
—¡No me lo puedo creer! —Ella soltó la silla y se dejó caer al suelo.
Charlotte frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—¿Jules y tú os habéis estado acostando? ¿Desde cuándo?
—Desde que estuve segura de que no iba a volver con Cliff.
—Entonces…, ¿qué significa eso? —Sloane sacudió la cabeza.
—Significa que estoy enamorada de él, Sloane. Significa que tenemos que olvidarnos de lo que sea que esté pasando en nuestras propias vidas y estar ahí para él.
—¡Por supuesto! —exclamó ella —. ¡Haría cualquier cosa por él!
—No le va a gustar que lo sepamos. —Otra lágrima resbaló por la mejilla de Charlotte.
—Quizá no deberíamos decírselo. Quizá deberíamos fingir que no lo sabemos y dejar que sea él quien nos lo cuente cuando esté preparado.
—¿Y cuándo será eso? Conociendo a Julian, no hará más que aplazarlo, pensando que puede arreglárselas solo. Yo digo que tengamos esa conversación ahora, mientras estamos todos aquí juntos y aún tenemos algo de tiempo para dedicarle.
—Pero podría convertirse en algo grande y… perturbador. ¿Y tu libro?
Charlotte había pensado que Megan le respondería de inmediato. El hecho de que no lo hubiera hecho no presagiaba nada bueno. Significaba que estaba lo bastante indecisa ante lo que había leído como para pedirle a su jefa que le echara un vistazo.
—Olvídate de mi libro. Lo que tenga que pasar con él, pasará. Quiero estar disponible para Julian cuando más me necesite.
—Esto es un asco —dijo Sloane, apoyando la cabeza en las rodillas de su amiga.
— Lo superaremos —aseguró Charlotte—. Lo superaremos juntos.
—¿De verdad estás enamorada de mi hermano? —preguntó Sloane levantando la cabeza.
—¿Te sorprende?
—No —contestó Sloane tras pensarlo un momento—. Es el doble de hombre que Cliff.
Charlotte estaba a punto de darle la razón, no por maldad, sino porque era la verdad, cuando oyó que alguien la llamaba por su nombre. Habría jurado que era Cliff, pero parecía demasiada coincidencia para que fuera verdad.
Él gritó su nombre dos veces más antes de que sonara el timbre. Sí que era Cliff.
—Joder — soltó Charlotte, con un nudo en el estómago.
De repente, el amanecer parecía estúpidamente alegre. Los playoffs habían terminado en derrota, lo que significaba que ya no había nada que lo retuviera en Estados Unidos. Y, aunque en una ocasión había amenazado con ir a Italia, ¡jamás pensó que lo haría!
Desde donde estaba sentado, justo frente a él, Julian no podía dejar de fulminar a Cliff con la mirada, en parte porque Cliff le devolvía la mirada con la misma intensidad.
Había viajado durante tantas horas, y había tenido un vuelo tan horrible, retrasos y mala comida, que Charlotte le había dejado entrar para que conociera a Lilly y desayunara.
Pero debía de haberla molestado nada más llegar, porque tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, y Sloane también se comportaba de forma extraña.
Julian estaba tan a la defensiva que le resultaba casi imposible tolerar la presencia del otro hombre.
No sentía nada de la adoración que una gran estrella de la NBA probablemente estaba acostumbrada a inspirar.
Julian quería echar a ese cabrón de la villa.
Lilly también parecía recelosa de Cliff.
No dejaba de mirarlo con los ojos entornados, como si no fuera de fiar.
Quizá había oído la discusión que había hecho llorar a Charlotte.
Julian había estado durmiendo tan profundamente que se lo había perdido.
No había descubierto que tenían visita hasta después de levantarse, ducharse y bajar las escaleras.
Estaba preocupado por las cosas que Charlotte le había dicho la noche anterior, la seguridad con la que había afirmado que se iban a casar…
, hasta que esa nueva amenaza acaparó toda su atención.
—Bonito lugar. Me alegra ver que estás gastando mi dinero con cabeza. —Cliff bromeaba, evidentemente, pero lo que había dicho no tenía gracia. En lugar de una risa, su comentario le valió una mirada de reproche por parte de Sloane, a quien nunca le había caído bien. Incluso Lilly puso cara de asco.
—Bueno, ya que me echaste de casa sin miramientos, me pareció que era lo mínimo que podías hacer —contestó Charlotte con una sonrisa, como si ella también estuviera bromeando, pero lo había puesto en su sitio con tanta firmeza que Julian no sintió la necesidad de hacerlo.
Eso mantuvo el delicado equilibrio que tenían en ese momento.
—Jules y yo pagamos nuestra parte —intervino Sloane, clavando en Cliff una mirada penetrante—. No te estamos quitando nada.
— Yo también pagaría si pudiera —añadió Lilly, con voz débil pero firme.
—Nadie espera que pagues nada, Lilly —aclaró Charlotte—. Eres una niña, por favor, no te sientas mal por eso.
La atención de Lilly volvió a Cliff, que la miraba por encima del borde de su taza.
—Siento lo de tu madre —dijo él mientras dejaba el café sobre la mesa—. Pero, por lo que he oído, quizá estés mejor así.
—¡Cliff! —exclamó Charlotte.
— ¡Solo digo lo que pienso! —Cliff extendió las manos—. No parece que fuera una gran madre.
—Eres un imbécil. —Sloane se levantó de un salto—. Siempre lo has sido y, por mi parte, no voy a quedarme aquí sentada fingiendo que no lo eres. —Dicho lo cual, se marchó.
—Qué susceptible —murmuró Cliff—. Lilly es una chica lista. No le estoy diciendo nada que no sepa ya. ¿Verdad, Lilly?