Nos vemos en Italia Capítulo 27
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Capítulo 27

Lilly le contestó a Charlotte que no quería ayudar a rebuscar entre las cajas.

Se sentía mal por decir que no, le parecía una falta de gratitud después de todo lo que su hermana había hecho por ella, pero no se sentía capaz de hacerlo.

Estaba demasiado enfadada. Y aunque Charlotte le había preguntado por qué no le interesaba, no sabía muy bien cómo explicárselo.

Se había llevado bien con Sabrina, estuviera o no con un hombre.

Pero algo en el hecho de que su madre perdiera los estribos y se subiera a esa Vespa la llenaba de rabia.

Tenía miedo de que le saliera de dentro, como el monstruo de Alien, si no lo reprimía todo y apartaba la mirada.

Afortunadamente, había aprendido a enterrar sus sentimientos en lo más profundo.

A veces le dolía la mandíbula del esfuerzo por mantenerlos a raya.

Pero era la única forma de poder sobrellevar el día a día.

Temía desmoronarse si no lo hacía, o despotricar y gritar obscenidades a todos los que la rodeaban, como solía hacer su madre.

Y no había más que ver adónde la había llevado eso a Sabrina.

Aparte de ella misma, nadie había querido de verdad a su madre.

Steve lo intentó, pero al final ni siquiera él pudo hacerlo.

Nadie había querido permanecer cerca de ella mucho tiempo.

Nadie había sido capaz siquiera de sentir un mínimo de compasión por su situación.

Todos pensaban que se merecía lo que le había pasado, incluida su propia familia.

Y quizás tuvieran razón. Sabrina se había creado muchos de sus problemas.

Incluso Lilly se había dado cuenta de lo fácil que habría sido evitarlos en su mayoría.

Ojalá su madre hubiera dejado de ir de hombre en hombre.

Ojalá hubiera sentado la cabeza con un trabajo fijo para poder pagar las facturas.

Podría haberse centrado en construir relaciones sanas y volver a conectar con su familia en lugar de ir de pueblo en pueblo, buscando algo que nunca encontraría.

Lilly había intentado decírselo, pero Sabrina nunca la escuchaba. Tomaba la decisión equivocada una y otra vez. Quizá eso era lo que enfurecía tanto a Lilly. Aunque siempre había estado ahí, dispuesta a darle a su madre el amor que ansiaba, no era suficiente. Sabrina siempre había querido más.

—¿Qué estás haciendo?

Sloane había entrado en la cocina, donde Lilly estaba estu diando una receta. Había abierto el libro de cocina treinta minutos antes, mientras Sloane se ocupaba de algunos asuntos relacionados con su negocio de diseño en casa, pero no había podido concentrarse.

—Buscando cosas que podríamos preparar. —Lilly esbozó una sonrisa forzada.

—Te gusta mucho cocinar, ¿verdad? —El aroma a beicon flotaba en el aire y motas de polvo bailaban a la luz del sol que entraba por las ventanas.

—Sí. —Planificar la comida, comprar los ingredientes y preparar platos tan bonitos y deliciosos: pastas, polentas y platos de pollo y marisco para todos, hacía que Lilly sintiera que estaba aportando algo especial, algo que todos esperaban con ilusión y disfrutaban.

Era una forma de demostrar lo agradecida que estaba a su hermana y a Julian sin tener que decirlo.

Las palabras le resultaban demasiado difíciles, sobre todo porque temía abrir la caja fuerte que llevaba dentro y que contenía todos los sentimientos que había estado encerrando.

Había tantas cosas metidas ahí dentro que ni siquiera podía imaginar qué saldría.

—¿Qué te apetece para esta noche? —preguntó Sloane.

—Aún no lo he decidido. Pero he pensado que hoy podría ser divertido hacer cruasanes. Podríamos hacer de chocolate y de limón. A ver cómo quedan comparados con los de las pastelerías de aquí.

—Eso sí que es un reto —dijo, y soltó una risita de admiración, un poco abrumada.

—¿Crees que sería demasiado difícil?

—Estoy dispuesta a intentarlo. —Sloane giró el libro para poder ver la receta—. Apuesto a que no hay mucha gente que pueda decir que ha hecho cruasanes. Realmente estamos viviendo esta experiencia italiana como es debido.

—Aquí, en la ciudad, ofrecen clases de cocina.

—También las he visto. Solo estoy esperando a que Charlotte pueda apuntarse a una con nosotras.

—Será divertido. —Lilly empezaba a disfrutar tanto de la compañía de Charlotte y Sloane que cada vez le daba más miedo el momento en que terminaría su estancia en Italia.

—Por cierto, ¿dónde está Charlotte? —preguntó Sloane—. No está en la mesa del comedor, tecleando en su ordenador.

—No. Ya ha entregado los capítulos de muestra. Está esperando a saber qué le parecen a su editora.

—Apuesto a que está nerviosa.

—Seguro que sí. Y yo también —admitió Lilly. Había mucho en juego en esas páginas.

—Es una escritora excelente. No me cabe duda de que a su editora le encantarán. —Sloane se asomó a la terraza, pero no vio a Charlotte, al parecer—. ¿Se habrá ido a algún sitio con Julian?

—No. —El nudo en el estómago de Lilly se hizo más grande—.

Está revisando las cosas de Sabrina. —Le resultaba extraño llamar a su madre por su nombre de pila, pero Sabrina era técnicamente también la madre de Charlotte, y «las cosas de nuestra madre», le sonaba igual de extraño—. No puedes verla desde ahí.

—¿Y tú no estás ahí fuera con ella?

La culpa volvió a asomarse. Bajando la mirada, Lilly sacudió la cabeza.

—¿Seguro que no quieres echar una mano? —insistió Sloane—. No pretendo presionarte. Solo me da miedo que luego te arrepientas de tu decisión. Charlotte no sabe qué cosas significan más para ti.

Lilly lo entendía. La idea de que Charlotte, o cualquier otra persona, revisara esas cosas y tirara algo le oprimía el pecho.

Ojalá pudieran dejarlo todo donde estaba hasta que ella estuviera lista para afrontar el reto.

Pero eso podría llevar años, y se estaban acercando al final de su estancia en Italia.

Tenían que hacer algo con las cosas de Sabrina.

No tenía sentido llevarse todas las cajas — la mayoría de las cuales estaban llenas de maquillaje y artículos de aseo— de vuelta a Estados Unidos.

—Supongo que iré a ayudar —dijo Lilly, a pesar de que las palabras le resultaron ásperas y difíciles de pronunciar. Y, cerrando el libro de cocina, se levantó y cuadró los hombros.

—Creo que sería lo mejor. —Una expresión compasiva se dibujó en el rostro de Sloane—. Pero tú eres la única que puede decidirlo. Solo… quería darte otra oportunidad. Nada más.

—Lo sé —murmuró ella mientras salía de la cocina.

Por difícil que le resultara admitirlo, Sloane tenía razón: probablemente Lilly se arrepentiría si no aprovechaba esa última oportunidad.

Se dijo a sí misma que lo superaría. La vida consistía en tomar las decisiones correctas.

Si algo había aprendido, era eso. Pero, cuando salió, se encontró a Charlotte tan absorta en lo que estaba mirando que ni siquiera la oyó acercarse.

Cuando Lilly pronunció su nombre, ella se giró, claramente sobresaltada. Entonces, a Lilly se le encogió el corazón al ver lo que Charlotte había estado leyendo.

Charlotte vio palidecer a Lilly. Sabía qué la había alterado.

Charlotte sostenía capturas de pantalla impresas y copias de correos electrónicos, con la tinta un poco manchada y las esquinas sujetas con clips, y más correspondencia entre Sabrina y un exnovio, algo que probablemente se había impreso debido a las confesiones que contenía.

Eso debía de ser a lo que se refería Steve cuando habían hablado por teléfono.

Walter, el tipo con el que Sabrina había estado en Colorado, había colocado una cámara oculta en el baño de Lilly.

Lo que había hecho era tan repugnante que Charlotte apenas podía creerlo, pero era casi peor que Sabrina no hubiera acudido a la policía.

En lugar de eso, había amenazado con denunciarlo cada vez que necesitaba dinero, y él había pagado para evitarlo…

, hasta la última vez que ella acudió a él, después de dejar a Steve.

Entonces, él se negó. Charlotte había leído una conversación en la que Sabrina afirmaba que por fin iba a acudir a las autoridades, y él le contestaba que se metería en tantos problemas como él por chantajearlo.

No parecía que hubiera recibido más pagos.

Le había dicho a Walter que al menos habían recibido alguna compensación para ayudarlas a salir adelante.

Hacer que lo inscribieran como delincuente sexual o meterlo en la cárcel sin duda no mejoraría las cosas para Lilly.

Pero Sabrina parecía haberse dado cuenta de que había sacado todo el partido posible a la situación, o quizá simplemente se había distraído con su nueva relación con Luca y su viaje a Italia, porque aparentemente había pasado página.

¿Hasta qué punto había afectado ese incidente a Lilly? Tenía que saber lo de la cámara, de lo contrario, Steve no habría dicho que dejara que Lilly le contara la historia cuando estuviera preparada.

Lilly se dio media vuelta y se dirigió hacia la casa.

Charlotte se levantó y corrió tras ella, alcanzándola justo antes de que entrara.

—Lilly, siento muchísimo lo que pasó. ¿Hay alguna forma de que podamos hablar de ello?

A Lilly se le llenaron los ojos de lágrimas, pero sacudió la cabeza rotundamente.

—¿Alguna vez te… tocó? —Charlotte odiaba tener que preguntarlo, pero dudaba que tuviera otra oportunidad y necesitaba saberlo para poder conseguir la ayuda adecuada para su hermana.

—¡No! —contestó Lilly, frunciendo el ceño.

—¿Fue solo… solo la cámara? — quiso aclarar Charlotte.

Lilly no contestó. Probablemente, «solo» no había sido la palabra adecuada. Lo que él había hecho ya era bastante grave, pero Charlotte intentaba determinar el alcance del problema.

—Si no quieres hablar conmigo, ¿puedo buscarte a alguien con quien hablar? ¿Un terapeuta o un consejero?

—No tengo nada que contarles —murmuró Lilly—. Él nunca me tocó. Yo ni siquiera sabía lo de la cámara hasta… hasta que mi madre la encontró. Entonces nos fuimos.

Gracias a Dios que Sabrina había hecho al menos eso.