Capítulo 13
—¿Qué tal crees que ha ido hoy con Lilly? —preguntó Julian.
La villa estaba en silencio, salvo por el rítmico golpeteo de las olas contra los acantilados.
Era tarde en Italia, casi la una de la madrugada, pero solo media tarde en California, por lo que Charlotte, Sloane y él seguían despiertos.
Se sentaron alrededor de la mesa del comedor en la terraza, donde una luz parpadeaba, atrayendo a las polillas que golpeaban débilmente el cristal.
—Es difícil de decir —susurró Charlotte.
Hablaban en voz baja. Lilly se había ido a su habitación hacía una hora, pero era posible que no se hubiera dormido y pudiera oír la conversación.
—Parece una chica encantadora.
Una ráfaga de viento casi arrancó la sombrilla que antes les había proporcionado sombra, así que Julian se levantó y la sujetó.
—Esa no fue la palabra que utilizó el abogado. —Charlotte suspiró.
—¿Qué dijo? —preguntó él.
—Que podía ser difícil, al parecer Luca también lo pensaba. Y, la verdad, da la impresión de ser un poco hosca. Pero podría ser un mecanismo de defensa, un intento de alejar a la gente antes de que puedan rechazarla.
—Está pasando por muchas cosas —observó Julian.
—Tú también —señaló Sloane a su amiga—. ¿Sabes algo de Cliff?
Habían comprado una botella de limoncello mientras paseaban por Positano.
Casi todas las tiendas, excepto las que vendían zapatos de cuero hechos a mano, cerámica de Amalfi o ropa de lino, lo vendían, junto con caramelos de limón, galletas e incluso almendras recubiertas de limón.
Sloane les había dicho que Ben le había enviado la receta de un limoncello spritz , diciendo que deberían disfrutar de un popular digestivo de Amalfi en su primera noche.
Así que compraron el licor, la soda y el prosecco que requería la receta en una pequeña tienda familiar de Praiano antes de emprender el camino que atravesaba el laberinto de casas junto al acantilado hasta su villa.
Luego esperaron a que Lilly se acostara antes de preparar las bebidas y salir a charlar.
—Me envió un mensaje para preguntarme si había visto su partido.
Sloane la miró boquiabierta. Julian sintió la misma sorpresa.
—¿Estás de broma? Ibas de camino a Italia para conocer a una hermana que ni siquiera sabías que tenías y ¿él quiere saber si viste su partido de baloncesto?
Julian sintió la tentación de lanzarle también una pequeña pulla sobre Cliff, pero se mordió la lengua. La indiferencia de Cliff tenía que doler y no quería agravar la herida.
—Han ganado a los Cavs —contestó ella sin mucho entusiasmo.
—¿A quién le importa? —Sloane puso los ojos en blanco.
Charlotte se encogió de hombros, indicando que a ella tampoco le importaba ya mucho.
—Puede ser… egocéntrico. Pero, en su defensa, hay que decir que está acostumbrado a que la gente le dé mucha importancia a su habilidad para jugar al baloncesto. En su mundo, eso es lo único que importa.
Julian se dio cuenta de que Charlotte estaba acostumbrada a recurrir a esa excusa.
Era útil, estaba siempre a mano, en la punta de la lengua.
Probablemente se había estado repitiendo lo mismo desde el día en que lo conoció, porque tenía que haber alguna justificación o le resultaría demasiado difícil ver más allá del narcisismo.
—Deberías haberle importado tú —gruñó Sloane—. Lo que estás pasando, lo que él te está haciendo pasar, debería importarle.
—Solo necesito superarlo —afirmó Charlotte.
—La ruptura todavía es reciente. —Julian espantó un mosquito que le zumbaba en la oreja—. No te preocupes, ya pasará.
— Me pregunto si seguirá saliendo con esa modelo. —Sloane levantó su copa mientras sujetaba la rodaja de limón y la hoja de menta.
—No hablemos de ella. —Julian miró a su hermana con el ceño fruncido—. Ya tenemos bastante con lo nuestro.
—Tienes razón. —Sloane dejó su copa sobre la mesa—. Lo siento, Char. Es que estoy muy enfadada con Clifford. —Pronunció su nombre completo en tono de burla.
—La conmoción y el dolor que sentí al principio se están convirtiendo en ira.
— Charlotte se echó más limoncello— . Es casi como si un día hubiera pulsado un interruptor y se hubiera convertido en otra persona, alguien que no conozco, o una versión exagerada de lo peor de sí mismo.
Cuando lo pienso, me quedo atónita, tan impactada que me siento paralizada, incapaz de moverme.
Pero tengo que seguir funcionando, tengo que seguir adelante, o toda mi vida se derrumbará.
Julian apoyó las piernas en la silla vacía que tenía al lado.
La luna parecía enorme esa noche. La forma en que se cernía sobre el agua le hizo desear poder capturarla con su lente.
Pero la fotografía nocturna requería horas de esfuerzo.
Había salido muchas veces, desde el atardecer hasta el amanecer, buscando la luz suficiente para fotografiar las rocas rojas de Moab con las estrellas llenando el cielo detrás de ellas.
Por fortuna, había conseguido una foto de la que se sentía especialmente orgulloso, algo diferente de la de todos sus competidores, que también estaban en esa zona intentando hacer lo mismo.
Las copias se vendían bastante bien en la galería.
Pero no tenía pensado hacer ninguna foto nocturna en Italia.
—Imaginemos una vida sin Cliff —propuso él—. ¿Dónde te gustaría vivir?
—¿En cuanto termine mi libro y tenga un poco de respiro, quieres decir? Hasta entonces, voy a ir sobre seguro y quedarme con mis padres.
—Si traes a Lilly a casa —susurró Sloane—, ¿la dejarán quedarse allí también?
—Sí. Mi madre casi nunca se encuentra bien, pero yo estaré allí para cuidar de las dos.
—¿Mientras escribes? —preguntó Julian.
—Hay gente que tiene que lidiar con la vida mientras trabaja. —Charlotte se encogió de hombros.
Otros autores no tenían plazos tan ajustados. No tenían toda su carrera en juego. Pero Julian no dijo nada. ¿Por qué añadir aún más presión cuando ese era el mayor problema al que se enfrentaba su amiga?
—¿Qué pasará cuando termines tu libro?
—Creo que compraré una casa con el dinero que obtenga del divorcio.
—¿En Los Ángeles? —preguntó él. Incluso las casas pequeñas de clase media en el condado de Orange, donde vivían los padres de Charlotte, costaban más de un millón de dólares. Aún tendría una hipoteca que pagar.
—O quizá en San Diego.
Esa zona no era más barata.
—Algo cerca de Los Ángeles —continuó ella—. Soy hija única. Después de todo lo que han hecho mis padres por mí, siento que debería estar cerca de ellos ahora que se están haciendo mayores.
—¿Te queda mucho dinero de tu primer libro? —preguntó Sloane—. Estuvo en las listas de los más vendidos durante mucho tiempo, ¿no?
Charlotte se inquietó ante la pregunta, y Julian se dio cuenta por su vacilación de que no le iba a gustar su respuesta.
—Todo lo que Cliff quería hacer o comprar costaba una barbaridad —se disculpó ella—. No podía contribuir por igual, así que le di todo lo que tenía.
Julian echó la cabeza hacia atrás y soltó un gruñido.
—Pensaba que estaríamos casados para siempre, Jules, como mis padres.
—Charlotte lo miró disgustada—. ¿Por qué no iba a compartir todo lo que tengo?
De todos modos, acabo de recibir un cheque por derechos de autor bastante cuantioso.
Lo ingresaron en mi cuenta y aún no lo he transferido, así que él no lo tiene.
Recibiré otro a principios de agosto. Y recibiré un pago parcial cuando entregue algunos capítulos de muestra del nuevo libro, si a mi editora le gustan lo suficiente como para aprobar la propuesta.
—Le gustarán —afirmó Sloane, pero Julian no parecía convencido y Charlotte no podía culparlo.
Él no la veía capaz de escribir nada. Había perdido toda la confianza.
Y eso le asustaba. El dinero que iba a recibir del divorcio parecía mucho, pero ni siquiera le daría para comprarse una casa, no si la pagaba en efectivo, así que, si no podía mantener su carrera, se quedaría sin blanca antes de darse cuenta. ¿Y si tenía que mantener a Lilly?
Probablemente sus padres acudirían en su ayuda, pensó Julian. Ella contaba con un gran apoyo familiar. Pero Charlotte no querría que la rescataran, no después de haber estado sola durante tanto tiempo. Eso le costaría parte de su autoestima y la deprimiría aún más.
A él no le gustaba la situación, veía que todo podía salir mal muy fácilmente.
—¿Estás nerviosa por reunirte con Luca? —preguntó Sloane, cambiando de tema.
—Más o menos —admitió Charlotte.
—¿Qué le vas a preguntar? —Sloane apartó su vaso.
—Quiero saber cómo era mi madre biológica. Qué tipo de infancia tuvo Lilly, para saber a qué problemas podría estar enfrentándose. También quiero averiguar qué sabe él sobre cualquier pariente lejano.
—Y sobre el padre de Lilly —le recordó su amiga—. No olvides preguntarle si Sabrina lo mencionó.
—No lo olvidaré. También quiero saber si puede decirme algo sobre mi propio padre.
—Mañana llevaremos a Lilly a la playa de Positano, así que no te sientas presionada. —Julian bajó las piernas de la silla.
—Gracias. —La mirada de Charlotte, al cruzarse con la de él, mostró el alivio que sentía.
—De nada.
Él quería preguntarle cuándo iba a empezar su nuevo manuscrito.
Sabía que debería hacerlo ya. Pero acababa de conocer a Lilly y tenía mucho que averiguar, sobre todo si iba a intentar ponerse en contacto con otros miembros de la familia o con el padre de la niña.
Eso significaba que el libro tendría que esperar. Pero… ¿hasta cuándo?
Sentados en la terraza, Sloane por fin comenzó a relajarse.
Estaban en Italia, contemplando las luces de la costa, un manto de estrellas en el cielo y un vasto océano negro, después de una de las mejores comidas que había probado en su vida.
Julian había puesto Bella Ciao , Volare , Con Te Partirò y otros clásicos, junto con algo de ópera italiana.
La música llegaba hasta ellos a través de las puertas abiertas de la villa mientras discutían la situación de Lilly y Charlotte.