Capítulo 9
Charlotte no había visto a Sloane desde la Navidad del año anterior.
Julian estaba en los Países Bajos en una importante sesión fotográfica, un encargo de una revista o cadena de televisión, cuando Sloane y Ben habían ido a pasar las vacaciones.
Charlotte había intentado pasar tiempo con ella esa semana, pero apenas se habían visto.
Incluso cuando se reunían, el ambiente era tenso e incómodo, sentando las bases para su desencuentro en marzo por un posible viaje de chicas.
Esa Navidad, Sloane había invitado a Charlotte y Cliff a la fiesta del barrio que organizaba su madre, pero Cliff no había querido ir, aduciendo que había jugado dos partidos de baloncesto esa semana.
En el último, le habían hecho una dura falta y lo habían tirado al suelo, provocándole rasguños y moretones.
Sin embargo, se las había arreglado para asistir a todas las fiestas de Navidad de sus amigos.
Simplemente no le interesaba lo que consideraba una larga velada en la que tendría que aguantar a gente que solo quería hablar con él porque era un deportista profesional.
Decía que lo acosarían para que les firmara camisetas o zapatillas o les diera entradas para los Lakers.
Charlotte nunca se había creído que los asistentes a la fiesta fueran a pedirle nada.
Pero sabía que estarían ansiosos por conocerlo, lo que significaba que él tendría que estar «activo» toda la noche, sonriendo, hablando y riendo con extraños a los que, para empezar, no le interesaba conocer.
Le resultaba desagradable y agotador, así que ella no le había presionado demasiado.
En cambio, le dijo que iría sola y que inventaría una excusa para él.
A Cliff le pareció bien, pero luego la llamó solo una hora después de que ella llegara, quejándose de un dolor de cabeza y pidiéndole que fuera a la farmacia a comprarle ibuprofeno.
Podría haberlo encargado a domicilio. Sabía que Charlotte estaba intentando pasar tiempo con viejos amigos.
Pero él siempre recurría a ella para sentirse mejor, sin importar lo que le pasara.
Solo quería que ella estuviera con él. Era una de esas raras noches en las que no tenía a nadie más que lo entretuviera, y odiaba estar solo.
O quizás, supuso ella, la interpretación de Sloane era la correcta y él había querido obligarla a elegir entre su amiga y él.
Para compensarla, había invitado a Sloane a almorzar con ella al día siguiente, pero Cliff anunció que ya había acordado que iría a jugar al tenis con sus amigos y él.
Le encantaba que fuera tan buena jugadora, pues había pasado mucho tiempo en el club cuando su madre era entrenadora, y le gustaba que ella lo ayudara a ganar.
Podían ganar a casi cualquier otra pareja, y le resultaba especialmente divertido si jugaban contra sus compañeros de equipo.
En un intento de complacer a todos, Charlotte había invitado a Sloane a unirse a ellos en el club, y ella había aceptado.
Pero en cuanto Sloane llegó, Cliff la ignoró por completo.
Charlotte se había sentido una vez más dividida entre los dos mientras se esforzaba por compensar el comportamiento de Cliff.
Sloane había terminado por marcharse temprano del club y, más tarde esa noche, habían tenido una acalorada conversación telefónica sobre Cliff, parte de la cual él había escuchado.
Le había dicho que su mejor amiga no tenía derecho a hablar mal de él, pero Charlotte veía que Sloane tenía razón.
No era lo que Cliff había dicho o hecho.
Era lo que no había hecho. Pero era más difícil culparlo de los pecados de omisión porque Cliff se negaba a entender por qué alguien tendría un problema con él.
—Solo intenta crear problemas —repetía Cliff una y otra vez.
Al menos ya no tendría que enfrentarse a eso, se dijo Charlotte al ver a Sloane esperándola a Julian y a ella pasada la aduana.
En cuanto Sloane los vio entre la multitud, corrió hacia ellos.
—¡Por fin!
—Siento lo del viaje de las chicas, cómo se comportó Cliff en el club de tenis en Navidad, lo que hizo cuando yo estaba en la fiesta de tu madre y todo lo demás —soltó Charlotte mientras se abrazaban.
—Olvídalo — respondió Sloane—. Te exigió mucho más de lo que debería.
Ella se había casado deslumbrada y esperanzada. Él la había conquistado, le había mostrado solo su mejor lado… hasta después de la boda.
—Tienes suerte de tener a alguien como Ben, es muy considerado. ¡No puedo creer que no le importara que vinieras a Italia durante todo un mes!
Sloane empezó a decir algo, pero se detuvo.
—¿Qué pasa? —preguntó Charlotte.
—Nada. Me alegro de que él también estuviera de acuerdo —contestó antes de abrazar a su hermano—. ¿Qué pasa contigo? —le preguntó—. ¿Cómo es posible que un fotógrafo tan solicitado y aclamado internacionalmente se tome un mes libre para pasar tiempo con su humilde hermana y su mejor amiga?
— Supongo que por fin tengo claras mis prioridades. —Julian sonrió, mostrando sus perfectos dientes blancos.
—Esos brackets que llevabas en el instituto te han venido muy bien —observó Charlotte, fijándose en lo cautivadora que se había vuelto su sonrisa.
—Por aquel entonces no tenía mucho que ofrecer —rio él.
—Siempre has tenido esos ojos —soltó ella antes de poder contenerse, e inmediatamente deseó poder retirar lo dicho. No solía hacerle cumplidos de ese tipo, así que cuando él la miró sorprendido, sintió que se le incendiaba el rostro.
—Me halagas — contestó él con una sonrisa irónica.
—Quizás encuentre a una hermosa mujer italiana y se enamore mientras estamos aquí. —Sloane no pareció darse cuenta de lo incómodo que se había vuelto el momento. Afortunadamente.
—Quizás —murmuró Charlotte, fingiendo estar ocupada recogiendo sus pertenencias.
Tenía su equipaje en las manos cuando Julian insistió en que cambiara su gran maleta por la de él.
La de ella tenía una rueda torcida que dificultaba su desplazamiento, lo cual no debería ser así teniendo en cuenta lo que había costado.
La de él, con todos los kilómetros que había recorrido, parecía haber pasado por un infierno y, sin embargo, funcionaba perfectamente.
—¿Dónde está la taquilla de la que nos habías hablado? —preguntó Julian.
—Por aquí. —Sloane les indicó con un gesto que la siguieran—. ¿No vas a responder a mi comentario sobre las mujeres italianas? — bromeó su hermana mientras se ponían en marcha.
—Lo único que busco es comida. —Julian la miró de reojo—. Vámonos de aquí.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Sloane.
—¿Por conocer a mi media hermana? Un poco —respondió Charlotte mientras compartían una pizza que estaba tan buena como habían dicho. Habían pedido la diavola , similar a la pepperoni pero hecha con salami picante, lo que le daba aún más sabor.
—Ella también debe de estar nerviosa —señaló Julian mientras daba un sorbo al cabernet sauvignon que habían pedido para acompañar su primera comida italiana.
Charlotte no les había hablado de la advertencia de Heidelman: que Lilly podría ser problemática.
Ella entendía por qué el hombre sentía la necesidad de prepararla y, sin embargo, casi deseaba que no hubiera dicho nada.
Necesitaba abordar la situación con la mente abierta.
De lo contrario, temía que se permitiría usar eso como excusa para volver a casa sin su hermana, cuando en realidad solo estaba aterrorizada por la responsabilidad.
—¿Cómo no va a estar nerviosa? No puedo imaginarme tener doce años y perder a mi único cuidador.
—Me pregunto si sabía que existías antes de que Sabrina muriera, o si tener una hermana también fue una sorpresa para ella —meditó Sloane.
Charlotte removió el poco vino que le quedaba en la copa mientras reflexionaba sobre la pregunta.
—No lo sé. Heidelman no compartió mucha información. Solo me dio los datos logísticos para contactar con Luca Versetti y poder reunirnos.
—¿Puede Heidelman decirnos dónde podría estar su padre? —preguntó Julian.
—Nadie sabe siquiera quién es — respondió Charlotte.
—Quizá deberíamos contratar a un investigador privado —sugirió Sloane—. Si lo encontramos, puede que quiera formar parte de su vida.
Charlotte no creía que las posibilidades de localizarlo fueran muy altas.
—Heidelman contrató a un investigador privado para encontrarme a mí —les informó—. Seguro que también intentó encontrar al padre de Lilly. Quizá no tenía suficiente información. O está en la cárcel.
—O muerto —añadió Sloane— . ¿Dónde vivía Sabrina antes de venir a Italia?
Julian le había hecho muchas de esas mismas preguntas en el avión. El problema era que Charlotte no tenía las respuestas.
—Me encantaría saberlo todo, pero tengo muy poca información.
La camarera se acercó para retirar los platos vacíos y preguntarles si querían algo más. Sloane contestó inmediatamente que no, pero Charlotte había visto tiramisú en el menú y pidió uno de postre, y Julian hizo lo mismo.
—¡Vaya!, normalmente no te gustan los dulces —le señaló Sloane a su hermano—. ¿Qué ha pasado con tu obsesión por la salud?
—Comamos, bebamos y seamos felices… —dijo él, encogiéndose de hombros.
—¿Porque mañana moriremos? —bromeó ella, completando la referencia bíblica—. Espero que no.
— Nunca se sabe. —Julian levantó su copa de vino hacia ella, como si fuera a brindar—. En cualquier caso, estamos de vacaciones, así que es hora de relajarse.
—Brindo por eso. —Sloane chocó su copa contra la de él antes de volverse hacia Charlotte—. Hay muchas ramificaciones en lo que has descubierto.
—Como… —Charlotte no estaba segura de a qué se refería exactamente.
—¡Podrías tener más hermanos! Ponerte en contacto con Lilly podría abrir muchas… cuestiones.
—No empieces a señalar todas las posibilidades. — Charlotte le hizo un gesto con la mano para que se callara—. Primero déjame adaptarme a lo que me estoy enfrentando ahora.
—No te habrás registrado en una de esas páginas web de genealogía, ¿verdad? —Sloane frunció el ceño.