Noches estrelladas en el Café literario Bella Vista (Amor en Italia 5) Capítulo 21
70%

Capítulo 21

—No está tan lejos… —dijo Bianca con timidez mientras desayunaba con Constanza a la mañana siguiente.

—¿Qué no está tan lejos? —preguntó Constanza sin levantar la vista del libro.

—El trayecto desde la librería hasta el molino y luego hasta el jardín.

Al oír aquello, Constanza sí dejó el libro a un lado. —No, no lo está. No con unas piernas jóvenes como las tuyas. —Sonrió.

—Dijiste que organizabas lecturas a la luz de la luna…

—Sí. La próxima luna llena es…

—… el domingo. Lo sé. Y… estás planeando una lectura, ¿verdad?

—En la librería, sí.

—Se me había ocurrido que…

—¿Sí?

Bianca se aclaró la garganta. —Bueno, la librería es muy pequeña. Es muy acogedora, pero no cabe mucha gente, y eso limita las posibilidades.

Constanza sonrió con cariño. —Tampoco es que la gente eche la puerta abajo, cara . Son lecturas pequeñas para los niños, para mis clientes habituales.

—Pero podrían ser mucho más —soltó Bianca.

—¿Ah, sí? ¿Cómo?

—Bueno, es verano…

Constanza arqueó las cejas. —Sí, soy consciente de ello.

Bianca volvió a aclararse la garganta, cogió el cuaderno que había llevado consigo y lo abrió con vacilación. —Podrías celebrar las lecturas al aire libre. Bajo las estrellas. Para que la gente pueda… bueno… ver de verdad la luna llena.

Constanza miró primero a Bianca y luego el cuaderno. —¿Qué son esas notas?

—Relatos que se me han ocurrido. Quiero decir… —añadió apresuradamente—, seguro que ya has elegido algunos maravillosos. Es solo que se me pasó por la cabeza y…

—Déjame ver.

Bianca vaciló un instante y luego deslizó el cuaderno hacia Constanza.

Esta lo cogió y empezó a leer. Reinaba el silencio.

Un silencio absoluto. Bianca se ponía más nerviosa con cada segundo que pasaba.

La opinión de la anciana le importaba. Ya le importaba demasiado.

No podía seguir fingiendo ante sí misma que aquello no era más que unas vacaciones, una breve escapada.

Habían pasado demasiadas cosas para eso. Sentía demasiado por… todo.

Pensó en la noche anterior y notó que el rubor de la vergüenza le subía al rostro al darse cuenta de que estaba sentada allí, a la mesa del desayuno, con la nonna de Amadeo.

Aún le parecía un sueño. La cálida noche de verano, las luces titilantes, el canto de los grillos a su alrededor, la piel de Amadeo contra la suya…

—Ya veo —dijo Constanza de pronto, sobresaltando a Bianca. Esta cogió su taza de café y ocultó tras ella su rostro, sin duda sonrojado. —Las monedas de las estrellas. De los hermanos Grimm. También estaba en mi lista.

—Me pareció muy… apropiado.

—Sí. ¿Y un cuento de Las mil y una noches?

—El mercader y el genio —respondió Bianca, nombrando el relato contado durante las tres primeras noches—. Para el final. Es… misterioso y hermoso.

—El siguiente no es un cuento infantil, ¿verdad?

—No, es un poema. Es adecuado tanto para adultos como para niños. De Matthias Claudius. Tiene… una atmósfera muy evocadora.

Constanza asintió y luego la observó con atención. —¿Tres relatos?

—Tres relatos en tres lugares. Caminamos de uno al siguiente. Un paseo a la luz de la luna.

—¿Y puedes organizar todo eso con tan poco tiempo?

—¿Qué? No. Quiero decir… Solo era una idea.

—Es una idea preciosa. Pero no puedo organizarla yo sola. No sé nada de marketing ni de todas esas cosas modernas de internet, y supongo que eso era lo que tenías en mente, ¿no? ¿Conseguir que más gente se interese por las lecturas?

—Eh… Bueno…

—Estaría encantada —dijo Constanza.

—¿De verdad?

La anciana asintió con entusiasmo. —Por supuesto.

No puedo hacer algo así sola y, desde luego, tampoco puedo dar un paseo a la luz de la luna.

Por desgracia. Esos tiempos ya han quedado atrás.

Pero me parece una idea maravillosa y me encanta cómo estás convirtiendo todo esto en… ¿cómo lo llamáis? ¿Algo interactivo?

Bianca se echó a reír. —Algo así, supongo.

—Creo que podría ser todo un éxito. Pero no tenemos mucho tiempo. Y me temo que no podré ayudarte demasiado. Puede que no te hayas dado cuenta, pero ya no soy tan joven como antes.

Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Bianca. —¿Sabes qué? La verdad es que no me había dado cuenta.