Capítulo 20
—Bianca tiene algunas ideas —dijo Amadeo mientras los tres cenaban con Constanza la noche siguiente.
Bianca, que estaba a punto de dar buena cuenta de una segunda ración de la deliciosa pasta amatriciana de Constanza, levantó la cabeza de golpe. —¿Qué? —dijo.
—¿Qué ideas? —preguntó Constanza al mismo tiempo.
—Para la librería y el molino y... —Se interrumpió y señaló a Bianca con la cabeza.
—Eh, no, qué va. Solo lo comenté de pasada... —balbuceó Bianca.
Constanza la miró con interés. —Ayer estuviste en el jardín de Amadeo, ¿verdad?
—Sí.
—Es por ese lugar —dijo Constanza con un asentimiento cómplice.
—¿Qué quieres decir?
—Allí te vienen ideas. Inspiración, podríamos llamarlo. ¿Quizá incluso una especie de revelación? —Los ojos de Constanza chispearon divertidos.
¿Inspiración?
Bianca se apresuró a negar con la cabeza. —No, solo fue porque me pareció que el jardín era demasiado hermoso para estar allí solo y abandonado. Igual que el viejo molino. Es una lástima, nada más. Como tú misma dijiste...
—¿Sí? —la animó Constanza.
—Es una lástima dejar que lugares así se echen a perder. Yo no... No pensé nada más que eso.
—¿Por qué no me cuentas cuáles son tus ideas?
—No, yo... No me corresponde a mí. Lo creía de verdad. Constanza poseía un aura que hacía que la gente se sintiera humilde casi de forma automática, aunque la anciana no hacía nada para fomentarlo y, desde luego, no pretendía causar aquel efecto.
—Ay, cara , por favor. Veo cómo cobras vida en la librería, cómo aconsejas a los clientes, cómo te haces cargo del lugar como si nada. Tomaste notas sobre los libros que te di para que los leyeras. Pareces muy feliz aquí. Pareces alguien que... —Constanza se interrumpió y la observó pensativa.
—¿Sí? —preguntó Bianca con timidez.
Con un movimiento decidido, Constanza apartó el plato, se inclinó un poco hacia delante y estudió a Bianca con atención. —¿Sabes cuántas ofertas he recibido ya por mi librería? ¿Cuántas propuestas me han presentado?
—Mmm... No.
Si Bianca era sincera, lo que más temía era que librerías como la de Constanza fueran desapareciendo poco a poco. Sin Constanza, la librería no sería la misma. El alma del establecimiento desaparecería. Y, con ella, la propia librería.
—Innumerables. Pero ninguna me ha convencido jamás.
A menudo, lo único que querían era utilizar el nombre, ¿sabes?
La marca. No quiero vender lo más profundo de mí solo porque alguien me ofrezca dinero por ello.
Y así es como lo sentiría. Volvió a recostarse, desviando la mirada hacia su bastón.
—Pero mis fuerzas se van agotando poco a poco.
— Nonna ... —dijo Amadeo, alargando la mano para tomar la suya.
—No pasa nada, Amadeo. Tiene que ser así. Es ley de vida. Mis fuerzas se agotan y no tengo a nadie que... Dejó la frase inacabada. Su mirada pensativa se posó en Bianca.
Bianca se apresuró a negar con la cabeza. —No podría... No puedo. Tengo trabajo.
—¿Lo tienes? —preguntó Constanza.
—No uno que la haga feliz —intervino Amadeo.
—Tú tampoco —replicó Constanza antes de que Bianca pudiera decir nada. Después volvió a mirar a Bianca. —Solo quería oír tus ideas, cara. Nada más. Quizá me sirvan a mí de inspiración. Todavía me queda bastante vida por delante.
Después de cenar, Bianca y Amadeo pasearon por los caminos que había detrás de la casa de Constanza.
La noche estaba despejada y, cuanto más se alejaban del centro del pueblo, con mayor intensidad titilaban las estrellas sobre sus cabezas.
Amadeo la llevaba de la mano, y Bianca saboreaba la sensación de seguridad que le proporcionaba su contacto.
Atravesaron los campos y, al cabo de unos veinte minutos, Bianca descubrió con sorpresa que habían llegado al jardín de Amadeo. —No está muy lejos —dijo—. Desde casa de Constanza hasta aquí.
—No, siempre y cuando no des un rodeo en coche. Sacó las llaves y abrió una verja de hierro encajada en la parte trasera del muro del jardín. Esta vez entraron por el otro lado.
A Bianca le dio un vuelco el corazón al contemplar el jardín envuelto en el aterciopelado silencio de la noche.
Amadeo había colocado luces solares de distintos colores entre los parterres.
De los árboles colgaban guirnaldas luminosas.
Todo centelleaba: delante de ella, a su lado y sobre su cabeza.
Era tan hermoso que la dejó sin aliento.
—Este lugar... —dijo en voz baja.
—¿Qué le pasa?
Bianca avanzó unos pasos por el jardín y luego se dirigió al pabellón.
Bajo su cúpula redondeada, una planta trepadora de flores rosa pálido ascendía enroscándose, entrelazada con una pequeña guirnalda de luces que Amadeo había tejido entre sus ramas para que titilaran como estrellas.
Bianca se detuvo debajo y alzó la mirada. Amadeo la siguió.
Ella lo miró. —No sé qué hacer —dijo en voz baja.
—No entiendo qué quieres decir.
Alzó los hombros y luego volvió a dejarlos caer.
—Tengo una vida en casa. Durante todo este tiempo no he dejado de repetirme: «Tengo que volver a enfrentarme a la realidad de una vez.
Tengo que regresar. Tengo que...». Se interrumpió y negó con la cabeza.
—Y entonces aquí estoy. En una maldita escena de... Robin Hood.
Amadeo arqueó las cejas. —Me temo que me he perdido —dijo entre risas.
Ella sonrió. —¿La escena de la antigua película de Disney?
Robin y Marian pasean por el bosque encantado.
Todo brilla y centellea mientras suena esa canción maravillosa.
Luego están la cascada y la flor que él le coloca en el dedo.
La luciérnaga que hace de joya. Levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
—Esto no es real —dijo mientras se le formaba un nudo en la garganta—.
Es un cuento de hadas. No es la realidad. Es un jardín encantado.
Él le tomó la mano. —A veces los cuentos de hadas se hacen realidad, Belle.
Ella soltó una breve carcajada y después negó con la cabeza, incrédula. —Sofia también dijo algo parecido —murmuró.
Él la atrajo hacia sí. —Ya somos dos contra una. Déjate llevar. Deja de pensar.
Ella suspiró. —La última vez que intenté dejar de pensar, acepté una propuesta de matrimonio que nunca debería haber aceptado y organicé una boda que ni siquiera quería. ¿Y adónde me llevó eso?
—Aquí —dijo él con una sonrisa. La rodeó con los brazos. —A mí. A Constanza. ¿Recuerdas lo que dije cuando hablamos por primera vez?
Ella no pudo evitar sonreír de oreja a oreja. —Cantaste.
Él soltó una breve carcajada. —Sí, pero no me refería a eso.
—¿A qué, entonces?
—Es la chica a la que hemos estado esperando todo este tiempo. Ha venido a romper el hechizo.
Ella tragó saliva, sin saber qué responder. Contempló aquellos hermosos ojos que parecían mirar directamente en su alma, sintió los latidos de su corazón contra el pecho, el calor de su piel contra la suya, y perdió toda noción del tiempo y del espacio.
—Ves demasiado en mí —susurró justo cuando los labios de él se unieron a los suyos.
Él la besó brevemente, se apartó y susurró: —Creo que es justo al revés.
Y, antes de que ella pudiera responder, Amadeo la estrechó contra sí, se dejó caer despacio al suelo con ella y la colmó de besos bajo el cielo estrellado.