Capítulo 6
Bianca invitó a entrar a su amiga. Sofia dio una vuelta sobre sí misma y soltó un silbido. —Qué sitio tan bonito.
—Sí, lo es. —Bianca negó con la cabeza—. No entiendo nada de esto. ¿Tú estás...? Quiero decir, ¿qué haces aquí? No es que no me alegre muchísimo de verte, pero... —Miró el reloj—. ¿Ha pasado algo?
Una vez más, Sofia sostuvo la invitación de boda delante de su rostro. —Me llegó por correo, así que subí al coche y me puse en camino.
—Pero... ¿por qué?
—Porque... —Sofia se interrumpió. Parecía nerviosa.
Eso, a su vez, puso nerviosa a Bianca. —Primero siéntate —dijo, señalando la cama—. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
—Unos días. No he podido conseguir muchos días libres.
—¿Tienes habitación?
—Había pensado dormir aquí contigo. Mi mochila está en el coche.
—Sofia se dejó caer en la cama. Su figura menuda y curvilínea estaba enfundada en un vestido veraniego de flores hasta los pies que combinaba casi a la perfección no solo con sus brillantes ojos azules, sino también con la decoración de la habitación.
Bianca se rio. —Parece que te hayas arreglado para una sesión de fotos.
Sofia se encogió de hombros. —Salí directamente después del trabajo y, cuando llegué a casa, encontré tu invitación de boda en el buzón. —Miró a Bianca con expectación.
Bianca suspiró. —No puede haberte sorprendido tanto, ¿no? Te hablé de la oferta de trabajo de Benedetto y de que estábamos planteándonos... —Sofia hizo un gesto desdeñoso y Bianca se detuvo a mitad de la frase.
—Ponme al día —dijo Sofia—. ¿Qué pasó?
—Benedetto recibió aquella oferta de trabajo.
—Sí, ya lo sé.
—Y estábamos pensando en adelantar la boda.
—Sí, eso también lo sé. Pero no habíais decidido nada. Dijiste...
Esta vez fue Bianca quien silenció a Sofia con un gesto impaciente. —Sé lo que dije. Pero Benedetto... Quiero decir, tenía que aceptar. Muy deprisa. Todo se concretó muy rápido.
—¿Así, sin más? —Sofia tenía la misma expresión que la tía Flora cuando se había enterado de todo.
Bianca se levantó, abrió la puerta de la terraza y contempló la piscina iluminada. —No, no fue así, sin más. Por supuesto que hablamos del tema.
No, no hablamos.
—Ya.
Bianca ignoró el tono de Sofia y se volvió.
—Soy feliz —insistió—. Con él.
—Lo sé —dijo Sofia—. La mayor parte del tiempo.
—Con la mayor parte del tiempo basta.
—Jane Austen, las hermanas Brontë y toda la corporación Disney no estarían de acuerdo.
Bianca le lanzó a Sofia una mirada de advertencia. —El mundo no es una novela romántica, Sofia.
—Puede serlo.
Bianca respiró hondo. Conocía de sobra la visión romántica e idealista de su mejor amiga. Sofia estaba perpetuamente soltera, algo que, a juicio de Bianca, se debía a que sus fantasías eran incompatibles con la realidad.
Los cuentos de hadas no existen.
Pero no quería discutir sobre aquello en ese momento. En realidad, no quería discutirlo nunca. —¿Podemos aceptar de momento que soy feliz, que tengo muchas ganas de que llegue la boda y que me alegro muchísimo de que hayas venido? Porque te he echado de menos.
Sofia sonrió con cautela. —¿Sabes una cosa? Yo también te he echado de menos. —Se levantó, se acercó a Bianca y la abrazó. Después la soltó, dio un paso atrás y la estudió con atención—. Entonces... ¿estás segura? —preguntó.
Bianca asintió.
—De acuerdo. Entonces... —Una sombra cruzó fugazmente el rostro de Sofia. Pero antes de que Bianca pudiera preguntarse qué pasaba por la cabeza de su mejor amiga, Sofia sonrió y asintió con decisión—. Entonces deberíamos brindar.
A la mañana siguiente, las dos estaban sentadas en la terraza disfrutando del café del desayuno y de los cornetti de Giampaolo.
La tensión que Sofia había mostrado a su llegada parecía haberse evaporado durante la copa de bienvenida de medianoche, y poco después se habían ido a la cama.
Sin embargo, ahora Sofia volvía a tener el aspecto de estar preocupada por algo.
—Puedes decirme en qué estás pensando —dijo entonces Bianca.
—¿Mmm? —murmuró Sofia con la boca llena, contemplando extasiada su cornetto —. Están absolutamente increíbles —dijo después de tragar.
—Sí, lo están. Dijiste que teníamos que hablar.
—Y tú dijiste que no querías hablar.
—Yo no dije eso.
—Sí lo dijiste. Sutilmente. Y supongo que yo... Quiero decir, tú sabes qué es lo mejor para ti. Y...
—Limítate a decirme por qué lo dejaste todo y viniste corriendo a verme cuando te enteraste de lo de la boda.
Sofia dejó en el plato el cornetto a medio comer, se recostó y miró pensativa a Bianca.
—De acuerdo. No hace mucho dijiste que aún estabas planteándote qué hacer a continuación.
—Sofia clavó sus grandes ojos azules en Bianca.
Tenía las mejillas regordetas y un rostro muy aniñado.
Aunque tenía la misma edad que Bianca, parecía varios años más joven.
Una expresión severa no le sentaba bien y le daba un aspecto más cómico que preocupado—.
Dijiste que todo estaba sucediendo demasiado deprisa.
Y, de pronto, llega una invitación de boda por correo.
Sinceramente, dime qué se supone que debo pensar.
—La última vez que nos vimos fue en un bar y las dos habíamos tomado varias rondas de cócteles.
—Los borrachos siempre dicen la verdad. Dijiste que no estabas segura. ¿Y qué te dije yo?
—«Bien».
—Exacto.
—Pero ahora sí estoy segura.
—¿Y eso por qué?
—Yo... —Bianca no sabía qué decir. Sabía que Sofia solo estaba preocupada.
Porque era cierto: en el pasado había dicho algunas cosas sobre su relación que, como mínimo, podían considerarse cuestionables.
Cosas que no habría podido confiarle a nadie salvo a Sofia.
Se conocían desde la guardería; eran como hermanas.
Y, en medio de todo el frenesí entre el anuncio de Benedetto de que se iba a Nueva York, el empeño de sus padres por organizar la boda perfecta y su propio deseo de contárselo a su tía en persona, no había quedado tiempo para hablar con Sofia.
Le había enviado un breve mensaje y, poco después, había llegado la invitación.
Y ahora Sofia estaba allí sentada, queriendo saber qué ocurría.
A veces ni siquiera Bianca estaba del todo segura, sobre todo cuando las personas que la querían le ponían un espejo delante.
Bianca suspiró y negó con la cabeza. ¿Qué se suponía que debía explicar?
No quería pensar en ello allí y en ese momento, cuando estaba tratando de hacer realidad una boda que reflejara de verdad sus propios deseos.
Sofia guardó silencio unos instantes y después hizo un gesto impaciente.
—De acuerdo, desde el principio. Primero dudas de tu relación y luego, de la noche a la mañana, dejas a un lado todas tus dudas y organizas una boda en un tiempo récord.
Solo quiero asegurarme de que yo... ya sabes.
De que lo entiendo todo bien. Y la otra noche, en el bar, todo sonaba completamente distinto.
Tus palabras exactas fueron: «Probablemente tendremos que casarnos antes».
Y acto seguido: «Dime que estoy cometiendo un error, Sofia».
—Estaba borracha.
Sofia suspiró. Miró a Bianca con preocupación. —¿De verdad quieres a Benedetto?
—¡Sí! Es un hombre maravilloso.
—De acuerdo. Pero...
—Nunca te ha caído bien.
Sofia frunció el ceño. —Ese no es el problema. Además, no es verdad. Solo me parecía muy... reservado. Y no parece tu tipo.
—No tengo un tipo.
Sofia no respondió. Su mirada se perdió en la distancia. Bianca se daba cuenta de que algo bullía en su interior, pero no sabía qué. ¿Estaba enfadada porque Bianca no había confiado en ella desde el principio? ¿Porque estaba organizando la boda con otras personas y sin contar con ella?
Era muy posible.
—¿No podrías quedarte un poco más al final? —preguntó Bianca en tono conciliador—. ¿Y ayudarnos con los preparativos? Además, se da por hecho que serás mi dama de honor, ¿no? Quiero decir, no sabía que siquiera hiciera falta decirlo...
Sofia la miró. Una sonrisa empezó a dibujarse en sus labios, pero se desvaneció a mitad de camino. Sofia se aclaró la garganta. —Sí, no. Quiero decir, sí, por supuesto. Bianca, escucha, yo...
—¡ Cara!
Bianca se volvió y vio acercarse a Flora y Giampaolo. Giampaolo tomó primero la mano de una y luego la de la otra y rozó cada una con un beso. Sofia soltó una risita. —Nunca me habían saludado así.
—Lo considero un escándalo, signorina .
—Yo también —respondió Sofia.
Giampaolo se dejó caer en uno de los sillones con un gemido. —Hace demasiado calor. Emmi me ha echado de la cocina.
—Y ha hecho muy bien —dijo Flora, sentándose a su lado—. Tienes que tomarte las cosas con un poco más de calma. Ya no tienes sesenta años.
—Muy cierto.
—¿Te traigo un vaso de agua? —preguntó Bianca.
—No, gracias.
—Trabajas demasiado.
Giampaolo le lanzó una mirada de advertencia. —Hablas como Emmi. Y como Flora.
La tía Flora suspiró.
—Estoy segura de que Emilia y mi tía solo quieren lo mejor para ti, Giampaolo —se apresuró a decir Bianca—. Preocuparse por alguien es una muestra de amor.
Giampaolo soltó un «hum» y apartó la mirada de forma ostensible.
—Bianca me ha dicho que eres el jefe de cocina. Así que supongo que has preparado estos cornetti de categoría mundial, ¿no? —preguntó Sofia.
Giampaolo volvió a mirarlas. Una sonrisa orgullosa apareció en sus labios y asintió.
—Creo que nunca había probado unos tan buenos —continuó Sofia—. ¡Algún día deberías cocinar para los Donzeppi! Sus celebraciones siempre son espléndidas, te lo aseguro. Pero Flora ya te habrá hablado de ellas, ¿no?
La tía Flora se encogió de hombros y Giampaolo le lanzó una mirada interrogante.
—Siempre eres tan modesta... —dijo Sofia, negando con la cabeza—.
¿Recuerdas la fiesta de verano de tu empresa de hace dos años, la del aniversario?
¿En pleno agosto? —Miró a Bianca —. ¿Cuando tu padre contrató a aquel prestigioso chef de Roma para que se encargara del cátering?
Y un viejo amigo de tu tío intentó empezar a cantarle «Cumpleaños feliz» a Flora, y ella lo silenció con una sola mirada.
—Sofia se echó a reír. Flora la observó con los ojos entornados y le dedicó precisamente aquella mirada.
Sofia enmudeció de inmediato. Bianca se aclaró la garganta y entonces su mirada se posó en Giampaolo. Se le había ido todo el color de la cara. —¿Se acerca tu cumpleaños? —preguntó con voz ronca.
—No —respondió Flora.
—Pero esa signorina de ahí acaba de decir agosto y...
—No, no lo he dicho.
Sofia miró con inquietud a Flora, después a Giampaolo y por último a Bianca. —¿He dicho algo que no debía?
—No —dijo Bianca.
Flora hizo un gesto para quitarle importancia al asunto y volvió a apartar la mirada.
Giampaolo se inclinó más sobre la mesa. —¿Se acerca su cumpleaños? —le susurró a Bianca.
—¡Te oigo, Gianni! —exclamó Flora.
—Pero...
Ella se inclinó hacia delante y golpeó con énfasis la mesa con los nudillos. —Nada de cumpleaños. Basta. Aquí estamos celebrando una boda. La boda de mi sobrina favorita. Es como una hija para mí. No quiero oír ni una palabra más sobre ningún otro asunto. ¿Bianca?
—¿Sí?
—Tráele un vaso de agua al pobre hombre. Parece bastante alterado.