Capítulo 5 #2
Letizia se levantó de un salto y le tendió la mano a Bianca.
La coronilla apenas le llegaba al hombro.
Sus ojos centelleaban alegres y tenía las redondas mejillas encendidas.
—Me alegro muchísimo de conocerla por fin.
Flora nos ha hablado mucho de usted. ¿De verdad está pensando en celebrar aquí su boda?
Parloteaba con tanta alegría que Bianca se contagió de su entusiasmo.
Bianca asintió y se sentó mientras Letizia llamaba con un gesto a un camarero.
— Uno Spritz, per favore. Ah, y tráigale también a nuestra novia dos Cornetti.
Volvió a mirar a Bianca. —He visto que Giampaolo estaba horneando hoy.
Los Cornetti son para el desayuno de mañana, pero no pasa nada por probarlos hoy.
Son tan esponjosos que me vuelven loca. No quiere darme la receta. Letizia miró expectante a Flora.
—Yo soy Suiza —dijo la tía de Bianca, levantando las manos a la defensiva.
—Pregúntaselo.
—No.
—Por favor.
—Letizia, querida, tus recetas son maravillosas. Tienes que dejar de atormentar a Gianni.
—¿Y quién se supone que continuará su labor cuando ya no esté...? Ya sabes. Letizia apretó los labios a toda prisa y dirigió a Bianca una mirada de disculpa.
La tía Flora le quitó importancia con un gesto y dio un sorbo a su Aperol Spritz.
—No le haga caso —dijo Lorella, la hermana de Letizia—. Háblenos mejor de su prometido. ¿Cómo es? ¿Vendrá pronto? Nos encantaría conocerlo.
—Es... maravilloso. Estupendo. Encantador y culto. Muy interesante. Ahora está en Florencia por negocios, pero debería venir unos días, como muy tarde, la semana que viene.
—¡Qué emocionante! —dijo Letizia, sonriéndole a Bianca. Después volvió a mirar a la tía Flora—. ¡Pregúntaselo!
Flora negó con la cabeza y se ocultó detrás de una revista de bodas.
Bianca se rio. —¿Vosotras también sois cocineras? —preguntó, volviéndose hacia Letizia y Lorella.
—Mi hermana y su marido tienen una Osteria en la Piazza de Camaiore. Letizia es la mejor cocinera del mundo, pero, por algún motivo, eso no le basta y, desde hace unas semanas, se le ha metido en la cabeza acosar a un pobre anciano.
—¡No estoy acosando a nadie! —replicó Letizia, indignada—. Solo le he pedido a Giampaolo que escriba sus recetas. Desde que tropezó... Se interrumpió y dirigió esta vez a la tía Flora una mirada de disculpa. —Solo estoy preocupada.
Flora le tomó la mano y se la palmeó con cariño. —Es muy amable por tu parte, cara. Pero ya está bien. Está sano y en plena forma. Aquel día llovía y resbaló en el jardín. No te preocupes por él.
Letizia suspiró y luego hizo un gesto con la cabeza en dirección a Bianca. —Ahí vienen. Ya verás a qué me refiero.
Bianca se volvió y vio al camarero acercarse con una bandeja de plata.
Cogió su copa y brindó con las demás. Luego dio un sorbo y cerró los ojos de placer.
Solo entonces reparó en el silencio que se había hecho a su alrededor.
Al levantar la vista, se encontró a las tres mujeres mirándola expectantes.
—¡Ah! Los cornetti . Voy a probar uno ahora mismo.
Por segunda vez desde su llegada, tuvo la impresión de que degustar un plato era una especie de ritual sagrado y de que podía atraer sobre sí las plagas bíblicas si no reaccionaba como era debido.
—Mmm —murmuró, limpiándose con el índice el azúcar glas de las comisuras de los labios.
Cubría el cornetto relleno de mermelada—.
Está riquísimo. Muy tierno. Y... sabroso.
Ya empezaba a quedarse sin adjetivos, así que dio un buen mordisco al cornetto y alargó la mano hacia una de las revistas de bodas desperdigadas por la mesa.
La hojeó sin prestar atención hasta que terminó de tragar.
Antes de verse obligada a emitir más juicios sobre productos de repostería, dio unos golpecitos sobre la revista.
—Bueeeno... ¿cuál es exactamente el plan?
—Solo hemos estado mirando para inspirarnos —dijo la tía Flora—. Y... quería presumir un poco.
Bianca la miró con expresión interrogante. Flora le entregó la revista que sostenía, la abrió por una página concreta y dio unas palmadas, emocionada. —¡Mira eso!
Bianca se inclinó sobre la revista. —Arreglos florales —dijo. Levantó la cabeza y miró a Flora, inquisitiva—. Muy bonitos.
—¡Lee el nombre!
Bianca obedeció. —Casa della Flora. Propietaria: Lorella... ¡Ah! —Miró a Lorella—. ¿Tú eres la diseñadora?
—Sí —respondió Lorella con orgullo—. Nuestra tiendecita está en una calle lateral que sale de la Piazza , muy cerca de la Osteria de mi hermana. Nunca habría podido abrirla sin la ayuda de tu tía, así que le puse su nombre.
Bianca miró a Flora, que restó importancia al asunto con modestia. —Ya te dije que tenía algunos pequeños negocios por aquí...
—Es copropietaria, así que el negocio no es tan pequeño —dijo Lorella entre risas.
—Una copropietaria silenciosa .
—Tú... nunca mencionaste eso —dijo Bianca, imaginando con toda claridad la expresión de absoluta incredulidad que pondría su padre.
—Por un buen motivo. —La tía Flora lanzó a Bianca una mirada de advertencia.
Letizia y Lorella miraron de una a otra, desconcertadas. Flora empezó a explicarse. —A mi cuñado no le gusta que invierta en arte, aunque llevo años haciéndolo. Es mi afición. Por lo visto, mi familia todavía no lo entiende.
—¡Eh! —protestó Bianca.
—Excepto tú, bambina.
—Es tu dinero. Haz con él lo que quieras —dijo Bianca.
Siempre había admirado a la tía Flora por seguir sus propios instintos y nada más.
Aunque siempre había desempeñado su papel en el negocio familiar, también se había dedicado a sus propios proyectos.
Aquello había provocado alguna que otra discusión con su marido, pero Bianca sospechaba que su tío se había enamorado precisamente de aquel carácter obstinado de Flora—.
Además, esto no es un simple proyecto de aficionada.
¡Quiero decir que habéis salido en una revista de bodas! ¡Es absolutamente fantástico!
Lorella esbozó una enorme sonrisa. —Lo es. No te imaginas lo feliz que me hace. También estuvimos en la feria internacional de bodas. Y eso dio pie a una campaña en Instagram que más o menos cobró vida propia. En temporada alta, la gente hace cola delante de la tienda. ¿Te lo imaginas?
Bianca sonrió y volvió a contemplar los preciosos arreglos florales. —¿Sinceramente? Sí.
La tía Flora suspiró, feliz. —Me alegro de que te gusten, cara.
—¡Pero, por supuesto, no tienes por qué escogernos a nosotras! —se apresuró a decir Lorella—. Letizia lo conoce todo y a todo el mundo por aquí. Si necesitas contactos... Quiero decir... —Lorella se interrumpió—. Eso si siquiera quieres casarte aquí. Ay, madre, te estamos agobiando, ¿verdad?
Bianca se echó a reír. —¡En absoluto! Estoy abrumada, eso es todo. Aquí todo es tan... —No encontró la palabra adecuada para terminar la frase, así que la dejó en el aire y se encogió de hombros a modo de disculpa—. Aquí me siento como en casa.
Las tres asintieron con entusiasmo. Bianca se recostó, cogió su copa y la alzó hacia ellas. —Entonces supongo que no me queda otra opción, ¿no?
Las otras tres también levantaron sus tazas. —¡Planeemos una boda!
Después de un largo aperitivo y otra cena magnífica, Bianca se retiró a su habitación, agotada pero feliz.
Había tomado una decisión... de algún modo.
En realidad, no la había tomado de forma consciente; sencillamente, todo había cobrado vida propia.
Y parecía lo correcto. Escribió un mensaje rápido a Benedetto para informarle de que se casarían en Camaiore.
Después respiró hondo varias veces y, haciendo acopio de valor, marcó el número de sus padres.
—Bianca —contestó su madre, Fabia, con su habitual tono de mando militar.
—Hola, mamá.
—Voy a poner el altavoz para que tu padre pueda oírte. ¡Salvatore! Ven aquí.
—Vale —dijo Bianca, y esperó un momento.
— Ciao , mia bambina —se oyó poco después por el teléfono la voz grave de su padre.
Bianca se sintió intimidada al instante, aunque él sonaba infinitamente más cariñoso que su madre. —¿Cómo estáis los dos?
—He intentado localizarte varias veces, Bianca. ¡ Nunca contestas al móvil cuando te llamo! —dijo Fabia.
—No exageres, Fabia —oyó Bianca murmurar a su padre.
—Lo siento. Debería haberos llamado antes —dijo Bianca—. Pero primero necesitaba instalarme y... Escuchad, tengo que contaros algo.
—Dios mío, ha pasado algo. ¡Lo sabía ! —suspiró Fabia al otro lado del teléfono.
—Mamá...
—Fabia, por favor... —murmuró su padre—. ¿Qué ocurre, Bianca?
—Yo, eh... Escuchad, ya sabéis que todo este asunto de la boda me ha agobiado bastante y...
—Entonces, ¿a Flora no le pasa nada? —la interrumpió Fabia.
—¿Qué? No. La tía Flora está muy feliz aquí. Esto tiene que ver conmigo . Por una vez, pensó Bianca, aunque no lo dijo.
—¿Qué ha pasado? —Fabia parecía ahora aún más alarmada que antes.