Noches de verano en el Bistró Romántico (Amor en Italia 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

A Mariella le martilleaba el corazón en la garganta mientras cruzaba la puerta de su casa y la cerraba con firmeza tras de sí. Ni siquiera sabía por qué estaba tan impactada. Pero ver a Celio salir de casa de Rosa a una hora tan temprana simplemente había sido demasiado para ella.

Llamaron suavemente a la puerta y Mariella cerró los ojos. No estaba ni sorprendida ni molesta. Simplemente estaba agotada. Consideró ignorar los golpes, ignorarlo a él . Pero se había propuesto ser madura. Así que, a pesar de su inquietud, alargó la mano lentamente hacia el pomo y abrió.

—He tenido que ir al baño, eso es todo —dijo, aunque incluso a sus propios oídos le sonó de lo más poco convincente.

—Deberíamos hablar —respondió Celio, entrando junto a ella.

Mariella cerró la puerta y fue a la cocina con Celio. Se sentaron en los dos taburetes de la isla de cocina y, en un movimiento casi sincronizado, ambos pusieron las manos sobre los cuadernos con las hojas de recuento. —¿Los has mirado? —preguntó Celio, echando un vistazo al que tenía delante.

—No. Pero creo que has ganado tú. Sin duda ofreceré los aperitivos de pasta.

—Bien. Creo que es una buena idea.

Ambos asintieron y se produjo un silencio incómodo.

—¿Querías hablar? —preguntó Mariella después de un rato.

—Creo que es necesario, sí.

Él parecía tan avergonzado y dubitativo que Mariella intervino: —Sabes, soy consciente de que puede que no lo parezca, pero ya soy mayor... soy una mujer.

Celio torció una comisura de los labios y asintió con la mirada perdida. Pero antes de que pudiera decir nada, ella añadió rápidamente: —He estado casada.

—No lo sabía.

—Con un siciliano.

—¿Ah, sí? ¿De ahí viene tu afinidad por Italia?

—Sí, de eso y de que... mi madre es italiana.

—Lo sé. ¿Pero por qué me cuentas esto?

—Porque no lo parezco.

Celio se giró hacia ella. —No entiendo...

—No parece que tenga raíces italianas, por eso he mencionado a mi madre...

—Sí, eso lo entiendo. Pero no me refería a eso. Quería saber por qué me estás contando todo esto .

Mariella se encogió de hombros. —Porque me miras como si fuera una niña a la que vas a decirle que los Reyes Magos no existen, y quería expresar que no es necesario. No hace falta que hablemos del beso. No tuvo importancia. Fue el calor del momento, por así decirlo.

—Ah. Entiendo. Vale.

—Y me parece perfectamente bien que estés con... Rosa... o con cualquier otra persona... solo quiero decir que no es un problema.

Incluso mientras pronunciaba las palabras, Mariella se dio cuenta de que sí era un problema, y muy grande.

Se le encogió el estómago ante la idea de que Celio estuviera con otra mujer, besando a otra, tumbado en brazos de otra.

Pero tenía que ser irrelevante. Porque las palabras que había dicho antes eran las que contaban.

Ella era una mujer adulta. Tenía que aprender a tomarse en serio a sí misma antes de poder esperar que los demás también la trataran así.

Celio se levantó. Se acercó a la pizarra de planificación del menú, cogió dos trozos de tiza y le entregó uno.

—Escribamos el menú para la semana que viene —dijo, cogiendo un trapo y borrando la pizarra.

Esta vez no hicieron falta palabras ni discusiones.

Sabían qué platos habían gustado más en la fiesta de inauguración, y esos fueron exactamente los que escribieron en la pizarra de la cocina, turnándose.

Luego fueron a la de la tienda y después a la que colgaba fuera, junto a la puerta. Actualizaron el menú en todas partes.

Cuando terminaron, Celio se quedó dubitativo frente a la puerta. Mariella quiso preguntarle si quería volver a entrar —lo cual resultaba de algún modo muy extraño, ya que había entrado muchas veces antes y, además, tenía llave—, pero ahora las cosas eran distintas.

—Vayamos a dar un paseo —dijo entonces Celio, quitándole la decisión de las manos a Mariella.

A esas alturas ya casi no llovía. Las temperaturas subían un poco más cada día, los rayos de sol eran cada vez más intensos y el aire toscano empezaba a oler a verano y a vacaciones.

Pronto, muy pronto, llegarían los turistas y poblarían no solo los alojamientos de Lido di Camaiore, sino cada vez más los lugares de las colinas toscanas y el centro de Camaiore.

Mariella lo estaba deseando, ya que esperaba que eso significara buenos negocios.

Había decidido darse al menos un año. Un año en el que dirigiría su bistró y sopesaría si esa era la vida que quería tener.

Si no, siempre podría vender. Miró de reojo y estudió el perfil de Celio. Era un hombre verdaderamente atractivo y, en otro momento, en otra vida, podría haberse enamorado de esos hoyuelos y de esos ojos brillantes.

Solo que esos hoyuelos no se veían en absoluto en ese momento. Celio tenía los labios apretados con firmeza y la mirada fija al frente. Tenía las manos en los bolsillos del pantalón y parecía absorto en sus pensamientos.

Mariella no quiso interrumpir sus cavilaciones e intentó sumergirse en el hermoso entorno.

El centro de Camaiore no era muy grande y, mientras cruzaban la piazza , pasaban por delante de la iglesia y la hermosa fuente, y seguían el estrecho callejón que serpenteaba entre las hileras de casas apiñadas, pronto se encontraron a las afueras del pueblo, contemplando las interminables colinas verdes.

—Es tan bonito aquí —dijo Mariella—. Me tomo demasiado poco tiempo para, sencillamente, vivir . No sé por qué. He estado tan estresada con la apertura del bistró y con tenerlo todo listo...

—Querías demostrar lo que vales —dijo Celio en voz baja.

Mariella asintió. —Sí, es verdad. Sobre todo quería demostrármelo a mí misma . Absurdo, ¿verdad?

Celio se volvió hacia ella. Era la primera vez que la miraba desde que se habían puesto en marcha. —No es absurdo. Desde luego, entiendo muy bien esa necesidad.

Mariella sonrió e intentó leer lo que pasaba por los ojos de Celio.

—Lo siento, Mariella —dijo él de repente, mientras seguía mirándola profundamente a los ojos.

—¿Qué es lo que sientes? —preguntó ella en voz baja.

Él respiró hondo. —¿Recuerdas lo que dije? Pasan cosas, surgen situaciones , situaciones que me superan, y yo... necesito consultarlo con la almohada para ordenarlas en mi cabeza. ¿Te acuerdas?

Mariella asintió. Por supuesto que se acordaba.

Él siguió mirándola a los ojos, y esa mirada turbia hizo que la sangre se le helara a Mariella en las venas. Lo que fuera a decir a continuación, no le iba a gustar.

Celio pronunció las siguientes palabras lenta y deliberadamente. —No creo que vaya a funcionar. Trabajar juntos. Nuestra colaboración. Es... es demasiado complicado.

Mariella sacudió la cabeza con fuerza. —No es complicado en absoluto. Te dije que...

Celio estiró los brazos hacia delante. Agarró a Mariella por la parte superior de los brazos y la hizo callar con el repentino movimiento.

—Pero esto no se trata solo de ti, Mariella.

Mi vida ya es bastante complicada de por sí.

Y... hasta ahora, las cosas no han ido exactamente como yo quería.

Hace muy poco que me he mudado aquí. Y lo hice con el objetivo de llegar a ser alguien.

Alguien de quien pueda estar orgulloso. Y mi hija.

Quiero que ella también esté orgullosa de mí.

Mi atención está en tantas cosas que no necesito otra más que me mantenga despierto por la noche.

Originalmente me presenté para trabajar contigo porque sencillamente necesitaba un empleo para ir tirando.

Nunca fue mi intención que fuera algo a largo plazo, solo como un. ..

—...¿trampolín? —Mariella terminó su frase. Dio un paso atrás y Celio bajó los brazos lentamente—. ¿Hacia algo mejor?

—Mariella...

—¿Y dónde se supone que está eso? —preguntó Mariella. Una hiel amarga le subió por dentro.

—Va a haber una nueva inauguración. Un restaurante de lujo. El objetivo es cocinar a nivel de estrella Michelin, y creo que podría conseguirlo. Creo que con un buen concepto y una cocina tradicional modernizada, podría ganar una estrella Michelin.

—¿En Camaiore? —preguntó Mariella, desconcertada. No sabía nada de una nueva inauguración.

Celio negó con la cabeza. —En el Lido. En pleno paseo marítimo. Rosa ha comprado un edificio y...

—¿¡Rosa!? —Mariella abrió los ojos de par en par—. ¿ Rosa ha comprado un edificio?

—Mariella...

—¡Sencillamente no me lo puedo creer! —le espetó ella.

—Quiere montar algo grande, ¿entiendes? ¡Algo importante! Y necesita un buen chef, y yo...

—Sabes qué... —dijo Mariella con frialdad.

—Lo siento —interrumpió Celio, mirando al suelo.

Pero Mariella no pudo contenerse. —Vete al cuerno.