Noches de sal CAPÍTULO 33.
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CAPÍTULO 33.

Tres meses después de la publicación, Retana fue citado ante una comisión parlamentaria.

No quería ir.

Isaac le dijo que precisamente por eso debía hacerlo.

La sala estaba llena de cámaras, asesores y personas que habían aprendido a formularpreguntas con una duración superiora las respuestas. En la mesa principal había botellas de agua, micrófonos y carpetas con el logotipo del Congreso.

Retana llevaba su traje de funerales.

Martín se sentó varias filas detrás.

Isaac siguió la comparecencia desde una sala de prensa.

—Señor Retana —empezó una diputada—, ¿puede afirmar bajo su responsabilidad que el denominado Proyecto ALBA existió como programa institucional?

—Puedo afirmar que existieron centros, expedientes, protocolos, profesionales, financiación y sujetos identificados mediante códigos.

—No es lo que le he preguntado.

—Es exactamente lo que puedo probar.

La mujer insistió.

—¿Existía un programa autorizado con ese nombre?

—Datos insuficientes para confirmación —dijo Retana—. Y ahí está parte del problema. Algunas estructuras existían precisamente porque se fragmentaban entre entidades.

Un murmullo recorrió la sala.

Otro diputado tomó la palabra.

—¿No cree que su investigación, junto con la del señor Belmonte, ha contribuido a una ola de imitaciones y actos violentos?

Retana miró el micrófono.

—Creo que ocultar abusos para evitar que alguien utilice mal la verdad es una idea peligrosa.

—No ha respondido.

—Sí. Es posible que la publicación haya sido utilizada por personas violentas. También es posible que no publicar hubiera permitido destruir pruebas. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez.

—¿Se arrepiente?

Retana pensó en Nadia.

En el imitador detenido.

En Sara.

—Me arrepiento de cualquier frase que haya convertido a una víctima o a una agresora en un símbolo más sencillo que una persona.

—¿Incluye a Elena Duarte?

La sala se tensó.

—Sí.

—¿Considera que Elena Duarte es una asesina?

Martín levantó la vista.

Retana tardó.

—Considero que hay indicios serios de que cometió homicidios. No existe sentencia.

—¿Y Sara Duarte?

—Lo mismo.

—Sin embargo, su dosier las presenta como producto de un sistema abusivo.

—Ser víctima de un sistema no impide causar daño después.

—¿Y causar daño impide ser víctima?

Retana miró a la diputada.

—No.

La sala quedó realmente silenciosa.

A media sesión apareció el nombre de Gabriel S. Cardona.

Un representante del Ministerio explicó que no existían registros de un programa estatal ALBA y que las fundaciones investigadas eran privadas.

Retana pidió la palabra.

—¿Puedo hacer una pregunta?

—Está aquí para responderlas.

—Entonces la formularé como respuesta: si un menor llega a una entidad privada derivado por un servicio público, financiado parcialmente por convenios públicos y con informes aceptados por un juzgado, ¿en qué momento exacto deja el Estado de ser responsable de mirar?

El presidente de la comisión pidió que se limitara al objeto de la comparecencia.

Retana sonrió apenas.

—Ese es el objeto.

La frase apareció en los informativos de la noche.

No cambió ninguna ley de inmediato.

No derribó ningún gobierno.

Pero dos semanas después, una trabajadora social de otra región entregó a Fiscalía una caja de expedientes que llevaba años guardada en un trastero. Después lo hizo un psicólogo jubilado. Luego una secretaria administrativa.

No todos los documentos hablaban de ALBA.

Algunos mostraban fallos diferentes.

La historia empezó a crecer de un modo que incomodaba a quienes querían reducirla a un médico perverso y dos hermanas peligrosas.

Una tarde, Retana recibió una carta sin remitente.

Dentro había una fotocopia de una hoja clínica.

S-3.

En el margen, escrito con bolígrafo azul:

«La niña pidió llamar a su hermana. Se deniega para evitar regresión.»

Sin firma.

Retana se quedó mirando la frase.

No demostraba quién la había escrito.

No demostraba quién había dado la orden.

Pero contenía algo que faltaba en casi todos los documentos: una acción concreta.

Una niña pidió llamar.

Un adulto dijo que no.

Guardó la hoja.

Esa noche telefoneó a Martín.

—¿Sigues creyendo que Elena está viva?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si estuviera muerta, alguien habría intentado convertir su cuerpo en un mensaje.

Retana apoyó la espalda en la silla.

—Eso no es evidencia.

—He aprendido de ti.

—Entonces aprende mejor.

Martín rio.

—¿Qué has encontrado?

Retana leyó la nota.

Al otro lado no hubo respuesta durante varios segundos.

—Sara intentó llamar a Elena —dijo Martín.

—Eso parece.

—Y alguien lo impidió.

—Eso dice una copia anónima.

—Siempre haces eso.

—¿Qué?

—Le quitas emoción a una frase justo cuando empieza a doler.

Retana miró la hoja.

—Es mi forma de no mentirme.

—A veces también es tu forma de no sentir.

La llamada terminó poco después.

Retana se quedó solo.

Pensó en todas las decisiones administrativas que habían construido la desaparición de Sara sin que nadie tuviera que pronunciar la palabra secuestro.

Después abrió una libreta nueva.

En la primera página escribió:

NO BUSCAR SOLO QUIÉN HIZO ALGO.

BUSCAR QUIÉN PODÍA DETENERLO Y DECIDIÓ NO MIRAR.

Debajo añadió una tercera línea:

PERO NO CONFUNDIR SILENCIO CON CULPA AUTOMÁTICA.

La complejidad no era elegante.

Era incómoda.

Por eso casi siempre llegaba tarde a los titulares.