CAPÍTULO 32.
El dosier de Isaac se difundió más rápido de lo que cualquiera de los dos había previsto.
Durante las primeras veinticuatro horas apenas tuvo lectores. A las cuarenta y ocho, una periodista francesa enlazó el archivo en una investigación sobre centros privados de menores. Después llegó una cuenta con cientos de miles de seguidores. Luego televisiones. Podcasts. Foros.
La espiral apareció en todas partes.
Retana odió eso desde el primer día.
—La hemos convertido en una marca —dijo.
Isaac no apartó la vista del ordenador.
—La gente necesita una imagen.
—La gente necesita leer.
—Eso es pedir demasiado.
A la semana, alguien pintó el símbolo en la fachada de un
juzgado.
A los diez días, apareció grabado en el coche de un hombre acusado de agresión sexual que había quedado en libertad provisional.
A las dos semanas, un cadáver.
Un empresario de cuarenta y nueve años fue encontrado en un aparcamiento subterráneo, con sal alrededor de las manos y una espiral dibujada sobre el capó.
Los titulares fueron inmediatos.
EL CÍRCULO DE SAL VUELVE A MATAR.
LA RED DE LAS JUSTICIERAS SE EXTIENDE. EL LEGADO DE LAS HERMANAS DUARTE.
Retana llamó a Martín antes de terminar de leer. —Dime que no tiene relación.
—No la tiene —respondió Martín—. O al menos no con
los casos originales.
—¿Cómo lo sabes?
—El autor dejó ADN, una huella parcial y compró la sal
con tarjeta veinte minutos antes. Es un imitador o un idiota.
Probablemente ambas cosas.
—¿La víctima?
—Tenía una denuncia abierta. No condena. Ni siquiera
sabemos si la acusación se sostendrá.
Retana cerró los ojos.
—Exactamente lo que Cardona habría querido. —No conviertas también tú a Cardona en explicación
universal.
Retana guardó silencio.
Martín tenía razón.
El problema no era que un hombre hubiera inventado una
teoría.
Era que la teoría encontraba terreno fértil.
Isaac publicó una actualización al dosier esa misma
noche. No glorificó a Elena ni a Sara. No llamó justicia a sus crímenes. Escribió que el fracaso institucional no convertía el homicidio en reparación y que ningún símbolo concedía autoridad moral a quien lo utilizara.
Las reacciones fueron peores.
Unos lo acusaron de traicionar a las víctimas.
Otros de haber promovido violencia con la publicación
inicial.
Recibió amenazas de ambos lados.
—Bienvenido a internet —dijo Isaac.
Retana no sonrió.
—¿Te arrepientes?
Isaac tardó.
—De publicar, no. De imaginar que los hechos
controlarían lo que la gente haría con ellos, sí.
Días después detuvieron al imitador. Era un hombre de treinta y tres años que había seguido obsesivamente el caso. En su apartamento encontraron capturas del dosier, fotografías de Sara y Elena tomadas de medios, manifiestos descargados de foros y una lista propia.
No conocía a ninguna de ellas.
Nunca había estado en ALBA.
No pertenecía a una red.
Había construido una pertenencia imaginaria a partir de
fragmentos públicos.
Retana asistió al interrogatorio detrás del cristal. —Ellas empezaron algo —dijo el detenido—. Yo solo
continué.
Martín, sentado frente a él, no levantó la voz.
—No sabes qué empezaron.
—Claro que sí. Hacer lo que ustedes no hacen. —¿Conocías a la víctima?
—Conocía su caso.
—No es lo mismo.
—¿Y qué?
Martín se inclinó hacia delante.
—Que has matado a un hombre porque una historia te
hizo sentir autorizado.
El detenido sonrió.
—Eso es lo que hicieron ellas.
Martín no respondió.
Retana vio el golpe llegar, aunque estuviera al otro lado
del vidrio.
Aquella noche, los tres se reunieron en la cocina de
Retana.
—Tenemos que cambiar la narrativa —dijo Martín. Isaac dejó la taza.
—Las narrativas no se cambian como una nota de prensa. —Pues hay que intentarlo.
—¿Cómo?
Martín miró la copia del símbolo sobre la mesa. —Dejando claro qué no sabemos. Qué no justificamos. Y
quiénes fueron las personas dañadas antes de que se
conviertan en iconos.
Retana pensó en Elena.
En la mujer fría de las fotografías.
En los nombres muertos asociados a sus consultas. En la posibilidad,cada vez menos dudosa, de que hubiera
asesinado durante años.
Quería comprenderla.
Eso no significaba absolverla.
—La verdad no mejora porque nos guste quien la
protagoniza —dijo.
Isaac asintió.
Al día siguiente añadieron al comienzo del dosier una
frase nueva:
«Este archivo documenta un sistema de abuso y sus consecuencias. No concede inocencia
retroactiva a nadie, ni convierte el dolor en permiso para ejercer violencia.»
La frase fue citada menos que la espiral.
Pero quedó allí.
Retana aprendió entonces que recordar también consistía
en resistirse a la versión más seductora de una historia.