Noches de sal CAPÍTULO 2.
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CAPÍTULO 2.

A las once y veinte, el caso de Óscar Varela dejó de ser un cadáver incómodo en el puerto y se convirtió en un problema de Jefatura.

El comisario Salcedo reunió a seis personas en una sala sin ventanas del segundo piso.

Sobre la mesa había fotografías impresas, un mapa del muelle, el informe preliminar del forense y una caja de guantes de nitrilo que nadie necesitaba pero que siempre acababa apareciendo en las reuniones de homicidios.

Elena se sentó al fondo. Martín, a su derecha.

La inspectora Nuria Serrano, de Homicidios, dirigía la reunión.

Tenía cuarenta y pocos, voz baja y la costumbre de dejar largos silencios después de una pregunta.

Elena la respetaba por eso. Los malos investigadores llenaban el silencio para demostrar que sabían.

Serrano lo utilizaba para que otros se equivocaran.

—No hay señales de robo —dijo—. No hay huellas útiles. No hay ADN ajeno confirmado. La víctima estuvo inmovilizada al menos cuarenta minutos. La sal se aplicó después de las lesiones principales y antes de la muerte.

Un técnico proyectó una imagen ampliada de los granos recogidos en el cuerpo.

—Cloruro sódico Serrano—. Grano comprarse en cualquier supermercado.

—Entonces no es evidencia —dijo Salcedo.

—Es intención —respondió Elena.

Serrano la miró.

—Explícate.

Elena sintió a Martín inmóvil a su lado. de uso alimentario —continuó grueso. Nada exótico. Puede

—Si el autor necesitara sal por una razón práctica, no la colocaría así. La dejó para que la encontráramos. No quiere ocultar el método. Quiere construir un lenguaje.

—¿Un ritual?

—Todavía no. Un ritual necesita repetición.

Serrano asintió una sola vez.

—¿Y qué dice ese lenguaje?

Elena miró la fotografía. Había visto a Varela vivo por última vez cuatro noches antes. Lo había seguido desde un club privado hasta un piso en el que se reunía con dos hombres de una empresa de transporte. Había anotado la matrícula de los tres coches. Había pensado en actuar el viernes siguiente.

Alguien se había adelantado.

—Que el cadáver no es el mensaje —dijo—. Es el soporte.

Salcedo soltó el aire por la nariz.

—Genial. Tenemos un asesino con pretensiones literarias.

Serrano no sonrió.

—Tenemos un asesino que ha escogido a un hombre con antecedentes por trata y ha preparado la escena para que la policía la interprete. Eso significa información, tiempo y seguridad. No demos por hecho que Varela era el único objetivo.

Elena mantuvo la mirada en la pantalla.

En su bolsillo, la nota del paseo parecía pesar más que su arma reglamentaria.

—Quiero revisar las últimas causas de Varela —dijo Serrano—. Denunciantes, testigos, policías intervinientes, abogados, peritos. También las personas que pudieron sentirse perjudicadas por los archivos de esos procedimientos.

—Eso son cientos —dijo Martín.

—Por eso te pago el Estado.

—A mí me paga para rellenarformularios. Pensaba que investigar era un extra.

Hubo un par de sonrisas cansadas.

Elena no participó.

Serrano cambió la imagen. Una fotografía de la boca de Varela, tomada antes de levantar el cuerpo.

—Hay otra cosa. En la cavidad oral aparecieron diez granos grandes, separados del resto. Exactamente diez.

Elena dejó de respirar durante un segundo.

Diez.

El sobre del banco contenía diez.

—¿Casualidad? —preguntó Salcedo.

Serrano se volvió hacia el forense.

—¿Los contaste tú?

—Dos veces.

—Entonces, hasta que sepamos lo contrario, no.

Martín giró apenas la cabeza hacia Elena.

Ella sintió la pregunta sin necesidad de mirarlo.

Al terminar la reunión, Serrano la alcanzó en el pasillo.

—Duarte.

Elena se detuvo.

—¿Sí?

—Tú conociste uno de los procedimientos contra Varela.

No era una pregunta.

—Revisé parte de una denuncia hace tres años. No prosperó.

—¿Qué impresión te dio?

Elena recordó a una chica de diecinueve años que no podía dejar de apretar un pañuelo de papel mientras contaba por tercera vez cómo la habían trasladado de una ciudad a otra.

Recordó al abogado de Varela preguntando si estaba segura de no haber aceptado el viaje.

Recordó a la fiscal explicando después que sin corroboración independiente el caso no se sostendría.

—Que sabía usar el sistema —respondió.

Serrano la estudió.

—No te he preguntado si era culpable.

—Ya lo sé.

—Bien.

Serrano se marchó.

Martín apareció desde la máquina de café con dos vasos de cartón. Le tendió uno.

—No tomo azúcar.

—No lleva.

Elena lo aceptó.

—¿Qué?

—Nada.

—Cuando dices nada con esa cara siempre significa algo.

Martín bebió.

—Diez granos.

Elena sostuvo el vaso entre las manos.

—Sé contar.

—Te has puesto blanca.

—No he dormido.

—Tú nunca duermes y no te pones blanca.

Elena lo miró.

—¿Me estás interrogando?

—Te estoy mirando.

—Peor.

Martín sonrió, pero la preocupación no se movió de sus ojos.

—Si hay algo que deba saber...

—Lo sabrás cuando deba saberlo yo.

—Esa frase no tiene ningún sentido.

—Entonces olvídala.

Elena se alejó con el café intacto.

A mitad del pasillo comprendió que acababa de cometer un error.

No había negado que existiera algo.

Y Martín, a diferencia de casi todos los demás, escuchaba también lo que ella no decía.