Noches de sal
© inepub.com
CAPÍTULO 1.
La comisaría olía a café requemado, papel húmedo y aire acondicionado mal mantenido.Elena había llegado a creer que todos los edificios policiales terminaban oliendo igual, como si la institución tuviera un perfume propio compuesto de espera, cansancio y miedo ajeno.
Atravesó el control a las ocho y cuatro minutos.
El agente de seguridad levantó la barbilla a modo de saludo.
Ella respondió con un gesto. Llevaba el cabello recogido, una camisa blanca sin adornos y el abrigo gris que utilizaba desde hacía tres inviernos.
Ninguno de sus compañeros habría encontrado en ella nada diferente de la inspectora Duarte de cualquier lunes.
Eso era una de las cosas que mejor sabía hacer: parecer exactamente quien los demás esperaban que fuera.
Su mesa estaba limpia. Dos carpetas a la izquierda,una bandeja con informes a la derecha, bolígrafos paralelos al borde. Ninguna fotografía. Ningún objeto personal. Martín decía que trabajar frente a su escritorio era como declarar ante una pared.
— Duarte.
Elena no levantó la vista.
—Depende.
—¿Depende de qué?
—De lo que vayas a pedirme.
Martín apoyó una mano en el separador de cristal.
Tenía la mala costumbre de sonreír incluso cuando traía malas noticias. No por frivolidad, sino porque todavía confiaba en que la cercanía sirviera para algo. Llevaba seis años en la policía y conservaba la extraña convicción de que la verdad, si se trabajaba lo suficiente, terminaba apareciendo.
— Dos cosas —dijo—. La primera: el muerto del puerto era Óscar Varela.
Elena siguió leyendo el informe que tenía delante.
—Lo conozco.
—Media ciudad lo conocía. Dos investigaciones por trata, una por coacciones, tres testigos que cambiaron de versión y un juicio que se deshizo por una nulidad procesal. Un ciudadano ejemplar.
—¿Causa de la muerte?
—Aún no está cerrada. Pero el forense quiere hablar con nosotros. Hay... detalles.
Elena pasó una página.
—¿Qué detalles?
Martín miró alrededor antes de bajar la voz.
—Sal.
El papel dejó de hacer ruido entre los dedos de Elena.
—¿Sal?
—En varias heridas. Gruesa. Limpia. después de la tortura. Y en la boca.
Elena levantó por fin la vista.
Martín la observaba con atención, pero acusación en sus ojos. Todavía no.
—¿Te dice algo? —preguntó.
—Que alguien quería que se viera.
—Eso dijo el forense.
—Entonces el forense y yo estamos teniendo una mañana muy brillante.
Martín sonrió apenas. Luego dejó de hacerlo.
—La segunda cosa es más rara.
Sacó del bolsillo interior de la chaqueta una libreta negra, pequeña, de tapas blandas.
Colocada
no había Elena sintió que algo se contraía bajo el esternón. —¿Qué es?
—La encontraron cerca del cuerpo. No está todavía en
la cadena oficial. La recogió un agente del puerto y me la dio antes de entregarla porque pensó que podía ser una agenda de contactos.
— Eso es una irregularidad.
—Lo sé.
—Entonces entrégala.
—Primero mírala.
Elena tomó la libreta con dos dedos. La cubierta estaba
húmeda en una esquina. Al abrirla, encontró páginas numeradas a mano. En cada una había un nombre y una fecha. Algunos nombres tenían una línea negra encima. Otros no.
En la página siete apareció uno que conocía. Tomás Méndez.
El aire de la oficina se volvió más denso.
No era solo un nombre conocido. Era uno de los suyos. Uno que jamás había compartido con nadie. Elena cerró la libreta.
—¿Qué pasa? —preguntó Martín.
—Nada.
—Te has quedado blanca.
—La luz es horrible.
—Elena.
Pocas personas utilizaban su nombre de pila en la
comisaría. Martín lo hacía únicamente cuando quería obligarla a salir del uniforme.
Ella dejó la libreta sobre la mesa.
—Entrégala a Homicidios. Ahora.
—¿Sabes quién es Méndez?
—Un exprofesor.
—¿Cómo lo sabes?
Elena sostuvo su mirada.
—Porque leo expedientes.
No era mentira.
Lo que Martín no podía saber era que Elena había leído el expediente de Tomás Méndez veinte veces, había fotografiado su portal, anotado sus horarios, identificado el bar donde desayunaba y el banco donde cobraba la pensión.
Tampoco podía saber que en una carpeta escondida detrás de una pared falsa había una ficha con su nombre escrita en rojo.
Y una única palabra al margen.
NO.
Martín recogió la libreta, pero no se fue.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—No te lo pregunto como policía.
—Ese es el problema.
La herida cruzó el rostro de Martín demasiado rápido
para que cualquiera pudiera verla. Cualquiera menos
Elena.
Él guardó la libreta.
—Homicidios nos quiere en el puerto a las nueve. —Allí estaré.
Cuando se alejó, Elena abrió el cajón inferior de su
mesa. Dentro, debajo de un manual de procedimiento, estaba la nota encontrada en el paseo.
Te saltaste uno. Yo no lo haré.
Ahora sabía a quién se refería.
Tomás Méndez seguía vivo.
Por el momento.