Noche de Tiburones 47. ¿Cómo se grita bajo el agua?
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47. ¿Cómo se grita bajo el agua?

¿CÓMO SE GRITA BAJO EL AGUA?

—¡AYYYYYY!

Quería gritar con todas mis fuerzas. Podía oír el grito en mi mente.

Pero ¿cómo se grita bajo el agua?

El tiburón salió disparado directamente contra el frente de la jaula, haciéndome caer de costado. La jaula se alejó con el balanceo y luego regresó.

El tiburón hizo un círculo amplio y atacó de nuevo.

Pude ver sus dientes irregulares mientras castañeaba las mandíbulas. Arremetió contra los barrotes de la jaula otra vez. Fue un golpe seco que hizo que la jaula se balanceara colgada de su cadena.

Caí de rodillas. Me golpeé la cabeza contra los barrotes.

El tiburón estaba dando otra vuelta.

Apreté el cordón de emergencia con tanta fuerza que me dolía la mano. Quería tirar de él. Pero, por supuesto, no podía. Estaba aquí abajo para que el tiburón atacara, y así Sully y Ernie consiguieran sus tomas de película. De lo contrario, tal vez no nos dejarían ir.

PUM . PUM . PUM .

El tiburón golpeaba el costado de la jaula, lanzándome de un lado a otro.

Quise gritar de nuevo cuando apareció el segundo tiburón.

Los dos tiburones nadaban uno al lado del otro, como si estuvieran trabajando en equipo.

Sus diminutos ojos negros estaban fijos en la carne cruda mientras atacaban la jaula.

Me pregunté: — ¿Se comerán la carne y me dejarán en paz?

Abrieron sus mandíbulas de par en par. Y golpearon los barrotes, embistiendo ambos la jaula al mismo tiempo.

Choqué contra la parte trasera de la jaula. Luego salí despedido hacia un lado.

Era un poco como andar en los autos chocadores de una feria. Solo que mucho más aterrador.

Traté de calmar mi respiración. Pero jadeaba como un perro. Tenía todos los músculos tensos. Me quedé mirando hacia afuera, apretando el cordón de emergencia.

¿Cuándo debería tirar de él? ¿Cuándo?

Uno de los tiburones respondió la pregunta por mí.

Ambos nadaban en un círculo amplio, dando vueltas una y otra vez alrededor de la jaula. Era como si estuvieran planeando su próximo ataque.

Entonces uno de ellos rompió el círculo y se lanzó rugiendo contra la jaula, nadando directo como un dardo, y muy rápido.

El hocico del tiburón golpeó los barrotes con una sacudida estremecedora.

Mi cuerpo golpeó contra un lado y luego contra el otro.

La jaula dio un tirón violento. Otro más.

La jaula se sacudía, se retorcía y se balanceaba hacia un lado.

Me tomó un momento darme cuenta del porqué. Y cuando lo vi, quise gritar por tercera vez.

¡El hocico, el hocico del tiburón, se había quedado atrapado entre los barrotes!

El tiburón tiró hacia atrás con fuerza, luego empujó hacia adelante. Después se sacudió de lado a lado.

Cada movimiento me hacía estrellarme contra las paredes de la jaula.

Me quedé mirando, congelado de horror, mientras la criatura luchaba por liberarse.

Se balanceó hacia un costado y golpeó su cuerpo con fuerza contra el lateral de la jaula.

— ¡Va a romper la jaula! —pensé.

Miré hacia el agua. Dos tiburones más se habían unido al grupo.

¡Ahora eran cuatro tiburones!

— ¡Van a destrozar la jaula para llegar a la carne... y a mí!

El tiburón se esforzaba por liberar su hocico. Sacudiéndose, empujando y tirando.

El peligro era real ahora. La jaula no iba a resistir por mucho tiempo.

Era hora de tirar del cordón de emergencia.

Levanté mi mano enguantada para tirar del cordón.

¿Dónde estaba?

¿Dónde?

¡No. No. No. NO!

Desesperado, giré por toda la jaula, buscándolo.

Traté de agarrarlo. Estiré la mano. Pero mis dedos solo envolvieron el agua.

¡Se había ido!

Se había ido. El cordón no estaba.

Con todos los choques, golpes y sacudidas dentro de la jaula, se me debió de haber resbalado de la mano. Lo solté. Lo solté y ni siquiera me di cuenta.

Y ahora el tiburón dio un envión poderoso, y los barrotes comenzaron a rajarse y a desprenderse de la jaula.