Noche de Tiburones 27. Hora de entrar en pánico
53%

27. Hora de entrar en pánico

HORA DEL PÁNICO

Rosa se quedó con la boca abierta. Yo me quedé mirando a Tracy. —¿En serio? ¿No tiene un teléfono que nos preste un minuto?—

Tracy sacudió la cabeza. —Sus padres debieron habérselos dicho —dijo—. Este es un complejo de escape . No se permiten teléfonos.

Pestañeé. —Pero... pero... alguien tiene que tener un teléfono —tartamudeé.—

—No. Nada de teléfonos —dijo ella—. Aquí no tenemos señal de celular ni Wi-Fi. El hotel es un escape total del mundo. La gente viene aquí porque quiere desconectarse. Quieren relajarse.

—Bueno, ¿cómo podemos contactar a nuestra mamá? —preguntó Rosa.—

—Estaré atenta por si la veo —respondió Tracy—. Estoy segura de que vendrá a buscarlas. —Tecleó algunas cosas en su computadora y preguntó—: ¿Cuál es su número de habitación?—

Tragué saliva. —Eh... ¿número de habitación?—

Entré en pánico. No podía pensar en un número. En ninguno. No se me ocurría nada.

Ella nos miró con los ojos entrecerrados a Rosa y a mí. —¿No recuerdan su número de habitación? Bueno, no importa. Díganme su apellido y lo buscaré.—

—Eh... — Ni loca podía decirle que Rosa y yo no teníamos habitación. Me quedé allí parada, aterrorizada. Rosa miraba fijo hacia el frente.—

Tracy puso los ojos en blanco. —Vamos, chicas. Hay una larga fila —dijo—. Su apellido. Sé que saben cuál es su apellido.—

—Eh... —Estábamos en problemas. Estaba a punto de descubrir que Rosa y yo no pertenecíamos al hotel.—

¿Entonces qué pasaría? ¿Nos arrestarían? ¿Nos echarían? ¿Nos mandarían de vuelta a la playa o algo así? ¿Nos meterían a prisión por andar donde no debemos?

Estaba en modo de pánico total. Mi mente daba vueltas. No pensaba con claridad.

Vi que Tracy presionó un botón rojo en el panel frente a ella.

Puso una sonrisa falsa en su rostro. —Creo que necesitamos ayuda aquí, chicas —dijo—.

Mandé llamar a unos guardias de seguridad para que las ayuden.

Ellos llegarán al fondo del misterio de su mamá perdida. Y de su número de habitación perdido.—

Luego añadió: —Y de sus nombres perdidos.—

—Pero... pero... —balbuceé.—

Rosa me apretó la mano. Fuerte.

Supe lo que me estaba diciendo.

¡CORRE!

Ambas nos dimos la vuelta en el mostrador y salimos corriendo. Atravesamos el vestíbulo a toda velocidad, esquivando gente y maletas.

—¡Oigan, vuelvan! —gritó Tracy—. ¡Vuelvan aquí ahora mismo!—

Doblamos en una esquina. Corrí hacia la primera puerta y agarré el picaporte dorado. Abrí la puerta de un tirón y Rosa y yo entramos de golpe.

—Vaya. ¿Dónde estamos? —dije jadeando.—