Noche de Tiburones 21. —¡No estamos solos!—
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21. —¡No estamos solos!—

“¡NO ESTAMOS SOLOS!”

Mi hermana vino corriendo por la arena hacia mí. Me rodeó la cintura con los brazos y me dio un fuerte abrazo.

—Liam... tenía tanto miedo —susurró—. Pero estás bien. ¡Realmente estás bien!

Se apartó y me estudió como si yo fuera una pieza de museo. —¿Cómo llegaste aquí? —preguntó.

—Es una larga historia —respondí—. Pero no importa eso. ¿Qué haces tú aquí, Rosa?

—Tengo que abrazarte otra vez —dijo—. Solo para asegurarme de que eres real.

Me abrazó de nuevo.

¡Créanme, esta fue la mayor cantidad de abrazos que recibí de mi hermana en toda la vida!

Finalmente, logré que se soltara. Bajó la cabeza y su cabello húmedo le cayó sobre la cara. Llevaba una camiseta blanca sobre unos shorts de tenis blancos. Estaba descalza.

—Empieza a hablar —dije—. Cuéntame cómo llegaste a esta isla.

Se sentó en una roca negra y cuadrada, y se quitó el pelo de la cara. Yo me paré frente a ella, con los brazos cruzados sobre mi pecho desnudo.

—Cuando el tanque de agua se rompió —empezó ella—, corrí a ayudarte. Pero... pero...

—¿Pero qué, Rosa?

—El agua... salió a chorros como una ola enorme. Era una inundación. Me quedé atrapada. No podía salir. Y...

—¿El agua que salía del tanque te arrastró hasta el océano? —dije.

Ella asintió. —Sí. No podía nadar con suficiente fuerza. Solo quería ayudar a jalarte hacia atrás. Pero las olas me llevaron. Me trajeron hasta esta isla.

Me quedé mirándola. Había algo mal en esa historia. Pero estaba demasiado impresionado de verla. Demasiado impresionado para pensar con claridad.

—¿No fue a buscarte el equipo de televisión? ¿Acaso mamá no los envió a buscarnos?

—Yo... no lo sé —tartamudeó—. Cuando me di vuelta, yo... no podía ver a nadie, Liam. Fue como si hubieran desaparecido.

Empecé a caminar de un lado a otro frente a ella. Mis dedos de los pies se enterraban en la arena fría y húmeda. Mi cerebro daba vueltas.

—No entiendo por qué nadie vino a rescatarnos —dije.

Rosa sacudió la cabeza. —Yo tampoco.

—Uno pensaría que habría enviado a la Guardia Costera a buscarnos..., que habría cien botes de búsqueda.

—Lo sé —dijo ella—. Es todo tan extraño .

Me estremecí. —Tengo que encontrar algo de ropa —dije—. Está refrescando.

—Y yo me muero de hambre —dijo Rosa, frotándose la barriga—. Soltó un sollozo. —¿Qué vamos a hacer?

Detrás de ella, vi algo en la arena, debajo de una palmera. Me acerqué y lo recogí. Un coco.

Se lo mostré. —Vi un video de YouTube con gente comiendo cocos. Lo abres y adentro hay leche y coco.

Rosa tomó el coco y le dio vueltas en las manos. —¿Cómo se abre?

—En el video, lo rompían contra una roca —dije. Le hice señas para que se levantara de la roca en la que estaba sentada—. Probemos con esta roca.

Ella retrocedió unos pasos. Tomé el coco, lo levanté en alto y lo estrellé contra la roca. —¡Ay! —exclamé cuando rebotó de mis manos y rodó por la arena.

—Inténtalo de nuevo —dijo Rosa. Lo recogió y me lo entregó—. Tienes que golpearlo más fuerte.

—Obvio —respondí—. Decime algo que no sepa.

Rosa me dio un empujón en el hombro. —Te estás poniendo de mal humor porque tienes hambre.

Levanté el coco por encima de mi cabeza con ambas manos y lo estrellé contra la roca de nuevo.

No se abrió. Solté un suspiro. —Tal vez no soy lo suficientemente fuerte —dije.

—Intentalo de nuevo. No te des por vencido.

Solo llevaba diez minutos viendo a mi hermana y ya me estaba sacando de quicio.

Me agaché para recoger el coco... y me detuve. Entorné los ojos hacia la arena.

—Oye, Rosa. Mira esto. —Señalé.

—Vaya —murmuró ella.

—Esas no son nuestras huellas —dije—. No estamos solos aquí.