3. Cuatro meses antes
CUATRO MESES ANTES
Mi escuela estaba cerrada por reuniones de maestros. Rosa tenía una cita para jugar con una amiga. Así que mamá tuvo que llevarme con ella a su gran reunión con el tipo de Danger Channel.
No me pregunten por mi papá. Él es científico y está en la Antártida estudiando pingüinos, o el hielo, o no sé qué cosa.
Manejamos hasta Studio City y nos estacionamos en su lote.
Las oficinas de la cadena estaban en un alto edificio de acero y vidrio que se elevaba hacia el cielo, más alto que los otros edificios a su alrededor.
Nos detuvimos ante el letrero sobre la entrada principal que decía Danger Channel.
Una escultura plateada de un tiburón que se encorvaba hacia el aire estaba junto al letrero.
—Los programas de tiburones son sus programas más populares —dijo mamá. Me acomodó el cabello con una mano. No sirve de nada. Mi cabello siempre vuelve a su lugar. Es como una esponja.
Mamá cruzó los dedos. —De verdad espero que les guste mi idea para un nuevo programa —dijo. Su voz sonaba tensa, casi como un susurro. Me di cuenta de que estaba nerviosa.
Mamá hace programas de televisión, más que nada documentales. Esas son películas de la vida real. Mamá quería ser veterinaria cuando era pequeña. Ama a los animales y le encanta hacer películas sobre ellos.
Una vez, mamá hizo una película sobre un hogar de retiro para tortugas viejas en Florida. Pasó meses trabajando en ella. Estaba en Netflix, pero no fue muy popular.
Siempre ha soñado con filmar un programa para Danger Channel. Y hace dos semanas... ¡qué emoción! Consiguió una cita con uno de sus encargados de programación.
—¡Tengo la idea perfecta! —nos dijo a mi hermana pequeña, Rosa, y a mí.
—¡Cuéntanos! —exigió Rosa.
Mamá sacudió la cabeza. —No. Eso traería mala suerte —dijo—. Les contaré todo después de que le haya vendido el programa a la cadena.
—¿Tiene algo que ver con tiburones? —pregunté.
Sus ojos brillaron. —Tal vez —dijo ella, sonriendo.
Esto fue hace cuatro meses. No tenía forma de saber que su gran idea para un programa probablemente resultaría ser el último programa que vería.
Entramos en el enorme vestíbulo principal. El techo alto era una cúpula de color púrpura. Cientos de luces diminutas parpadeaban por todas partes como estrellas en un cielo nocturno.
Mamá caminó hacia un largo escritorio al frente. Le mostró su identificación a un guardia de seguridad. Él señaló un sillón bajo de color púrpura donde podíamos esperar. —Llamaré arriba para avisarles que ya está aquí —dijo.
Mamá y yo caminamos hacia el sillón, pero no nos sentamos. Mamá no dejaba de pasarse el bolso de un hombro al otro. Vaya que estaba tensa.
En la pared del fondo, dos mujeres salieron de un elevador. Ambas llevaban perros con correas. Se dirigieron a la entrada principal.
—Supongo que las dejan traer a sus perros al trabajo —dijo mamá—. Eso podría ser un documental divertido. Perros que vienen a trabajar.
—Desearía tener un perro —dije. Llevaba pidiendo un perro al menos por dos años.
—¿Qué tiene de malo Ruffles? —dijo mamá.
—¿Qué tiene de malo? —respondí—. Es un conejo. Eso es lo que tiene de malo.
Mamá puso los ojos en blanco. —Dame un respiro, Liam. Tengo que concentrarme en la idea de mi programa.
—¿Y qué se supone que haga yo mientras tienes tu reunión? —pregunté.
—Se supone que te sientes quietecito con los dedos cruzados y pienses cosas buenas —dijo mamá—. ¿Crees que puedes hacer eso?
Antes de que pudiera responder, una mujer joven se nos acercó caminando. Sus tacones resonaban con fuerza en el suelo de piedra. Llevaba un chaleco gris sobre una camisa blanca y una falda negra corta. Su cola de caballo oscura se balanceaba de un lado a otro mientras caminaba.
Le sonrió a mamá. —¿Es usted Anna Brachman? Soy Megan, la asistente del señor Platz.
—Mucho gusto —dijo mamá, acomodándose el bolso. Me dio una palmadita en el hombro—. Él es Liam. No tuvo clases hoy.
—Qué bien —dijo Megan. Señaló hacia los elevadores—. Síganme, los llevaré a su reunión. —Sus zapatos volvieron a resonar en el suelo.
Comenzamos a seguirla. Mamá tenía esa expresión apretada y tensa en la cara. Se inclinó hacia mí y susurró: —Aquí vamos.