CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
Se quedaron hasta casi las seis.
Mucho después de terminar de comer.
Mucho después de retirar los platos y de que Theo se quejara de haber comido demasiado, pese a haberse acabado el pollo, la fruta y el pastel.
Alicia preparó café.
James abrió otra botella de vino.
Theo desapareció veinte minutos en el balcón con el teléfono y volvió asegurando que no había estado hablando con nadie.
Nadie le creyó.
Iaia no preguntó.
Ella también había aprendido algo aquella tarde.
No todo necesitaba saberse.
Finalmente, Alicia se levantó.
—Deberíamos irnos.
—Siempre lo dices como si alguien te tuviera secuestrada.
—Tú.
—Pues quédate.
—Es domingo.
—Sé qué día es.
Alicia sonrió.
Iaia lo vio.
Había habido bastante de eso aquel día.
Gente comprobando.
No de forma consciente.
Pero comprobando al fin y al cabo.
Supuso que tardarían un tiempo en dejar de hacerlo.
Theo fue el primero en besarla.
—Adiós, Iaia.
—Adiós.
—La mejor comida en años.
Alicia lo miró.
James besó a Iaia en la mejilla.
—Gracias por la comida.
—De nada.
—Y por la terapia matrimonial.
—Cobro menos que tu mujer.
Alicia gimió.
James se rio.
Entonces Iaia lo miró.
—¿Y qué te he dicho?
James suspiró.
—Que viaje menos.
—Bien.
—Te he oído a la primera.
—Me aseguro.
James sonrió.
—De hecho, por fin he reservado las vacaciones.
Alicia lo miró.
—¿De verdad?
—Anoche.
—¿Qué vacaciones? —preguntó Theo.
Alicia se giró hacia él.
—Las que llevamos meses comentando.
—Ah. Esas vacaciones.
Iaia miró a James.
—¿Dónde?
—Grecia. Diez días. Sin trabajo. Sin portátil.
El rostro de Theo se iluminó.
—¿En serio?
—En serio.
—Genial.
—Y sin móvil —añadió Alicia.
James arqueó una ceja.
—Tampoco hace falta exagerar.
Iaia sonrió.
—Sin móvil.
James suspiró.
—Vale.
—Bien.
Eso bastaba.
Se volvió hacia Alicia.
Su hija permaneció frente a ella unos segundos.
Después la abrazó.
No el abrazo rápido de siempre.
Uno de verdad.
Iaia cerró los ojos.
—Estás bien —susurró.
Alicia no la soltó.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Alicia se apartó.
Iaia le acarició la mejilla.
—Pero lo estarás.
Los ojos de Alicia se humedecieron.
—¿Y tú?
Iaia sonrió.
—Por supuesto.
Alicia la observó.
Otra vez aquella mirada.
Iaia suspiró.
—Deja de examinarme.
—No te estoy examinando.
—Mientes fatal.
—Mamá.
—Vete a casa.
Alicia la besó en la mejilla.
Y se marcharon.
La puerta se cerró.
Iaia permaneció unos segundos en el recibidor escuchando cómo sus voces se alejaban por las escaleras.
Theo dijo algo.
James se rio.
Alicia les pidió a los dos que se callaran.
Iaia sonrió.
Después llegó el silencio.
Volvió al comedor.
Cuatro vasos.
Cuatro platos.
Migas por todas partes.
Theo.
Empezó a llevar cosas a la cocina.
—Te habría gustado.
Ninguna respuesta.
Iaia apiló los platos junto al fregadero.
—Bueno, en realidad no. Lo habrías odiado.
Abrió el grifo.
—Te habrías pasado toda la tarde defendiendo a Alicia y después habrías fingido que no.
Enjuagó un plato.
—Y habrías estado insoportablemente satisfecho contigo mismo por lo de Alejandro.
Se detuvo.
—No. Ni empieces.
Ya podía oírlo.
No de verdad.
Claro que no.
Pero sabía exactamente qué habría dicho.
Ya te dije que se fiaba demasiado de la gente.
—Tú creías que todo el mundo se fiaba demasiado de la gente.
Otro plato.
—Tú no te fiabas de nadie.
Sonrió.
—Ese era el problema.
El piso permanecía en silencio a su alrededor.
Se había acostumbrado.
Había tardado más de lo que esperaba.
Al principio dejaba la televisión encendida todo el tiempo.
No porque la mirara.
Porque las habitaciones sonaban mal sin otra persona dentro.
Después dejó de hacerlo.
El silencio no era tan terrible cuando uno dejaba de luchar contra él.
Se secó las manos.
—Aunque con aquel chico tenías razón.
Lo pensó.
—No. No Alejandro. El otro. Cuando ella tenía diecinueve años.
Frunció el ceño.
El nombre estaba por ahí.
—¿Cómo era?
Miró la silla vacía.
Y esperó.
Jordi.
Iaia sonrió.
—Eso es. Jordi.
Claro.
—No lo soportabas.
Llevó las copas al armario.
Durante unos segundos se quedó allí, intentando recordar dónde iban.
Estante de arriba.
Claro.
Las guardó.
—Te reirías de esto.
Cerró el armario.
—Siempre lo hacías.
Sus ojos fueron hacia la silla de la cabecera.
Su silla.
Había sido suya durante tantos años que nadie se sentaba allí, ni siquiera ahora.
Ni Alicia.
Ni James.
Ni Theo.
Nadie les había dicho que no pudieran hacerlo.
Simplemente no lo hacían.
Iaia apartó la silla de enfrente y se sentó.
—Bueno —dijo—. Van a estar bien.
Miró la silla vacía.
—Creo.
Esperó.
No una respuesta.
No era tonta.
Sabía que estaba muerto.
Recordaba el hospital.
Recordaba a Alicia a su lado.
Recordaba haber vuelto a casa sin él y haberse quedado de pie en aquel mismo comedor, incapaz de entender cómo una mesa podía seguir exactamente igual cuando todo lo demás había cambiado.
Eso no lo había olvidado.
Esa era la parte extraña.
A la gente le preocupaba que hablara con él.
Una vez había visto la cara de Alicia al sorprenderla haciéndolo.
La preocupación.
La tristeza.
La conclusión inmediata.
Iaia había dejado que pensara lo que quisiera.
Era más fácil.
La verdad habría requerido explicar algo que ni ella misma sabía muy bien cómo explicar.
Sabía que su marido estaba muerto.
No todo tenía que ser real para ser verdad.
Simplemente no entendía por qué eso significaba que tenía que dejar de hablar con él.
Había hablado con él todos los días durante casi toda su vida.
De cosas importantes.
De tonterías.
De dinero.
De los hijos.
De las comidas.
De los vecinos.
De gente a la que no soportaban.
De cosas que deberían haber dicho y no dijeron.
De cosas que dijeron y no deberían haber dicho.
La muerte le parecía un motivo absurdo para perder la costumbre.
Así que no lo había hecho.
—Me gusta James —dijo.
Miró la silla vacía.
—Ya sé que a ti también.
Una pausa.
—Viaja demasiado.
Sonrió.
—Sí. Ya se lo he dicho.
Fuera, la luz empezaba a cambiar.
La habitación tenía aquella quietud de los domingos por la tarde que siempre había detestado.
Al día siguiente, todo el mundo volvería a su rutina.
Theo iría al colegio.
Alicia se sentaría frente a otras personas a escuchar sus problemas.
James intentaría no subirse a un avión.
Y Iaia se despertaría allí.
Prepararía café.
Quizá olvidaría dónde había puesto el azúcar.
Quizá recordaría algo que nadie más recordaba.
Quizá Alicia la llamaría y le haría aquellas preguntas cuidadosas de siempre.
¿Has dormido bien?
¿Qué vas a hacer hoy?
¿Te acuerdas de que tienes cita?
Iaia respondería.
Casi siempre con la verdad.
Miró la silla de su marido.
—Creen que lo saben todo.
Sonrió.
—Nosotros también lo creíamos.
Durante un largo rato no dijo nada.
Después se levantó y recogió las dos últimas copas.
Había cosas que había olvidado.
Cosas que recordaba mal.
Cosas que fingía no recordar.
Y quizá todo el mundo era un poco así.
Alicia.
James.
Theo.
Incluso ella.
La gente veía lo que esperaba ver.
Rellenaba los huecos con lo que imaginaba.
No veía lo que tenía justo delante.
Y, a veces, solo entendía la verdad cuando por fin estaba preparada para hacerlo.
Iaia apagó la luz del comedor.
—Buenas noches, amor.
Empezó a caminar hacia el dormitorio.
Entonces se detuvo.
Se giró.
—Y, para que conste, yo tenía razón con Clara.
Esperó un instante.
—Sabía que estarías de acuerdo.
Sonriendo, Iaia apagó la última luz.
FIN