CAPÍTULO TREINTA
Alicia esperó hasta el lunes por la mañana para volver a leer los mensajes.
Había seis.
Los tres primeros ya los había visto.
He intentado respetar lo que me pediste. De verdad.
Pero sé que tú también sientes algo.
Esto no puede terminar así.
Los demás habían llegado después de que ella y James se acostaran.
Necesito volver a verte.
Veinte minutos después:
Sé que no me lo estoy imaginando.
Y finalmente, a la una y siete de la madrugada:
Si no aceptas verme, le contaré a James lo nuestro.
Alicia estaba sentada en el borde de la cama con el teléfono en la mano.
James estaba en la ducha. Oía el agua al otro lado de la puerta del baño.
Durante unos segundos pensó en borrarlo todo.
En lugar de eso hizo capturas de pantalla.
Las seis.
Después abrió la conversación.
Le había dicho a Alejandro que no quería que volviera a contactar con ella.
Con claridad.
Más de una vez.
Pero no había ninguna prueba escrita.
Todo lo que había dicho había ocurrido en la consulta.
Alicia escribió:
Fui muy clara cuando hablamos el martes pasado. No quiero volver a tener ningún contacto contigo. Por favor, no me escribas, no vengas a la consulta ni vuelvas a acercarte a mí o a mi familia.
Lo leyó dos veces.
Después lo envió.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
No.
Alicia se quedó mirando aquella palabra.
Por supuesto.
Bloqueó el número.
Se abrió la puerta del baño.
James salió con una toalla alrededor de la cintura.
—Ya estás despierta.
—Eso parece.
Miró el teléfono.
—¿Todo bien?
Alicia bloqueó la pantalla.
—Sí.
Ahí estaba otra vez.
La misma mentira.
Pequeña.
Automática.
James fue hacia el armario.
—Primera llamada a las ocho y media. Los lunes deberían estar prohibidos.
—Un poco exagerado.
—Son las siete y veinte y ya estoy enfadado.
—Quizá café primero y prohibiciones después.
—Buen plan.
Alicia se levantó.
Estuvo a punto de decírselo.
Alejandro me ha escrito.
Así de fácil.
Después James preguntaría qué había dicho.
Y ella tendría que explicar por qué Alejandro creía que existía un nosotros .
Guardó el móvil en el bolsillo.
Se lo diría a James si Alejandro volvía a ponerse en contacto con ella.
El pensamiento apareció con tanta naturalidad que casi pasó inadvertido.
Pero no.
Y se odió por haberlo pensado.
El lunes estuvo lo bastante ocupado como para que Alicia consiguiera pasar varias horas sin pensar en los mensajes.
A la una y cuarto salió a buscar algo para comer.
Escogió deliberadamente otra cafetería.
Aquello la irritó más de lo esperado.
¿Por qué tenía ella que cambiar de sitio por culpa de él?
Aun así, compró un café y un bocadillo y volvió a la consulta.
A las cuatro casi se había convencido de que el mensaje de aquella mañana había sido el último.
A las cuatro y doce vibró su teléfono.
Número desconocido.
Alicia miró la pantalla.
Otro número.
Sintió un vuelco en el estómago.
¿Por qué me has bloqueado?
Llegó otro mensaje.
No intento asustarte.
Eso consiguió exactamente lo contrario.
Hizo una captura.
Solo quiero verte.
Después:
Sé que tú también sientes algo.
Sintió una opresión en el pecho.
Ella había admitido que le había gustado la atención.
Había admitido haberle devuelto el beso.
Alejandro ya estaba convirtiendo aquellas cosas en algo que no eran.
Alicia bloqueó también ese número.
Su siguiente paciente llegó a las cuatro y media.
Cuando terminó la jornada, no se marchó inmediatamente.
Permaneció sentada frente al escritorio, repasando las capturas.
Dos números.
Una amenaza.
Y un mensaje explícito suyo diciéndole que parara.
Creó una carpeta y lo guardó todo.
Eso hizo que la situación pareciera más seria de lo que quería admitir.
Como pruebas.
Cerró la carpeta.
Durante unos segundos pensó en contárselo a James en cuanto llegara a casa.
Después cerró el portátil y se marchó.
James seguía trabajando cuando llegó.
Estaba en la cocina, con el portátil abierto y los auriculares alrededor del cuello.
Alicia lo besó.
—¿Qué tal el día?
—Interminable.
—El mío también.
—¿Vino?
—Claro.
James cerró el portátil y abrió la nevera.
Alicia lo observó.
Díselo.
Ahora.
—James…
Sonó su teléfono.
Miró la pantalla.
—Perdona. Dos segundos.
Respondió y salió hacia el balcón hablando ya de un contrato.
Alicia se quedó sola en la cocina.
El momento desapareció.
Y odió lo aliviada que se sintió.
A las diez llevaba horas sin recibir ningún mensaje.
Quizá Alejandro lo hubiera entendido finalmente.
Entonces Alicia recordó las horas.
Su mensaje había salido a las siete y treinta y uno de la mañana.
El segundo número la había contactado después de las cuatro.
Lo había entendido.
Simplemente había decidido ignorarla.
La diferencia importaba.
—¿Ali?
Se giró.
James estaba en la puerta.
—¿Qué?
—Llevas como un minuto mirando el lavavajillas.
—Parece que últimamente hago mucho eso.
Él sonrió.
—Ven a la cama.
—Ahora voy.
James desapareció por el pasillo.
Alicia volvió a abrir la carpeta.
Lo leyó todo.
Y volvió a cerrarla.
James estaba sentado contra el cabecero cuando entró en el dormitorio, con el portátil abierto.
Alicia se cambió y se metió en la cama.
—¿Sigues trabajando?
—Solo estoy terminando una cosa.
—Eso dijiste hace una hora.
—Esta vez va en serio.
Alicia cogió el libro.
Unos minutos después, el portátil de James emitió un sonido.
Él miró la pantalla.
Y se quedó quieto.
Alicia pasó una página.
James no se movió.
Lo miró.
—¿Qué pasa?
Sus ojos seguían en la pantalla.
—¿James?
Hizo clic en algo.
Su expresión cambió.
No de una forma dramática.
Y, de alguna manera, eso fue peor.
—¿Qué es?
James la miró.
Después volvió al portátil.
—¿Por qué me está escribiendo Alejandro?
Alicia sintió que se le iba toda la sangre de la cara.