CAPÍTULO VEINTINUEVE
El sábado empezó con lavadoras.
A las nueve y media, Alicia ya había quitado las sábanas de la cama, puesto la primera lavadora y descubierto que, al parecer, Theo llevaba semanas almacenando toallas húmedas en el suelo del baño.
—Theo.
Ninguna respuesta.
Se plantó frente a la puerta de su habitación.
—Theo.
—¿Qué?
—¿Por qué hay cuatro toallas en el suelo del baño?
Una pausa.
—No sé.
—¿No sabes?
—No.
—¿Crees que alguien más se está duchando ahí?
Otra pausa.
—Puede ser.
Alicia abrió la puerta.
Theo seguía en la cama, con un brazo sobre la cara.
—Son las diez.
—Es sábado.
—Precisamente. Día perfecto para ordenar tu habitación.
—No.
—Sí.
—Tengo planes.
Alicia miró a su alrededor.
—¿Con las toallas?
Theo apartó el brazo y la miró.
—Con gente.
—¿Qué gente?
—Amigos.
—¿Qué amigos?
—Mamá.
Ella sonrió.
—Vale.
—¿Puedes cerrar la puerta?
—Primero la habitación.
—La haré.
—¿Cuándo?
—Luego.
—¿A qué hora es luego?
Theo se tapó la cabeza con el edredón.
Alicia dejó la puerta abierta.
—¡Mamá!
Sonrió mientras se alejaba.
James estaba en la cocina preparando café.
—Disfrutas demasiado con esto.
—Tiene que ordenar su habitación.
—Tiene catorce años.
—Precisamente.
—No sé qué significa eso.
—Yo tampoco.
James le dio una taza.
—¿Qué hacemos?
—Necesitamos comida.
—Tenemos comida.
—Tenemos medio pepino, yogures y seis botellas de vino.
James abrió la nevera.
—Sobreviviremos.
—Vístete.
—¿Por qué?
—Porque vienes conmigo.
La miró.
—Me dijiste expresamente que podía quedarme aquí.
—He cambiado de opinión.
—Eso no es justo.
—El matrimonio rara vez lo es.
James miró hacia el pasillo.
—¿Theo?
—Ordenando su habitación.
Desde el fondo se oyó:
—¡No, no lo estoy!
James sonrió.
—Familia feliz.
Una hora después dejaron a Theo solo en casa con instrucciones estrictas de pasar la ropa a la secadora cuando terminara la lavadora.
Alicia calculó que había, como mucho, un diez por ciento de posibilidades de que lo hiciera.
El supermercado estaba lleno.
James empujaba el carro mientras Alicia recorría los pasillos.
—Eso no hace falta.
Alicia lo miró.
—Ni siquiera sabes qué es.
—No, pero lo has mirado demasiado rato.
—¿Aceite de oliva?
—Tenemos aceite.
—Nos queda poquísimo.
—Suficiente.
—¿Para qué?
—Para hoy.
Alicia metió la botella en el carro.
James la sacó.
Ella volvió a meterla.
—¿En serio vamos a hacer esto?
—Tú has querido venir.
—Me has obligado.
—Detalles.
James dejó el aceite donde estaba.
Cuando llegaron a la caja llevaban el doble de comida de la que Alicia había pensado comprar y varias cosas que James había añadido sin consultar.
—¿Por qué has cogido tres bolsas de patatas?
—Fin de semana.
—¿Y chocolate?
—También fin de semana.
—¿Y esto?
James miró el paquete que tenía ella en la mano.
—Ni idea.
—Lo has metido tú.
—Tenía buena pinta.
Alicia volvió a dejarlo en el carro.
—No sé qué habría hecho sin tu ayuda.
—He empujado el carro.
—Eso sí.
—Y he pagado.
—Todavía no.
—Tengo intención de hacerlo.
—Entonces retiro lo dicho.
Cuando llegaron a casa, la ropa seguía dentro de la lavadora.
Evidentemente.
—¡Theo!
Nada.
James miró el móvil.
—Se ha ido.
Alicia lo miró fijamente.
—¿Ha dejado la ropa mojada dentro?
James se encogió de hombros.
—Tiene catorce años.
—Deja de decirlo como si fuera una enfermedad.
James se rio.
Alicia pasó la ropa a la secadora.
Sobre la lavadora encontró una nota.
Perdón. No tenía tiempo. Te quiero.
La miró.
James leyó por encima de su hombro.
—Te conoce bien.
—Es un manipulador.
—Es tu hijo.
—Precisamente.
Alicia dobló la nota y se la guardó en el bolsillo.
El resto del sábado transcurrió sin prisas.
Alicia limpió.
James aseguró que la estaba ayudando, aunque su principal aportación parecía consistir en trasladar objetos de una superficie a otra.
Theo volvió poco después de las seis con una camisa limpia que Alicia no había visto nunca.
Lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Por qué me miras?
—No te estoy mirando.
—Sí.
James levantó la vista desde el sofá.
—¿Camisa nueva?
Theo lo miró.
—No es nueva.
—No la había visto nunca.
—Porque no conoces mi ropa.
—Justo.
Alicia siguió doblando ropa.
—¿Dónde estabas?
—Fuera.
—Muy útil.
—Con Marc y gente.
James miró a Alicia.
Gente.
Ella lo ignoró.
—¿Lo has pasado bien?
—Sí.
Theo abrió la nevera.
—¿Qué hay para cenar?
—Comimos hace tres horas.
—Yo no.
—¿Por qué?
—Se me olvidó.
Alicia lo miró.
—¿Se te olvidó comer?
—Estaba ocupado.
James sonrió.
Alicia lo vio.
—No.
—Yo no he dicho nada.
—No hace falta.
Theo los miró a ambos.
—Estáis rarísimos.
Sacó las sobras del tailandés de la noche anterior.
—¿Puedo comer esto?
—Claro.
Desapareció hacia la cocina.
James se inclinó hacia Alicia.
—Una chica.
Ella susurró:
—Seguro.
—Os oigo —gritó Theo desde la cocina.
Los dos se echaron a reír.
El domingo empezó más despacio.
James se quedó en la cama hasta casi las diez.
Theo hasta las once.
Alicia estaba despierta desde las ocho, pero no le importó.
Se sentó en el balcón con café y un libro que apenas leyó, escuchando de vez en cuando algún movimiento dentro del piso.
Salieron hacia casa de su madre poco antes de la una.
Theo llevaba una botella de vino que había elegido James.
—¿Por qué tengo que llevarla yo?
—Porque eres joven —dijo James.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Brazos fuertes.
—Tú eres más fuerte que yo.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Alicia sonrió mientras caminaban.
Por una vez, nadie tenía prisa.
Su madre abrió antes de que Alicia terminara de llamar.
—Ya era hora.
—Dijimos a la una.
Su madre miró el reloj del recibidor.
—Es la una.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué lo dices como si llegáramos tarde?
Alicia se rio.
—No llegamos tarde.
Su madre la besó, después a James y finalmente a Theo.
—Has crecido.
Theo sonrió.
—Eso dijiste la semana pasada.
—Pues deja de crecer.
—Lo intentaré.
El piso olía a pollo asado y romero.
Alicia miró hacia la cocina.
Todo parecía bajo control.
La mesa estaba puesta.
Cuatro cubiertos.
Copas de vino.
Agua.
Pan en una cesta.
Su madre incluso había puesto flores en el centro.
Alicia se relajó.
—¿Te ayudo?
—No hace falta.
—¿Seguro?
—Llevo toda la vida dando de comer a todo el mundo.
—Y no parece que tengas intención de dejarlo.
Su madre la miró.
James se rio.
—No la animes —dijo Alicia.
—No pensaba hacerlo.
—Sí.
Su madre hizo un gesto hacia el salón.
—Sentaos. Cinco minutos.
Y casi exactamente cinco minutos después, la comida estaba en la mesa.
Estaba buena.
No «buena teniendo en cuenta las circunstancias».
Buena, sin más.
El pollo estaba perfectamente hecho. Había patatas asadas, ensalada y demasiado pan.
Su madre le preguntó a James por La Haya.
Solo una vez.
Escuchó mientras él le contaba el viaje y después se quejó de que ya nadie sabía viajar como antes.
—Cuando viajaba con tu padre, te daban comida en el avión.
—En algunos vuelos todavía dan —dijo James.
—No comida de verdad.
—No —admitió él—. Comida de verdad, desde luego que no.
Alicia sonrió.
A su madre siempre le había gustado James.
A veces Alicia pensaba que más que ella.
Theo cogió otra patata.
Su abuela lo miró.
—¿Y Clara?
La mano de Theo se detuvo.
Alicia lo miró.
La pregunta parecía afectarle bastante menos de lo que lo habría hecho tres días antes.
—Hemos roto.
Su madre frunció el ceño.
—¿Y eso?
Theo miró a Alicia.
—Besó a otro.
—Ah.
Su madre volvió al pollo.
Theo la miró.
—¿Eso es todo?
—¿Qué?
—Nada.
Alicia sonrió.
Al parecer, la familia había agotado todas sus posibles respuestas ante una traición adolescente.
Entonces Iaia dijo:
—Ya te lo dije.
Alicia la miró.
—¿El qué?
—Que había otro chico.
La mesa quedó en silencio.
Theo miró inmediatamente a Alicia.
—¿Ves?
Alicia lo ignoró.
—Mamá, ¿qué me dijiste?
Su madre pareció ligeramente molesta.
—Que Clara tenía otro chico.
—Dijiste que la habías visto con alguien.
—Sí.
—¿Cuándo?
Su madre frunció el ceño.
Alicia esperó.
—No me acuerdo.
La respuesta la sorprendió.
Normalmente, su madre rellenaba el hueco.
Un día.
Un sitio.
Una persona.
Algo.
Esta vez simplemente negó con la cabeza.
—Los vi juntos. Ya está.
Theo se inclinó hacia delante.
—¿Qué hacían?
—Theo —dijo Alicia.
—¿Qué?
Su abuela lo miró.
—Hablar.
—¿Solo eso?
—No estaba espiándolos.
James sonrió.
Theo pareció decepcionado.
—Pero tú lo sabías.
Su madre se encogió de hombros.
—Lo sospeché.
—¿Cómo?
Lo miró.
—Por cómo estaba ella con él.
Theo se quedó pensando.
Alicia observó a su madre.
Ahora no había ninguna inseguridad en su expresión.
No buscaba nada.
No intentaba recordar de qué Clara estaban hablando.
Sabía perfectamente a quién se refería.
—No me creíste —le dijo a Alicia.
No era una acusación.
Solo un hecho.
Alicia dejó el tenedor.
—No.
—¿Por qué?
La pregunta fue tan directa que durante un segundo no supo qué contestar.
Su madre esperó.
—Pensé que quizá te habías confundido.
—Ah.
Una pausa.
Después asintió.
—Puede ser.
Alicia la miró.
Su madre comió otro trozo de pollo.
—Pero tenía razón.
Theo se rio.
—Sí, Iaia. La tenías.
Su madre sonrió.
—Bien.
Y, al parecer, ahí terminaba el asunto.
Más tarde, mientras tomaban café, su madre perdió el hilo de una historia sobre una vecina.
—Total, que Marta le dijo…
Se detuvo.
Alicia esperó.
Su madre frunció el ceño mirando la taza.
—¿Qué estaba diciendo?
—Marta.
—¿Quién?
—Tu vecina.
—Ah.
Se quedó pensando.
Después hizo un gesto con la mano.
—Da igual.
Diez minutos más tarde preguntó a Theo si quería más postre después de haberlo visto comerse el último trozo de pastel.
Esos fueron los únicos momentos.
Tan pequeños que probablemente James no los habría notado si no hubiera sabido que debía fijarse.
Alicia sí.
Por supuesto.
Pero también vio todo lo demás.
Su madre había preparado la comida.
Se había acordado de que venían.
Había seguido las conversaciones.
Se había reído con James.
Había tomado el pelo a Theo.
Se acordaba de Clara.
Se acordaba de algo que la propia Alicia había descartado.
Quizá ese era el problema.
Alicia había empezado a escuchar a su madre de otra manera.
Siempre esperaba el error.
A veces con tanta atención que quizá dejaba de ver todo lo que había alrededor.
Su madre incluso había visto a James contestar mensajes de trabajo durante el café y, por una vez, no había dicho nada.
—Reunión importante con un cliente mañana —había explicado James.
Se quedaron hasta casi las cinco.
En la puerta, su madre abrazó a Theo.
—Ya habrá otra chica.
Theo se rio.
—Quizá ya la haya —dijo James.
Theo se giró.
—Papá.
La cara de su madre se iluminó.
—¿Quién?
—Nadie.
—Tres «nadies» —dijo Alicia.
—¡Mamá!
Su madre se rio.
—Muy bien.
—Esta familia es horrible.
—Sobrevivirás —dijo James.
Theo abrió la puerta.
—Os espero en el ascensor.
Alicia besó a su madre.
—Gracias por la comida.
—Venid el domingo que viene.
—Ya veremos.
—¿Por qué?
—Porque quizá tengamos planes.
Su madre pareció ofendida.
—¿Qué planes?
—Todavía no lo sé.
—Entonces no tenéis planes.
James se rio.
—Tiene razón.
—Adiós, mamá.
Su madre sonrió.
—Id con cuidado con el coche.
—Hemos venido andando.
Alicia lo vio enseguida.
La breve pausa.
Los ojos de su madre fueron hacia la ventana.
Después volvieron a ella.
—Sí.
Sonrió.
—Claro.
Alicia volvió a besarle la mejilla.
—Nos vemos pronto.
La tarde del domingo transcurrió sin prisas.
Theo desapareció en su habitación poco después de llegar.
James se puso ropa cómoda y se tumbó en el sofá.
Alicia puso otra lavadora.
—¿Otra vez con la ropa? —gritó James.
—Se reproduce.
—Déjala.
—La estoy dejando. La máquina hace el trabajo.
Volvió al salón y se sentó junto a él.
James levantó un brazo y Alicia se acomodó debajo.
—¿Qué vemos?
—Ni idea.
—Excelente.
Le dio el mando.
—Elige tú.
—Eso parece peligroso.
—Confío en ti.
Alicia lo miró.
—Grave error.
—Probablemente.
Empezó a pasar opciones.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Lo ignoró.
—¿Película?
—Vale.
—¿Comedia?
—Vale.
—Gracias por tu entusiasmo.
—Estoy cómodo.
Alicia eligió una.
El móvil volvió a vibrar.
Lo cogió.
Número desconocido.
Durante un instante no significó nada.
Después abrió el mensaje.
He intentado respetar lo que me pediste. De verdad.
Alicia dejó de respirar.
Llegó un segundo.
Pero sé que tú también sientes algo.
James se movió a su lado.
—¿Qué?
Alicia lo miró.
—¿Qué?
—Te has quedado rara.
—No.
—Sí.
Volvió a mirar la pantalla.
Otro mensaje.
Esto no puede terminar así.
Se le encogió el estómago.
James miró hacia el teléfono.
—¿Todo bien?
Alicia bloqueó la pantalla.
—Sí.
Dejó el móvil boca abajo sobre la mesa.
James volvió a atraerla hacia él.
La película empezó.
Alicia miró la pantalla sin verla.
Desde el martes, Alejandro la había dejado en paz.
Había pensado que eso significaba que lo había entendido.
El teléfono permaneció en silencio sobre la mesa.
Esta vez, Alicia no volvió a tocarlo.