No te fíes de ellos Epílogo
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Epílogo

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Cuatro meses después

El otoño enrojecía las hojas de los árboles de la calle de Claudio Coello de Madrid, en la que se situaban las galerías de arte con más influencia en el mercado.

Exponían una variada selección de obras de Chillida, Maruja Mallo o Dalí.

Y también de algunos pintores latinoamericanos, como Wifredo Lam.

Irene Llamas, vestida con un traje de Prada que unos meses atrás no se habría podido permitir, terminaba de cerrar una compra con la dueña de la sala.

Indicó adónde deberían enviarla y salió a la calle.

Anochecía y la temperatura era agradable.

Mientras caminaba, sacó del bolso un móvil de una marca exclusiva y envió un mensaje de texto en Signal: «La tenemos».

Comprobó la hora y se dirigió hacia las tiendas del callejón que daba a Jorge Juan, una de las zonas más elitistas de la capital.

La noche se aproximaba, pero todavía no habían encendido las farolas, por lo que solo estaba iluminado con la luz de los escaparates.

Irene se detuvo a contemplar el de Ze García, interesada.

De entre las sombras, surgió una figura vestida de negro que llevaba un objeto brillante en la mano. Se dirigió directamente hacia ella sin que se percatara de su presencia, enfrascada, como estaba, en un vestido de fiesta. Cuando llegó a su lado, pasó de largo.

Pero los móviles se rozaron.

Al alejarse, el tipo se quitó la capucha de la sudadera: era Nacho Garmendia. Giró la esquina a paso ligero y se perdió entre los transeúntes.

Cuando ya estuvo lo bastante lejos, comprobó el teléfono. Había recibido un mensaje de Irene: «Se fían de mí».