No te fíes de ellos Capítulo 170
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Capítulo 170

Tras un recorrido que Irene calculó de unos veinte minutos y en el que habían dado vueltas innecesarias, el vehículo se detuvo. Barray soltó los cinturones de seguridad, se bajó y rodeó el todoterreno para abrir el portón de la restauradora, a la que el pañuelo no le permitía ver.

—Por favor —dijo el francés invitándola a bajarse.

Lo hizo torpe.

—¿Puedo mirar ya?

Barray le ajustó la venda y la cogió de la mano para guiarla. Subieron tres escalones que sonaban a mármol bajo el calzado y se abrió una puerta automática.

—Por aquí.

Caminaron seguidos por el eco de un recinto amplio hasta que llegaron a un ascensor.

No los acompañaban, eso quería decir que el francés conocía el recorrido.

Bajaron varios pisos y se detuvieron con una ligera sacudida.

Avanzaron de nuevo. Irene captó un olor que le resultaba familiar; una mezcla entre barniz y disolvente.

Barray le tocó el hombro para que se detuviera y ella notó próximo su cuerpo. Percibió la respiración acompasada y las manos que buscaban la parte posterior de su cabeza. Se quedó quieta mientras le desanudaba el pañuelo.

—No mires hasta que te diga.

Al igual que le habían pedido en el primer encuentro en el Prado o en la visita al templo de Ramsés II en Abu Simbel. ¿Qué sorpresa le depararía? Mantuvo los ojos cerrados y se dejó situar .

—Puedes abrirlos.

Lo hizo; la única luz era la que se colaba por los ventanales cercanos al techo, tenue, y eso ayudó a que las pupilas se acostumbraran tras haber estado cegadas.

Era una sala inmensa, de gran altura, con mobiliario de madera y vitrinas de cristal que contenían objetos que, en un primer momento, no identificó.

Le recordó al museo antiguo de El Cairo, con una estética y un desorden semejantes.

Una vez que se hubo calmado, Barray la invitó a recorrerla.

Había demasiada información. Contempló las esculturas que estaban en el centro: cuerpos desnudos, militares a caballo, venus y mercurios, y varios puestos de trabajo sin restauradores.

A la derecha, en hileras interminables, colgaban cuadros de estilos diversos, ordenados por época, desde el Renacimiento hasta la actualidad; y a la izquierda, infinidad de manuscritos clasificados por el nombre de los escritores.

Un escudo de un halo solar de tamaño considerable presidía la nave.

Estaba en las entrañas de la Corporación, que existía y era real, y no tan solo conjeturas de Nacho.

En ese almacén habría estado escondida durante muchos años La muerte de Clara del Rey.

¿Para qué la habían llevado hasta allí? Sabía demasiado y era un problema para ellos.

Le iban a enseñar los tesoros como muestra de su poder antes de eliminarla.

Tuvo la convicción de que ese paseo sería el último.

—El autorretrato renacentista de Rafael Sanzio —dijo Barray—, el que vamos a ceder al museo.

Irene volvió a la realidad. Habían hablado de ese lienzo en Dubái.

Se acercó interesada. La pintura necesitaba tratamiento, pero no estaba mal conservada, tenía algunas faltas y el barniz amarilleaba.

Lo habitual en una obra de esa antigüedad.

El debate siempre era el mismo: limpiar sin llevarte las veladuras originales, por eso no tocaban La Gioconda, demasiado riesgo.

Barray había avanzado y le señalaba otro lienzo.

—Velázquez. La expulsión de los moriscos .

Irene casi se desmaya. ¡La obra que supuestamente ardió en el Alcázar en 1734 existía!

Se le erizó el vello del cuerpo, sobrecogida.

El sevillano se había lucido en la competición contra sus rivales de la corte: Carducho, Cajés y Nardi.

Y, tras ese cuadro, fue nombrado pintor de cámara.

Con evidentes daños producidos por el fuego, Felipe III, bastón en mano, señalaba a la multitud de hombres, mujeres y niños que, custodiados por soldados, eran expulsados del país.

Una temática controvertida, si apareciera.

—Es… increíble. Habría que proteger la pintura y después consolidarla —dijo absorta.

El francés la miraba vanidoso; era uno de los artífices de que, en el cuatrocientos aniversario de la muerte del artista, la humanidad fuera a disfrutar de una obra de tal maestría, aunque tal vez él no lo viera.

Irene, víctima del síndrome de Stendhal, deambuló por la nave aturdida ante tanta belleza.

No podía ni respirar de la emoción. Incluso había olvidado que su vida peligraba.

Las esculturas que la rodeaban cobraron sentido, una parecía ser de Rodin, o tal vez de Camille Claudel, otra de Donatello, de Bernini.

Llegó frente a un conjunto de una originalidad prodigiosa.

Representaba a un becerro al que adoraban varias figuras que se entrelazaban lujuriosas, a la par que comían sin medida.

Los cuerpos se fundían los unos con los otros en un portento de expresividad.

—¿Miguel Ángel?

Barray movió ligeramente la cabeza con una sonrisa provocadora. La apuesta era aún más arriesgada desde el punto de vista técnico que el Laocoonte y sus hijos.

—¿Con qué se corresponde? —la retó.

A Irene se le iluminó la cara.

—No es posible…

—Dime.

—¡El Moisés ! ¡Lo complementa! —dijo alzando la voz—. ¡Es lo que mira el Moisés !

Recordó el aspecto colérico, la terribilità, el gesto fruncido y los músculos tensos a pesar de estar sentado, con las tablas de la ley bajo el brazo.

En el Antiguo Testamento se cuenta que permaneció demasiado tiempo con Yahvé en el monte y que el pueblo le desobedeció en su ausencia.

Cuando regresó, adoraban a ídolos paganos.

—No puede ser —se repetía Irene, que trataba de convencerse de que los ojos no la engañaban—. ¡¿Por qué me enseñas esto?!

—Porque eres de las pocas personas que de verdad lo valoran. Creo que te lo debía.

Esas palabras le causaron gran impacto.

Trastornada, se acercó al conjunto escultórico y puso la mano sobre el muslo de una de las mujeres desnudas. Había aprendido a tallar en Bellas Artes, aunque después se especializara en restauración.

—Es como si la piel latiera —dijo recorriendo con los dedos las vetas del mármol—.

Es un arte tocado por los dioses. ¿Cómo se puede extraer tanta vida de un bloque de piedra?

Hace falta sensibilidad y fuerza. La gente no se da cuenta, debes tener en la cabeza las tres dimensiones y retirar lo que sobra, con precisión, sin permitirte un fallo.

Un solo golpe fuera de sitio y destruyes el trabajo de meses.

Y lo hacían con cincel, nada de técnicas modernas de martillo compresor.

Barray la observaba fascinado. Trabajaba rodeado de millonarios que aseguraban adorar el arte, pero ninguno lo comprendía como Irene. Para ellos era una posesión, como las empresas, los apartamentos de lujo y los yates. O, sobre todo, las mujeres.

No entendían su valor y menos aún el de los autores. Ese genio, en ocasiones atribulado, que los impelía a crear, a buscar lo sublime o lo siniestro del ser humano, aunque no fuera lógico ni sensato. Y no les trajera paz, sino desdicha.

Esa pasión irrefrenable.

—Podréis chantajearlos, arrebatarles las obras, pero nunca poseeréis el alma de los artistas.

El francés guardó un silencio trágico que ella interpretó como una despedida.

La manera más digna de morir era rodeada de belleza.

La Corporación nunca le permitiría salir de allí después de haberlos descubierto.

Levantó la mano para retrasar lo inevitable, se acercó a la obra de Miguel Ángel y la abrazó. Una lágrima resbaló por su mejilla.

Pasados unos segundos, se volvió hacia su asesino.

—Estoy lista.