No te fíes de ellos Capítulo 160
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Capítulo 160

El Réquiem de Mozart sonaba en el maravilloso piano blanco del salón, que recordaba al del óleo del escocés Arthur Melville.

El estilo del ático combinaba de forma respetuosa espacios abiertos de muebles de estilo afrancesado con sofás y lámparas de diseñadores actuales; techos altos que mantenían el artesonado original, columnas de madera vistas, una biblioteca con miles de ejemplares y pinturas de Francis Bacon, Vlaminck o Tàpies.

A través de los visillos de los ventanales se adivinaba el Palacio Real, iluminado.

Dos copas de champán reposaban al lado del atril.

Irene, de pie, escuchaba la melodía, amedrentada por los acontecimientos.

Barray la había conducido hasta allí con la promesa de una explicación que no obtenía, centrado en hacer sonar las teclas de colores invertidos, como era moda en el siglo XVIII .

—¿Dónde está Max Utiel? —preguntó con la voz temblorosa.

—Conoces la música, ¿verdad? —dijo Barray sin dejar de interpretar—. ¿La conoces?

—Es… una de mis piezas favoritas, pero no entiendo qué hacemos aquí.

—Cuentan que, en 1791, Wolfgang Amadeus Mozart recibió la visita de un hombre misterioso que le encargó componer una misa de réquiem.

Le adelantó el dinero y le entregó una carta con instrucciones.

Mozart trabajó la pieza con pasión enfermiza, y su salud se deterioró: agotamiento extremo, fiebre.

Llegó a estar tan obsesionado con la creación que pensó que componía la pieza para su propio funeral .

—Y murió sin terminarla. Conozco la historia —respondió, impaciente—. ¿Qué le ha pasado a Max Utiel?

—No tengas prisa, ma chérie. Su mujer, Constanze, y diversos colaboradores completaron la versión que conocemos ahora.

Franz Xaver Süssmayr tuvo que orquestar las ocho secciones esbozadas, del «Dies irae» al «Hostias».

Más polémicos fueron el «Sanctus», el «Benedictus» y el «Agnus Dei», de las que no había borrador.

Fuera como fuese, se estrenó en enero de 1793.

—No entiendo para qué me cuentas eso.

No había advertido hasta aquel momento, centrada en la conversación, que la melodía del «Sanctus» variaba y no era la que conocía. Barray notó la extrañeza sin que hiciera falta que lo mencionara. La miró mientras sus largos dedos se deslizaban con precisión por las teclas.

—En 2056 se cumplirá el trescientos aniversario del nacimiento de Mozart.

Irene se quedó congelada con el dato. Intuía lo que venía a continuación.