Capítulo 112
Había sido una noche inolvidable. El yate, los invitados exclusivos, Jans Timmermans, que le presentó al príncipe saudí.
Todo el mundo había sido encantador con ella, protagonista en los distintos corrillos en los que había conversado sobre el Goya.
Barray la había acompañado y agasajado. Nunca la habían tratado así, ni en el trabajo ni en la pareja.
Ya de madrugada, en el fueraborda que los había acercado al hotel, no pararon de comentar la futura exposición en el Prado. Michel Barray le había ampliado mil detalles, siempre prudente con los dueños de las obras.
—La relación entre Madonna y Basquiat fue pública —dijo Irene para tentarle a que compartiese algo más sobre el tema.
Barray cedió, cautivado por la situación mientras se bajaban en el embarcadero privado que daba al hotel.
—Ella contaba que, al despertarse en mitad de la noche, se encontraba con Basquiat frente al cuadro, en trance. Decía que a veces se asustaba porque no podía despertarlo. Era pura inspiración.
—¿Has conocido a Madonna?
—En alguna fiesta en Nueva York, pero hace tiempo.
—No en los ochenta, serías muy joven.
—Un chaval. Me habría encantado vivir esa época llena de artistas en el East Village. También estaban por ahí Keith Haring, Barbara Kruger con sus collages, Deborah Harry…
—No duraron mucho como pareja.
—Apenas unos meses, pero muy intensos —explicó el francés—. Ambos tenían veintitantos años y la relación fue tormentosa. Una noche, Madonna entró en el Mudd Club y le dijo que no aguantaba. Por lo visto, Fred Hoffman se llevó a Basquiat. Estaba fatal. «Me rompió el corazón», repetía.
—¿Hoffman es el que después se encargó del legado?
—Eran muy amigos. Basquiat tenía muchos problemas con la heroína por aquel entonces y ella no lo soportó.
—Murió de una sobredosis, ¿verdad? —preguntó Irene mientras caminaban ya por el descomunal vestíbulo.
Barray tardó en contestar un segundo más de lo que habría sido lógico.
—Así es. Una lástima. Era un grande.
—El valor de sus cuadros se disparó. Suele ocurrir cuando un artista prometedor muere joven.
—Pero nos perdimos sus futuros trabajos. ¿Quién sabe lo que podría haber salido de sus manos?
—Una pena —respondió, sincera.
—Tenía un sentimiento de culpa por haber triunfado mientras su entorno sufría por problemas económicos. Se hacía amigo de los grafiteros de la calle, les intentaba dar trabajo. Al final, el éxito te separa de tu gente. Es irremediable.
Subieron en el ascensor a la planta cuarenta y cinco y el camino se les hizo corto, habrían querido departir durante más tiempo.
—Lo cuentas como si lo hubieras vivido —señaló Irene mientras recorrían el pasillo.
Michel Barray sonrió enigmático.
—Desde la época de Goya, ¿te imaginas?
La afirmación desconcertó a Irene.
—Ya me habría gustado. Me interesa la vida de los creadores, y he conversado con gente que los conoció y con los familiares cercanos, que mantienen la tradición con el boca a boca.
—Se podría escribir un libro con esas vivencias.
—Las familias son muy celosas de su intimidad. No accederían a publicarlas .
—Me alegra haber entrado en este círculo, aunque sea como visitante ocasional —respondió Irene, encantadora.
Esas palabras satisficieron a su interlocutor. La restauradora había roto la aversión hacia ellos y se había encontrado cómoda en el yate, al hablar con Jans o ahora, a punto de besarse con el francés.
Llegaron a la puerta de la habitación y se detuvieron. Se produjo un silencio antes de que ella sacara la tarjeta y la colocara en el sensor para que se abriera. Pero no empujó la puerta. ¿Qué venía tras una jornada así? Le faltaba mundo para responder.
—Ha sido alucinante. Gracias —dijo tan solo.
La conversación había despertado su pasión por el arte. ¿O sería algo más?
Se acercó despacio a Barray, ambas caras quedaron a escasos centímetros, se miraban con intensidad. Los claros ojos del francés brillaban, e Irene notó cómo el corazón se le desbocaba. Se besaron suavemente en los labios y la cercanía se mantuvo unos segundos. Barray se separó con delicadeza.
—También para mí ha sido una noche increíble. Mañana te llevaré a visitar las galerías de arte de Dubái, merecen la pena. Y por la noche te tengo reservado algo muy especial para que el viaje sea inolvidable.
Irene, ilusionada con la promesa, entendió que se acababa la velada. Era tarde y Barray, demasiado caballeroso. Asintió y volvió a colocar la tarjeta en la puerta. Esta vez sí la abrió. Cuando ya iba a pasar, el francés la llamó:
—Irene…
Ella se giró con la esperanza de que quisiera quedarse, pero le tendía el pasaporte.
—Gracias —dijo al cogerlo, y entró.
Ya a solas, se quitó los zapatos. Hasta ese momento no había sido consciente de lo que le dolían los pies a causa de los tacones.
Fue al baño a desmaquillarse y se miró al espejo.
Estaba ruborizada como las mujeres que tan bien había reflejado Rubens, con esos coloretes que las hacían más atractivas.
No se podía engañar a sí misma, deseaba que tocaran a la puerta y que fuera Michel Barray, se abrazaran y desnudaran juntos con pasión.
Estaba entregada.
Aproximó el oído al tabique por si escuchaba movimiento en la habitación contigua. Sonaba música clásica; juraría que el Réquiem de Mozart, apenas perceptible.
Pero el francés no llamó.