No te fíes de ellos Capítulo 83
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Capítulo 83

A Irene, el carnet del Consejo Internacional de Museos le abría las puertas de cualquier institución relacionada con la cultura.

El Archivo de Huesca no iba a ser menos.

La funcionaria, orgullosa porque alguien se interesara por el monasterio que había sido tan relevante durante cientos de años para el pueblo de Casbas, la guio encantada.

Atravesaron el vestíbulo presidido por una talla de la Virgen y bajaron unos escalones empinados hacia la sala en la que guardaban los archivos. La rodilla estaba mejor, cojeaba imperceptiblemente.

—Es una pena que se cerrara —dijo la restauradora por empatizar con su acompañante.

—Ya le digo. Mi abuela vivía cerca. Esas monjas eran encantadoras, y no tan mayores. Pero quedaban solo cuatro y el edificio es inmenso. La madre Nuria, la abadesa, no podía con la intendencia y dos hermanas tenían achaques de salud. Pero, fíjese, seguían con la cerámica y las pastas.

—¿Y qué fue de ellas?

—Alguna se salió de la orden y las demás se marcharon a Santo Domingo de la Calzada, creo recordar. Se rumorea que ahora el monasterio lo han comprado unos inversores por algo más de un millón de euros.

Podía parecer que el precio era alto al sumarle el coste de restaurarlo, pero con la aparición del Goya quedaría más que justificado el gasto. Resultaría ridículo.

—¿Y sabe si alguien ha mantenido relación con ellas? —preguntó Irene—. Me encantaría conocerlas .

—El párroco del pueblo las visitaba de vez en cuando. La última murió hace un año o así. Ya estaba mayor, pero tenía la cabeza estupenda, según contaban.

—Un año, ¿está segura?

—Sí, fue en mayo, eso lo recuerdo. Salió algún artículo en prensa.

Por esas fechas, la Corporación adquirió el monasterio, pensó Irene.

¿Habría conexión entre ambos sucesos? Ningún testigo vivo podría negar que el cuadro estuviese allí.

Se acordó de la conversación con Michel Barray: «No tenemos prisa», y se le puso la piel de gallina.

Si las teorías de Nacho fueran acertadas, ese sería el lema de la sociedad secreta.

No tenían prisa: conseguían la obra de Goya y, años después, decidían cuándo era el mejor momento para aflorarla.

Entonces, compraban el monasterio como excusa y esperaban a que no quedasen testigos.

¿Qué más daba unos años más o menos en un proceso de doscientos?

Para llevar a cabo una planificación tan elaborada deberían tener una infraestructura mantenida a lo largo de los siglos.

Llegaron al almacén repleto de estanterías metálicas con archivadores e iluminado por neones. La funcionaria se detuvo delante de un armario bajo de contrachapado.

—Ahí los tiene —dijo.

—¿En el armario?

—Algunos están microfilmados. —Señaló un ordenador que había sobre la mesa adyacente e introdujo la clave.

Se abrió una carpeta: «Casbas2004»—. Hemos empezado por los más antiguos.

Es una tarea meticulosa porque los pergaminos están deteriorados y hay que ser muy cuidadoso al fotografiarlos. Debe de haber más de cuatrocientos.

—Tampoco son muchos si tenemos en cuenta que el monasterio se fundó en el siglo XII .

—No sabemos cuántos se perdieron durante la Guerra Civil.

Al regresar las monjas intentaron recuperarlos; algunos los habían quemado, otros estaban tirados por el suelo.

Incluso se encontraron a los niños del pueblo jugando con ellos como si fuesen espadas.

Están más o menos ordenados por siglos, aunque la archivera no da abasto.

La dejo, usted sabe de sobra cómo tratarlos.

—Muchas gracias —respondió Irene.

La funcionaria se despidió con una sonrisa amable y salió.

Irene dejó en el suelo su pequeña mochila.

Delante tenía una mesa con un gran almohadón para depositar los libros antiguos y que no sufrieran.

Le temblaban las manos, y no era lo más adecuado para manipular documentos.

Se sentó y se tomó unos segundos para serenarse.

No iba a ser ella la que tuviera urgencia ahora, emplearía el tiempo necesario.

Como se imaginaba, Nacho no se había presentado. Casi lo prefería. Ella tendría la información y ya vería cuál era el mejor modo de emplearla.

Respiró varias veces en profundidad y decidió comenzar por los microfilmados.

Abrió uno al azar. Estaba en latín, se alegró de haberlo estudiado durante la carrera.

«Celestino III toma bajo su protección al monasterio de Casbas, consintiendo que tomen la regla cisterciense de San Benito».

El siguiente: «Bula de Clemente VII por la que se permite a las monjas dormir en celdas individuales en lugar del dormitorio común».

Menos mal, no tendrían que aguantar los ronquidos de las hermanas, pensó.

Enseguida comprobó que los documentos escaneados, dotes al ingresar en la orden, testamentos y nombramientos de albaceas, donaciones de tierras, acababan en el XVII , por lo que cerró la carpeta digital y miró de nuevo al armario.

Tenía que haber de fechas posteriores. A no ser que fueran los que ardieron.

Se puso de pie, caminó los pasos que la separaban de los documentos y abrió el primero de los cajones alargados; ante ella, pergaminos de distintos tamaños, legajos, un libro encuadernado en piel de manera artesanal y documentos sueltos.

Se sobrecogió: ahí estaba condensada la vida de cientos de religiosas durante siglos, las inquietudes de la comunidad sin apenas contacto con el exterior.

Como decía Barray, y ella había comprobado cuando se alojó en conventos de otras órdenes, eran personas especiales, sin estrés, con lazos personales muy fuertes.

Siempre envidió el buen cutis que tenían.

La paz y la espiritualidad debían de dar belleza y juventud, algo que el resto de los mortales trataba de conseguir con cremas y operaciones.

No beber, ni fumar, ni preocuparse por pagar hipotecas seguro que ayudaba.

La mayoría estaban bien conservados y también en latín. Cogió el primer pergamino, lo acarició y sintió una gran responsabilidad.