No te fíes de ellos Capítulo 81
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Capítulo 81

Irene se había pedido el lunes libre.

En el museo lo entenderían, después de la semana tan estresante que habían vivido necesitaba descansar, o eso pensarían ellos.

Y Carlos ya estaba enojado, en cualquier caso.

Asumía el riesgo de que el enfado fuera a más.

Por una vez, no iba a ser ella la que cediera.

Pretendía llegar hasta el fondo de la investigación.

Era como si tuviera una misión en la vida, conocer la verdad.

Creía que el Goya era auténtico, pero no era capaz de disfrutarlo.

Barray y la ministra habían jugado con ella, y pretendía saber hasta qué punto era cierta la historia que habían contado.

Si la procedencia estuviera documentada, ni Patrimonio ni nadie podría rebatirla.

En un primer momento, influida por Nacho, había tenido la sospecha de que el montaje alrededor de la aparición era un invento.

Sin embargo, la hoja con el presupuesto que había cogido en el sótano del monasterio le hacía dudar de la teoría inicial del matemático.

A primera hora llamó a las oficinas que estaban en el arzobispado, situado en la plaza de la Catedral, y la citaron a las diez y media de la mañana para ver los documentos.

Desayunó sin hambre y se acordó de que tenía una amiga de confianza en la empresa de transportes que había elaborado el presupuesto.

Si bien era un movimiento arriesgado, la llamó desde el manos libres del coche.

En algún apunte figuraría ese traslado especial .

—Menuda movida con el cuadro de Goya —le dijo la amiga antes de saludarse.

A Irene le dio pereza la conversación, pero si querías recibir, tenías que dar.

—Ha sido agotador —confesó—, pero las pruebas indican que es auténtico.

—Pues es una pasada. Estoy deseando ir a verlo en persona.

—Claro, lo tendremos un tiempo en el taller.

—La gente no es consciente de que se trata de un hecho histórico. A mí me habéis alegrado la vida.

El entusiasmo de la amiga le elevó la moral. No podía perder de vista que el descubrimiento de La muerte de Clara del Rey era un suceso extraordinario que, para bien o para mal, siempre iría ligado a su nombre.

—Por cierto, ¿te puedo hacer una consulta?

—Dispara.

—He visto un presupuesto remitido por vosotros que se podría corresponder con el traslado del cuadro. Estamos inventariando la documentación para estudios posteriores —mintió con convicción. Estaba aprendiendo a hacerlo.

—No me suena. Déjame que mire.

Irene le dio la fecha y algunos detalles técnicos mientras se adentraba en la ciudad de Huesca y seguía las indicaciones del navegador.

—Mira, aquí está —dijo la amiga tras unos segundos en los que se la oyó teclear en el ordenador.

A Irene se le congeló la sangre. El presupuesto era real.

—Ah, no —se corrigió—. Lo hicimos, pero al final no nos lo encargaron a nosotros.

—¿Sabes quién lo hizo?

—Ni idea, pero somos muy pocas las empresas que movemos con seguridad un cuadro de esas dimensiones.

—Vale. Muchas gracias, en cualquier caso.

—No hay de qué. Me pasaré a verlo .

—Te espero.

Irene colgó un tanto desilusionada, aunque la gestión resultó útil. A pesar de que ellos no habían sido, se deducía que el cuadro estuvo en el monasterio y alguna empresa lo había trasladado.

Ya veía la catedral al fondo.

En pocos minutos tendría acceso a los archivos de Casbas.