Los padres no tienen que cotillear
Hacía dos segundos que Goa se había despedido de sus amigas y había colgado la videollamada grupal cuando su madre le preguntó:
—¿Con quién hablabas? ¿Con Ana y Nadia?
Goa se quitó el auricular del oído y preguntó:
—¿Nos estabas escuchando?
—No, pero lo he deducido.
—Sí, eran ellas.
—¿Y qué tal? ¿Qué se cuentan?
—¡Mamá, a ti qué te importa!
—Ay, ¡solo era curiosidad!
—Mamá, los padres y las madres NO tendríais que cotillear nunca nuestras cosas… Son nuestras y es nuestra intimidad con nuestros amigos. No hace falta que me lo preguntes porque no te lo contaré.
—¡Ay, Goa, no es para tanto, tampoco hace falta que te pongas así! —Su madre no comprendía por qué tenía la piel tan fina y se ofendía tan rápido. ¡Ella solo le había preguntado qué se contaban!
—Es que siempre me lo preguntas… ¿Acaso te pregunto yo lo que hablas con Zu o con la madre de Bruno? ¿Verdad que no? Bueno, es que tampoco me importa mucho, la verdad…
Julia decidió no dar mucha importancia a lo que le estaba diciendo su hija, porque, si no, se acabaría ofendiendo.
—Te quería comentar que Zu y yo hemos hablado hace un rato de todo lo que estaban viviendo, pero también de lo que vamos a hacer juntos por vacaciones y hemos decidido que nos vamos a juntar todos para San Juan .
Es decir, nos iremos tú, yo y ellos tres los cuatro días del puente de la verbena porque en julio nos costaba coincidir entre casales, campamentos y el trabajo de ella y el mío. ¿Qué te parece?
Goa no se lo esperaba. Creía que, si se veían, iba a ser al cabo de mucho más tiempo, hacia mediados o finales de verano… Pero ¡San Juan era al cabo de poco más de dos semanas! ¡¡¡OH MY GOA!!! ¿Iba a ver a Klaus? ¿Iban a pasar cuatro días y tres noches juntos? Se puso nerviosa de golpe.
—Eh… Ah… Bueno… OK.
—¿«OK» ahora para los adolescentes es bueno o es malo? Es que a veces no te entiendo. Cuando te digo «OK» por WhatsApp, me dices que no te lo puedo decir, que sueno maleducada… ¿Y si lo dices tú de viva voz es bueno?
—Ay, mamá… No es tan complicado. ¡OK es OK! Que vale.
—Pero ¿te hace un poco de ilusión o ninguna?
La verdad era que le hacía mucha ilusión , no solo porque hacer algo especial para la verbena de San Juan siempre era una buena noticia, sino porque ahora que se había muerto el abuelo de Klaus, poder pasar tiempo con él le apetecía mucho.
Para ayudarlo, animarlo y porque cada vez que oía su nombre o veía un mensaje suyo el corazón le daba un vuelco.
Sí, le seguía gustando y por más que lo había intentado no se lo podía sacar de la cabeza.
Y ahora… ¿iban a pasar cuatro días juntos?
HALA… Eso sí que era acabar bien el día festivo…
—Sí, mola que nos vayamos con ellos —admitió al final Goa.
—Uf, qué descanso… No sabía si te apetecería. Como a veces me dices que Klaus y tú estáis bien y no lo estáis… ¿Y ahora, qué? ¿Os lleváis bien? ¿Habláis?
—Mamá, ¿en qué hemos quedado sobre cotillear?
—Ay, Goa… Con las ganas que tengo yo de que me cuentes cosas de tu vida…
—Te las voy a contar cuando yo quiera, no cuando tú me lo pidas… Y ahora estoy demasiado cansada como para hablar de nada… Déjame dormir un rato.
—¿Dormir? ¿Y yo conduciendo? Venga, por favor… ¡No te duermas y hazme compañía! —le suplicó su madre.
—¡¡¡Es que estoy reventada!!!
—¿Y cómo te crees que estoy yo? Hagamos algo: te dejo poner la música que tú quieras y ya no te voy a preguntar nada más sobre tu vida, pero no me dejes sola conduciendo, please!
—Vaaaaaaleeeeee… ¡¡¡Pues prepárate, porque pienso cantar como una loca!!!
Goa agarró el teléfono móvil de su madre, abrió la aplicación de Spotify (que estaba conectada con el navegador del coche) y puso una de sus listas preferidas de música.
Estaba tan contenta de saber que iba a ver a Klaus al cabo de pocos días que, para expresar tanta alegría, bajó el cristal de la ventanilla y ¡se puso a cantar con el viento en la cara a más no poder!
En el asiento del conductor, su madre se arrepentía un poco de no haberla dejado dormir. Pero en el fondo pensó que no había nada en el mundo que igualara la plenitud que sentía de ver a su hija tan feliz.
Goa pensó que con todo lo que había ocurrido ese día y con la dificultad de tener que ver sin gafas, no le había contado a nadie que Klaus le había dicho que la quería.
Quizá se le había escapado, pero ella lo había entendido perfectamente.
Respiró hondo un momento, notando el viento en la cara y sintiendo cómo la canción le entraba por todos los poros de la piel y pensó: «Creo que yo también te quiero, Klaus» .