No puedo dormir Capítulo Tres
100%

Capítulo Tres

Querido Jack,

Arjángelsk suena como un lugar mágico. Ese nombre. Arcángel . Me recuerda a ese villancico, ya sabes, el de la tierra dura y el invierno desolado. Exactamente así me lo imaginaba, como una escena de postal navideña con árboles cargados de nieve y llanuras heladas que se extendían hasta el infinito.

Eché un vistazo a la página de Wikipedia y empecé a aprender un vocabulario completamente nuevo.

La tundra , la taiga , los zapovédniks : la vasta naturaleza salvaje y todas las formas de describirla.

Tantas palabras distintas para la desolación.

Si los esquimales tienen cincuenta palabras para la nieve, los rusos tienen infinitas maneras de describir páramos yermos.

Simplemente no era propio de ti . No éramos gente del Ártico, ni tú ni yo. Te habrías puesto el abrigo de invierno en agosto si no quedara tan ridículo. No sé cómo pensabas que ibas a aguantar en el Círculo Polar Ártico.

Sé que era un puesto prestigioso para ti, que tuviste que imponerte a la competencia para conseguirlo, pero de alguna manera, pensé que con conseguir la oportunidad bastaría.

Pensé que querías que te ofrecieran el puesto, no aceptarlo de verdad.

Nunca até cabos, por estúpido que pueda sonar.

Pensé que estabas emocionado por tu éxito, y yo estaba contenta por ti.

De verdad que lo estaba. Pero lo de ir de verdad...

Desde el momento en que me lo dijiste, fue como si hubieras abierto una compuerta. Arjángelsk era lo único de lo que hablabas.

¿Te acuerdas de cuando sacaste aquel mapa como si estuvieras en una novela de fantasía, a punto de emprender una aventura mítica en busca del anillo único o como se diga?

Bueno, de eso sabes tú más que yo, pero no es eso lo que quiero decir.

Elevaste tu puesto a proporciones fantásticas.

Era una oportunidad que te cambiaría la vida, una misión geológica importante.

Para mí era, como todos tus otros viajes, unas semanas fuera mirando piedras.

—Si te esforzaras más en entender, lo pillarías —me decías. Como si fuera falta de comprensión lo que me impedía interesarme.

Nunca me importaron las rocas. Me importaba estar contigo, y tu trabajo me lo impedía. Las rocas eran mi némesis. ¿No es triste?

Desplegaste el mapa, nítido, nuevo, recién sacado de su envoltorio de plástico, sobre nuestra vieja mesa de cocina, cubriendo las huellas de nuestra vida sólida y bien usada con tus planes de futuro.

Observé distante, aunque intentando mostrar algo de entusiasmo, mientras tratabas de localizar el óblast de Arjángelsk.

Te pasaste de largo, clavando el dedo en algún punto de la costa norte de Rusia, quizás a mil kilómetros de tu destino real.

Después de tantear un poco, encontraste la telaraña de Moscú y te orientaste desde allí.

Norte, norte, norte hasta el borde del mar Blanco.

El nombre Arjángelsk más hacia el Polo, aquel paisaje de fantasía sepultado bajo la nieve.

El crudo invierno. Chocolate caliente mágico y delicias turcas conjuradas.

Animales convertidos en piedra por una bruja malvada, y tú allí, picando esas piedras, intentando descubrir el significado de su interior.

Hiciste todo lo posible por involucrarme mientras reunías tu equipo, comprabas ropa de abrigo, calcetines gruesos y ese tipo de botas especializadas que no venden en Foot Locker.

Cuanto más equipo y ropa llenaba el cobertizo, más concreta e ineludible se volvía la verdad.

Te ibas a Rusia, y no había nada que yo pudiera hacer al respecto.

O al menos eso es lo que pensaba entonces.

No puedo escribir más.