Capítulo 26
I
La mente de Claire Harper no se había detenido desde la tarde anterior, cuando Lucas le había anunciado con total normalidad que ese jueves iría a Albuquerque para que Emily conociera a Thomas y a Mercedes.
Lo primero que experimentó ante esta declaración fue un ardor.
Un ardor de celos, una herida de humillación que la rasgó por dentro, como si subiera desde su vientre hasta su pecho y que la hizo sentir una furia que en ese instante no imaginaba cómo podría contener.
No dijo nada. Solo lo miró a los ojos, parpadeó un par de veces, recreó un gesto de indiferencia y continuó en sus asuntos, con el desgarre emocional en su interior.
Sin embargo, esa mañana de jueves se había levantado de la cama con una resolución en mente.
No había dormido en toda la noche, así que contó con todas las horas de la madrugada para orquestar cada detalle del camino que se había trazado.
Atendía la librería mecánicamente, mirando ansiosa a cada instante el Kit-Cat Klock , y no fue sino hasta que vio pasar a Indie ante sus ojos al regresar del colegio que su aprensión se transformó en otra cosa: pasó de la ansiedad inerte a la ansiedad funcional, reactiva.
La niña saludó sin mayores muestras de afecto.
Desde el fin de semana, la pequeña estaba viviendo y superando su enojo a su manera, con las defensas en alto, como si tuviera que protegerse de un par de desconocidos a los cuales les temía.
Subió con la mochila sobre los hombros, dispuesta a cumplir con su rutina: darse un baño, tomar el almuerzo, cambiarse de ropa e ir al conservatorio para tomar sus clases de piano con su amada maestra, la señorita Sinclair.
Apenas puso un pie en su dormitorio y se descolgó la mochila de los hombros, Claire apareció en la puerta detrás de ella como un espectro. Indie se sobresaltó y la miró de arriba abajo con un gesto de absoluta desconfianza.
—¡Indie! —dijo forzando un tono casual que no sonaba espontáneo para nada—. Acompáñame a la tienda, ¿quieres? Tengo que ir por unas cosas.
—¿A la tienda? —La miró con el ceño un poco fruncido—. ¿A esta hora? Pero tengo que tomar un baño, almorzar… ¡Se me hará tarde para mi clase de piano!
—¡Prometo dejarte en el conservatorio cuando salgamos de la tienda!
—Pero tengo hambre… —replicó—. No he comido nada desde el desayuno…
—¿Qué te parece si te llevo a comer a ese lugar que tanto te gusta?
En otra oportunidad, la chica habría dado un salto de gozo, pero en la voz, en la mirada y en la actitud de su madre, había un rasgo que la incomodaba.
—No. Prefiero prepararme para mi clase de piano…
—¡Indie! —insistió y ya comenzaba a perder la paciencia—. Debo ir a la tienda y no quiero dejarte sola en casa mientras me ausento…
—Pero ya me he quedado sola otras veces y no ha pasado nada…
—¡Pero esta vez quiero que vengas conmigo! —Por un tris no gritó—. Vamos a comer, compramos lo que necesito para la cena en la tienda y te dejo en el conservatorio…
—Pero quiero cambiarme de ropa…
Cuando la niña miró de soslayo la cómoda a un costado, se dio cuenta de un ligero detalle: una de las gavetas estaba ligeramente abierta y, al mirar dentro de ella por esa rendija, notó con inquietud que estaba vacía.
Entonces palideció y Claire lo notó. Claire supo que sabía.
La chica comenzó a dar pasos hacia atrás y la madre se fue sobre ella.
—¡Nos vamos! —La tomó por las muñecas con fuerza—. ¡Nos vamos ahora mismo de este maldito lugar!
—¡No! ¡No! —Comenzó a forcejear con ella con toda la energía de sus casi catorce años.
Claire la tomó por el brazo, la haló fuera de la habitación e Indie se sujetó al marco de la puerta con sus dedos.
La madre, ahora más fuera de sí de lo que lo había estado en todo ese tiempo, tomó sus dedos con los suyos, apartándolos del marco de la puerta con determinación, poco le importó en ese instante cuidar sus delicadas manos de pianista o provocarle alguna lesión.
—¡Nos vamos! —repitió—. ¡No crecerás en esta casa llena de mentiras! ¡Nos iremos ahora mismo a otro lugar, donde puedas estar lejos de ese maldito mentiroso!
—¡No! ¡Suéltame! —gritó de forma frenética—. ¡No iré contigo a ninguna parte! ¡No necesito ir a ningún otro lugar! ¡Esta es mi casa! ¡Es mi casa!
Para ese momento, Claire había logrado que soltara el marco de la puerta y la arrastraba por el pasillo, hasta que la niña se lanzó al suelo y la madre no tuvo otra alternativa que tomarla por los tobillos, antes de que gateara hasta su habitación y se encerrara en ella.
—¡Aún puedo salvarte de toda esta mierda! —dijo, frenética—. Ya perdí a Emily, no te perderé a ti.
—¡Suéltame! —insistió y había empezado a sollozar—. ¡Me haces daño!
Se sujetó del sofá, sin éxito. El mueble fue arrastrado con ella por algunos centímetros.
—¡Me lo agradecerás! ¡Cuando seas grande y puedas ponerte en mi lugar, cuando seas adulta y tengas la vida que yo no tuve, sé que me lo agradecerás!
Claire logró que Indie se incorporara y ya estaban allí, en la antesala de la escalera, forcejeando, gritando, cuando la niña, en un último intento por defenderse, mordió a la madre en el brazo con tal fuerza, que no se detuvo hasta que sintió en su boca el sabor de su sangre.
Claire, que gritaba de ira y de dolor, la apartó de sí con un golpe.
Un golpe que fue más un impulso por defenderse al notar que le causaba semejante daño que el mero deseo de lastimarla, pero esto no impidió que Índigo rodara escaleras abajo ante la mirada perpleja de su madre.
Al llegar abajo, la chica golpeó la cabeza contra la pared y se mantuvo inmóvil.
—Mierda… —Claire temblaba de un modo tan descontrolado, que dudaba que pudiese bajar las escaleras sin que las piernas le fallaran—.
Mierda, no… No, no, no… —Comenzó a repetir el monosílabo como una demente, bajó despacio, se inclinó sobre la hija e Indie lanzó un quejido imperceptible que la hizo cobrar el aliento—.
¡Ah! —resopló tomándose el pecho, aliviada de constatar que seguía con vida—. ¡Gracias al cielo!
Supo que la oportunidad era única. Alzó a la chica del suelo como pudo, valiéndose de su estado de inconsciencia, y la arrastró por el depósito, la subió al asiento posterior de la camioneta, se aseguró de que el seguro para niños de ambas puertas estuviese habilitado, miró cómo la camisa beige que llevaba ese jueves estaba completamente manchada de sangre gracias a la mordida que Indie le había provocado, lanzó un quejido de dolor y pensando que podría ocuparse de eso más tarde, subió al vehículo, lo sacó de la cochera con torpeza y con un temblor en todo el cuerpo, con reflejos erráticos y con una forma de conducir defensiva, se marchó calle abajo como si fuese una verdadera fugitiva.
Como si se tratase de una Medea posmoderna que castiga, fuera de sí, a su Jasón por haberla herido de la forma en la que lo había hecho con su mentira; con su secreto.
¡Con ese maldito secreto que lo había arruinado todo!
Sabía que el punto débil de Lucas Harper era Índigo y con esto, sin dudas, lo pondría de rodillas.
Esta era, por encima de cualquier propósito de alejar a su hija de un padre mentiroso, una venganza. Una dolorosa venganza.
Lo primero que notó Lucas al regresar a Willowbrook es que la cortina metálica de la librería estaba abierta y que todas las luces de la tienda estaban encendidas, aun y cuando eran las nueve de la noche.
Sintió de inmediato un golpe de terror en su pecho y, cuando la puerta de la cochera se abrió ante él, ver que el espacio estaba vacío lo hizo mascullar una maldición.
Descendió de la furgoneta con rapidez, y desde que estaba en el depósito comenzó a gritar el nombre de Claire y de Indie, frenéticamente.
Subió al piso de arriba y vio cómo uno de los sofás de la sala estaba en otra posición, como si alguien lo hubiese empujado, vio una silla del comedor caída y toda la escena le hablaba de un forcejeo, de violencia.
Corrió a la habitación de su hija y encontró la mochila tirada sobre la cama.
Abrió las gavetas de la cómoda y una a una le fue contando, tan desprovistas como estaban, de la pesadilla que estaba por comenzar para los Harper.
Todas las cosas de Indie habían desaparecido y en el closet solo encontró ropa vieja, que ya le quedaba tan pequeña, que perfectamente podía descartarse.
—¡No!
Se tomó la cabeza con ambas manos, se sacó el teléfono del bolsillo de la chaqueta, corrió a su habitación y le bastó ver el desorden que había en ella para inferir, en un minuto, que Claire también se había llevado consigo lo más que pudo.
Llamó a su esposa; no tuvo éxito. Marcó ese teléfono al menos unas diez veces, sin respuesta.
Minutos más tarde, cuando Lucas había logrado sentarse en el borde de la cama para procesar todo lo que estaba pasando, escuchó la voz de Emily al otro lado de la línea:
—¡Emily! ¡Emily! —gritaba y sobresaltó a la joven en un segundo—. ¡Tu madre se fue de la casa! ¡Se fue de la casa y se llevó a Índigo! ¡Claire secuestró a mi hija!
FIN DEL PRIMER LIbrO
[1] Spellbound (película): Película dirigida por Alfred Hitchcock en 1945, conocida en español como Recuerda . Es un thriller psicológico protagonizado por Ingrid Bergman y Gregory Peck, que explora el psicoanálisis y los sueños a través de una trama de suspense .
[2] Miklós Rózsa: Compositor húngaro (1907-1995) reconocido por su trabajo en la música de cine. Ganó tres Premios Óscar y es especialmente conocido por sus partituras para películas como Spellbound (1945), Ben-Hur (1959) y El Cid (1961).
[3] Gregory Peck: Actor estadounidense (1916-2003) considerado una de las grandes estrellas de la era dorada de Hollywood. Ganó el premio Óscar por su interpretación en Matar a un ruiseñor (1962) y es conocido por películas como Spellbound (1945), Roman Holiday (1953) y The Guns of Navarone (1961).