Capítulo 23
I
Claire Harper estaba de pie frente al espejo del baño, observando su reflejo.
Había reconocimiento en su mirada, pero también extrañeza.
Las raíces grises que habían comenzado a asomar hacía semanas ahora formaban una línea evidente contra el castaño desvaído de su cabello.
Había pospuesto la cita en el salón tres veces ya, cada vez con una excusa diferente: demasiado trabajo en la librería, Indie tenía compromisos, Lucas necesitaba que se quedara para recibir una entrega.
Pero la verdad era más simple y más complicada a la vez: simplemente no tenía energía para preocuparse por esos detalles que antes consideraba fundamentales.
Se pasó los dedos por el cabello, intentando darle algo de forma, pero incluso ese gesto le parecía agotador.
Sus ojos, que siempre habían sido su mejor característica según Lucas, ahora parecían apagados, rodeados de ojeras que el maquillaje ya no conseguía disimular por completo.
No es que hubiera dejado de maquillarse, eso habría sido demasiado obvio, sino que lo hacía de manera mecánica, sin la precisión cuidadosa que antes la caracterizaba.
—Mamá, ¿has visto mi libro de matemáticas? —La voz de Indie llegó desde el pasillo, acompañada del sonido de cajones abriéndose y cerrándose.
—No lo sé, cariño —respondió Claire, aplicándose rímel con movimientos automáticos—. Pregúntale a tu padre.
Era la respuesta que había estado dando durante semanas para cualquier cosa relacionada con Indie.
Tareas, permisos, decisiones sobre actividades extracurriculares, incluso cosas tan simples como qué preparar para el almuerzo escolar.
Todo se derivaba hacia Lucas con una frase que había perfeccionado: «Pregúntale a tu padre, él es quien tiene la última palabra aquí ahora. »
La primera vez que lo había dicho, Lucas la había mirado con curiosidad, preguntándole si se sentía bien.
Ella había respondido con una sonrisa forzada que él había interpretado como cansancio normal.
Era más fácil dejar que pensara eso que explicar la verdad: que cada decisión, cada responsabilidad maternal, se sentía como una montaña imposible de escalar.
Terminó de arreglarse y bajó a la librería. Era un martes de marzo y, aunque el sol primaveral se filtraba a través de las ventanas, Claire sentía como si estuviera moviéndose a través de un mundo opaco, donde los colores parecían desaturados y los sonidos llegaban amortiguados.
—Buenos días —murmuró al pasar junto a Lucas, quien estaba organizando una nueva exhibición de libros de jardinería cerca de la entrada.
—Buenos días, mi amor —respondió él, sin levantar la vista de los libros que estaba acomodando—. ¿Dormiste bien?
—Sí —mintió ella, dirigiéndose hacia la caja registradora.
La verdad era que había estado despertándose a las tres o cuatro de la madrugada durante semanas, con una sensación de ansiedad que no conseguía identificar ni calmar.
Se quedaba allí, mirando el techo, escuchando la respiración regular de Lucas, sintiéndose completamente sola a pesar de estar acompañada.
La mañana transcurrió con la rutina habitual.
Clientes que entraban buscando libros específicos, otros que solo navegaban entre los pasillos, el sonido constante de la máquina de café que Lucas había instalado en una esquina para crear un ambiente más acogedor, el aroma de las galletas recién horneadas.
Claire atendía a todos con la eficiencia profesional que había desarrollado durante años, pero sus movimientos eran mecánicos, como si estuviera siguiendo un guion memorizado hace mucho tiempo atrás.
—¿Señora Harper? —Una cliente mayor se acercó al mostrador con un libro de recetas en las manos—. ¿Este libro incluye comidas para diabéticos?
Claire tomó el libro y lo hojeó, leyendo la contraportada con una concentración que requería más esfuerzo del que debería.
—Sí, tiene una sección completa dedicada a recetas apropiadas para personas con diabetes —respondió, entregándole el libro de vuelta—. Está en el capítulo seis.
—Perfecto. Me lo llevo entonces.
Mientras procesaba la venta, Claire se dio cuenta de que había olvidado sonreír durante toda la interacción. Antes, esas pequeñas conversaciones con los clientes le resultaban naturales, incluso placenteras. Ahora se sentían como actuaciones agotadoras.
Lucas se acercó al mostrador cuando la cliente se fue.
—¿Te parece si Indie viene conmigo a Albuquerque el próximo miércoles?
—preguntó—. Podría faltar a clases ese día y aprovechar para comprarle ropa nueva.
Está creciendo muy rápido… ¡Además, le encantará conocer el departamento de Emily y Rory!
Tiene meses pidiéndome que la lleve y aún no la he complacido.
Claire lo miró por un momento, procesando la pregunta como si hubiera sido formulada en un idioma extranjero.
—Tú decides —respondió, volviendo a organizar los recibos que ya estaban organizados—. Eres tú quien maneja esas cosas ahora.
Lucas frunció el ceño.
—Claire, sabes que no se trata de quién maneja qué. Solo pensé que te gustaría opinar sobre…
—No tengo opinión —lo interrumpió, pero con una finalidad que no admitía discusión—. Si crees que es lo mejor para ella, hazlo.
Había perfeccionado ese tono: no agresivo, no sarcástico, simplemente… vacío. Como si hubiera desconectado emocionalmente de todas las decisiones familiares que antes consideraba su territorio.
Lucas la observó por un momento más, pero luego asintió y regresó a su trabajo.
Claire sabía que él interpretaba su comportamiento como una especie de delegación madura, como si hubiera decidido darle más espacio para ser padre.
No tenía idea de que lo que estaba haciendo era construir un muro invisible entre ella y todo lo que requería energía emocional.
Esa tarde, cuando Indie llegó de la escuela, la rutina se repitió.
—Mamá, Rowan me invitó a dormir en su casa el viernes. ¿Puedo ir?
—Pregúntale a tu padre —respondió Claire sin levantar la vista del inventario que estaba revisando—. Él es quien decide sobre esas cosas.
Indie se quedó parada junto al mostrador por un momento, confundida por la constante derivación hacia Lucas, pero se encogió de hombros y fue a buscar a su padre.
Claire había desarrollado una rutina perfecta: mantenía las apariencias durante el día, funcionaba como se esperaba que funcionara, pero había vaciado sistemáticamente toda la carga emocional de sus responsabilidades. Era como si hubiera encontrado una manera de estar presente sin estar allí.
Por las noches, cuando la familia se reunía para cenar, ella participaba en las conversaciones lo mínimo necesario.
Preguntaba sobre las clases de Indie, escuchaba a Lucas hablar sobre los nuevos libros que había conseguido, respondía cuando le dirigían preguntas directas, pero había una cualidad etérea en su presencia, como si estuviera allí pero separada por una película invisible.
—¿Estás bien, mamá? —Le preguntó Indie una noche, después de que Claire hubiera respondido «está bien» a tres preguntas diferentes sin procesarlas.
—Estoy perfectamente bien, cariño —respondió Claire con una sonrisa que había ensayado hasta perfeccionar—. Solo un poco cansada del trabajo.
Y no era mentira. Estaba cansada. Pero no del trabajo físico de la librería, sino del trabajo agotador de mantener la fachada de normalidad cuando por dentro sentía como si estuviera desmoronándose, pieza por pieza.
Lucas, absorto en sus propias preocupaciones y en los viajes cada vez más frecuentes que hacía a Albuquerque, muchos de ellos atribuidos a la excusa de echarles un vistazo a Emily y Rory, no parecía notar los cambios sutiles o, si los notaba, los atribuía a cansancio normal, a los cambios naturales que vienen con la edad, a la adaptación de tener una hija mayor viviendo lejos de casa.
No se daba cuenta de que la mujer que había estado a cargo de cada detalle de sus vidas durante años había comenzado a desaparecer, dejando solo una versión funcional, pero emocionalmente ausente de sí misma, y Claire había perfeccionado el arte de hacer que esa ausencia pareciera una presencia tranquila, esa depresión pareciera serenidad, esa desconexión pareciera madurez emocional.
Era, por lejos, la actuación más agotadora de su vida.
Un jueves por la mañana, Claire encontró el sobre junto a otros en el buzón rojo de correo que estaba a un lado de la puerta de la librería.
Era de papel reciclado, con el logo de «Alianza para Familias en Necesidad» impreso en una esquina.
Lo recogió junto con el resto de la correspondencia, pero cuando leyó el encabezado, algo se detuvo en su interior.
Estimados miembros de la comunidad de Willowbrook:
Durante la primera semana de abril, nuestros voluntarios estarán recorriendo los vecindarios para recoger donaciones de ropa, juguetes y artículos domésticos que ya no utilicen. Estas donaciones van a familias locales que han enfrentado dificultades económicas inesperadas…
Claire siguió leyendo mientras Lucas terminaba de abrir la librería.
La carta continuaba explicando cómo las donaciones ayudaban a familias que habían perdido empleos, madres solteras, familias con gastos médicos inesperados.
La descripción de esas vidas fragmentadas resonó en un lugar profundo de su pecho .
—¿Qué es eso? —preguntó Lucas, pasando junto a ella frente al mostrador con una caja de libros nuevos.
—Una organización que recoge donaciones —respondió Claire, doblando la carta—. Ropa y cosas que ya no usamos.
—Ah, qué buena idea. Seguramente tenemos muchas cosas acumuladas —dijo Lucas, ya enfocado en desempacar los libros.
Claire se quedó con la carta en las manos por el resto de la mañana.
Cada vez que tenía un momento libre, la releía, especialmente la parte que describía cómo las familias a veces necesitaban reconstruir sus vidas desde cero después de crisis inesperadas.
En esas palabras descubrió un matiz que se sentía familiar.