Capítulo 19 #9
Edward Whitmore era un hombre de sesenta y ocho años que había mantenido esa presencia imponente que venía de décadas de éxito en bienes raíces comerciales.
Su cabello gris estaba perfectamente peinado, su traje era costoso sin ser ostentoso y tenía una manera de ocupar el espacio que sugería que estaba acostumbrado a que las personas lo escucharan cuando hablaba.
Patricia, por su parte, era una mujer que había perfeccionado el arte de la elegancia discreta.
Su cabello rubio tenía ese tono que solo se conseguía en salones de belleza costosos, llevaba puesto un conjunto de suéter y falda que quizás costaba más que el presupuesto mensual de ropa de toda la familia Harper y tenía esa sonrisa que conseguía comunicar afecto genuino y evaluación crítica al mismo tiempo.
—Lucas —dijo Edward, extendiendo una mano que el marido de Claire aceptó con la consciencia de que estaba siendo evaluado—. ¿Cómo van las cosas en el mundo de los libros?
—Muy bien, gracias —aseguró, recurriendo a una versión más formal de sí mismo que aparecía cuando interactuaba con los Whitmore—. El negocio ha estado estable.
—Me imagino que debe ser desafiante mantener una librería independiente en estos tiempos —comentó Patricia con una delicadeza que convertía la posible crítica en simple conversación—. Con todas las cadenas grandes y ahora internet…
Típico comentario que los Whitmore hacían: no un insulto, sino una observación que conseguía recordarle a Lucas las limitaciones de su elección profesional sin que pareciera que lo estaban atacando.
—Hemos encontrado nuestro nicho —respondió Lucas cuidadosamente—. Los clientes valoran el servicio personalizado.
Indie apareció por fin, interrumpiendo la música al oír la campanilla. Se acercó a sus abuelos con cariño contenido y una cautela discreta, esa que se aprende cuando una crece bajo la mirada exigente de Patricia.
—Hola, abuela Pat —susurró, aceptando el abrazo que Patricia le ofreció.
—¡Indie! —Patricia recorrió su figura con una mirada crítica apenas disimulada—. Te ves muy bien, cariño. ¿Has estado practicando tu piano?
—Sí, abuela. Todos los días.
—Excelente. La disciplina musical es tan importante para el desarrollo del carácter —Patricia dirigió una mirada hacia Lucas, que conseguía comunicar aprobación por el progreso musical de Indie y una pregunta sutil sobre si estaba recibiendo la educación «apropiada»—.
¿Y Emily? ¿Dónde está nuestra estrella universitaria?
—Fue a la biblioteca con una amiga —repuso Claire, ignorando a dónde había ido a parar su hija en realidad—, pero estará de vuelta para la cena.
Lucas la miró de soslayo como si intuyera algo que ella ignoraba.
¿Estaba Emily en la biblioteca? Por supuesto que había visto su rostro esa mañana cuando salió de casa rumbo a la escuela.
Ese gesto de dolor contenido, esa preocupación trepidante solo podría hallar consuelo en un solo lugar: los brazos de Rory Luna, así que no, no necesitaba ser un adivino para saber dónde podía estar la chica en este preciso instante y sí, puede que lo hubiesen tildado de irresponsable, pero de ser ciertas sus sospechas, sintió alivio por su hija, porque en ningún otro lugar podría estar más segura.
—Bueno —continuó su esposa; el entusiasmo en su voz sonaba un poco tenso—. ¿Por qué no cerramos la librería por unas horas y subimos a relajarnos? Tengo la cena casi lista.
La sugerencia tomó a Lucas por sorpresa. Claire nunca cerraba la librería durante las horas de operación regular y el hecho de que estuviera dispuesta a hacerlo ahora sugería que consideraba esta visita más importante que el negocio que estaban tratando de mantener a flote.
—Claire, es lunes por la tarde. Podrían venir clientes…
—Un par de horas no van a arruinar el negocio —respondió ella y su tono hizo que Lucas entendiera que no le estaba haciendo una sugerencia. Ya había tomado una decisión—. Además, ¿cuándo vamos a tener otra oportunidad de celebrar algo así?
Lucas observó mientras Claire se dirigía hacia la entrada principal, volteó el cartel de «Abierto» a «Cerrado» y giró el cerrojo. Era un gesto simbólico que comunicaba que los Whitmore tenían prioridad sobre cualquier otra consideración, incluyendo el sustento de la familia.
Mientras subían las escaleras hacia el piso superior, Patricia observó el espacio con precisión casi clínica.
—La casa se ve muy bien, Claire —comentó—. Has hecho un trabajo excelente manteniendo todo en orden.
Una vez instalados en la sala, con las bebidas servidas y la conversación fluyendo hacia terrenos seguros, Edward se recostó en su sillón con una comodidad calculada, señal de que estaba listo para abordar asuntos más serios.
—Bueno —dijo, dirigiendo una sonrisa hacia Lucas y Claire—, cuéntennos sobre Berkeley. Debe ser una sensación increíble tener una hija aceptada en una universidad de ese calibre.
—Estamos muy orgullosos —respondió Claire y Lucas pudo escuchar esa nota de triunfo en su voz que había estado presente desde que Emily había hecho el anuncio—. Emily trabajó muy duro para llegar a este punto .
—Por supuesto que sí. —Patricia asintió con aprobación—. Siempre supimos que tenía el potencial. Es una chica muy inteligente.
Entonces Edward se inclinó hacia delante. Lucas reconoció de inmediato la expresión: era el preludio de una pregunta que prefería no escuchar.
—Por supuesto —añadió con un tono suavizado en exceso—. Berkeley… ¡Sí que hicieron un buen trabajo con la educación de las niñas! Vaya que será una inversión considerable.
La palabra «inversión» revoloteó por toda la sala con un peso que Lucas sintió en su estómago. Edward había formulado una típica evaluación disfrazada de cumplido.
—Sí —respondió Lucas—. Es una universidad costosa.
—¿Costosa cómo? —preguntó Patricia con supuesta curiosidad casual que en realidad era fría y calculada—. Quiero decir, ¿estamos hablando de veinte, treinta mil al año?
Lucas intercambió una mirada con Claire, consciente de que estaban entrando en territorio que habían evitado durante años.
—Cuarenta mil o un poco más —admitió Claire—. Incluyendo los gastos de manutención.
El silencio que siguió fue denso y cargado. Lucas vio cómo Edward y Patricia intercambiaban una mirada que comunicaba volúmenes sin palabras.
—Cuarenta mil —repitió Edward lentamente—. Por año. Durante cuatro años.
—Es una inversión en su futuro —dijo, con una rigidez en la voz que delataba que se sentía cuestionada—. Emily puede hacer cosas extraordinarias con una educación así. Y si obtiene una full scholarship , las reglas del juego cambian.
—Oh, sin duda —Patricia se apresuró a asegurar—. No estamos cuestionando el valor de la educación, mucho menos sus capacidades… Emily es una chica excepcional. Es solo que… bueno, es una suma considerable. En especial después de…
Se detuvo, pero Lucas sabía lo que había estado a punto de decir. Después de la última vez que los Harper habían tenido problemas financieros. Después de la última vez que habían tenido que pedir ayuda.
—Nos las vamos a arreglar —dijo Lucas, tratando de mantener su voz firme—. Hemos estado planificando esto.
—¿Planificando? —Edward lo miró con una expresión de curiosidad profesional que había desarrollado durante décadas de evaluar la viabilidad financiera de diferentes proyectos—. ¿Tienen fondos de educación establecidos? ¿Inversiones que están madurando?
Ahí estaba ya la pregunta que Lucas había estado temiendo.
No había fondos de educación. No había inversiones madurando.
Solo había un negocio pequeño que generaba ingresos modestos; algo de dinero ahorrado, más para emergencias que para llenar las arcas de Berkeley; y una familia que había estado viviendo de mes a mes durante años, con una delgada línea de holgura.
—Tenemos algunas opciones —respondió vagamente.
—¿Opciones? —Patricia se inclinó hacia delante. Parecía ahora mismo muy interesada en descubrir información importante—. ¿Qué tipo de opciones?
Claire, que había estado observando el intercambio con creciente incomodidad, intervino.
—Bueno —intentó sonar casual—, será desafiante, no voy a mentir, pero no imposible y ya saben lo que dicen sobre las inversiones en educación: nunca se deprecian.
Era una frase que no respondía la pregunta y Lucas pudo ver que los Whitmore lo habían notado.
—Por supuesto —Edward asintió, pero no parecía satisfecho con las evasivas de su hija—, pero Claire, hija, estamos hablando de ciento sesenta mil dólares en total. Esa no es una suma que la mayoría de las familias tienen disponible sin una planificación financiera considerable.
La implicación estaba ahí, flotando en el aire como una acusación silenciosa. Lucas sintió que algo se contraía en su pecho al darse cuenta de hacia dónde se dirigía esta conversación.
—Papá —intentó reír de forma natural, sin éxito ninguno—, ya les dije que solo tendremos que pagar la matrícula inicial, además, Emily obtuvo una beca parcial por méritos académicos. Lo que sucederá después es que, gracias a su promedio, podrá optar a una beca completa y…
—¿Estás planificando la economía familiar sobre las bases de una suposición?
—Las palabras de Edward sonaron como un latigazo—.
No quiero subestimar a mi nieta, pero… ¿Y si la chica no obtiene el promedio?
¿Y si hay muchos más estudiantes optando por esa beca?
¿Y si los cupos se agotan semestre tras semestre y ella queda fuera del programa?
—Claire palideció un poco—. Vamos a restringirnos a los hechos, Claire: ciento sesenta mil dólares en total… ¿Qué tienes que decir al respecto?
—Es una suma grande —admitió la hija—, pero Emily se lo merece y encontraremos la manera de hacerlo funcionar.
—¿Cómo? —preguntó Patricia—. Lucas —miró a su yerno cada vez más incómodo—, sin ánimo de ser indiscreta, pero la librería… ¿De verdad genera suficientes ingresos para sostener ese tipo de gasto educativo?