No nacemos monstruos (288 Harmony Road 1) Capítulo 19 #8
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Capítulo 19 #8

—¿Cómo podías saberlo? —respondió ella—. Yo apenas lo estoy entendiendo ahora.

Rory la miró, viendo no solo a la chica que amaba, sino a alguien que estaba enfrentando uno de los momentos más complejos y definitorios de su vida.

Haciendo mano de la nobleza que lo caracterizaba, se movió para envolverla en sus brazos, sosteniéndola con la firmeza gentil de alguien que entendía que a veces el amor significaba estar presente en el dolor de otra persona.

Emily se relajó contra él, como si sus brazos fueran el primer lugar seguro que había encontrado desde que había tomado su decisión.

—¿Sabes lo que más me asusta? —murmuró contra su hombro.

—¿Qué?

—Que te alejes de mí. Que decidas que es más fácil empezar a dejarme ir ahora que esperar hasta agosto. Que desaparezcas de mi vida gradualmente para que, cuando llegue el momento de irme, ya no importe.

Las palabras golpearon a Rory como un puñetazo al estómago, porque reconoció la verdad que contenían. Había una parte de él que había estado considerando esa estrategia, pensando que tal vez sería menos doloroso para ambos si empezaban a crear distancia ahora.

—Emily, mírame —dijo, apartándose lo suficiente para poder ver su rostro—. No voy a desaparecer. No voy a alejarme de ti.

—¿Lo prometes? —Había una desesperación en su voz que hizo que él entendiera cuánto necesitaba escuchar esas palabras.

—Te lo prometo —respondió sin vacilación—, pero más que eso, quiero proponerte algo.

—¿Qué?

Rory tomó sus manos entre las suyas, recordando las palabras de Cormac sobre tender puentes y descifrar distancias.

—Quiero que trabajemos por hacer esto posible. Los mil ochocientos kilómetros, la distancia, toda la complejidad de mantenernos conectados a pesar de estar en lugares diferentes. Quiero que intentemos tender ese puente entre Berkeley y Willowbrook .

Emily lo miró con una expresión de esperanza cautelosa.

—¿Realmente crees que podríamos hacerlo funcionar?

—Creo que vale la pena intentarlo. Creo que lo que tenemos es lo suficientemente real y lo suficientemente fuerte como para sobrevivir la distancia, si ambos estamos comprometidos a hacerlo funcionar.

—¿Y si no podemos? ¿Y si la distancia es demasiado?

Rory consideró la pregunta, recordando las palabras de su abuelo sobre Seamus y Brigid.

—Entonces habremos luchado por algo que valía la pena y habremos sabido que nos amamos lo suficiente como para intentarlo, incluso cuando era difícil.

Era lo que Emily necesitaba escuchar: no promesas imposibles sobre certezas que ninguno de los dos podía garantizar, sino el compromiso de luchar por lo que tenían durante el tiempo que pudieran hacerlo.

—¿De verdad quieres intentarlo? —preguntó ella—. ¿A pesar de todo lo complicado que va a ser?

—Quiero intentarlo —respondió Rory sin vacilación—. Pero solo si tú también lo quieres. Solo si estás dispuesta a comprometerte a hacer esto funcionar, incluso cuando sea difícil.

Emily lo miró durante un largo momento y él pudo ver cómo procesaba no solo lo que él había dicho, sino lo que significaría para ambos si decidían tomar este camino.

—Sí. Quiero intentarlo. Quiero luchar por nosotros.

Con aquella declaración mutua de compromiso, algo cambió en el aire entre ellos. Sus problemas no habían desaparecido; la distancia tampoco había dejado de ser una amenaza real, pero ahora tenían un plan, una dirección hacia la cual trabajar.

—Entonces tenemos seis meses —dijo Rory—. Seis meses para hacer nuestros lazos tan fuertes que puedan sobrevivir a cualquier cosa.

—Seis meses para prepararnos para la batalla más importante de nuestras vidas —añadió Emily y había una determinación en su voz que no había estado ahí cuando llegó.

Se quedaron mirándose durante un momento, ambos entendiendo que habían cruzado algún tipo de umbral. Ya no eran Emily que se va y Rory que se queda . Ahora eran Emily y Rory que van a luchar por lo que tienen .

—¿Sabes qué? —dijo Emily, acercándose más a él.

—¿Qué?

—Justo ahora, en este momento, no hay nada de lo que tengamos que preocuparnos. Berkeley está a seis meses de distancia. Los problemas que van a venir están a seis meses de distancia. Pero nosotros estamos aquí, juntos, ahora.

Rory entendió lo que ella estaba sugiriendo y sintió que algo se encendía en su pecho, que no tenía nada que ver con la desesperación y todo que ver con el amor y la esperanza.

—¿Quieres ir a mi habitación?

—Sí —respondió ella sin vacilación—. Quiero estar contigo. Quiero recordar por qué vale la pena luchar por esto.

Se encaminaron al dormitorio tomados de la mano, conscientes de que estaban a punto de crear un momento que serviría como ancla durante los meses difíciles que vendrían. No estaban escapando de la realidad, estaban reafirmando lo que tenían; celebrando lo que valía la pena preservar.

En la habitación de Rory, se amaron con una lentitud deliberada, como si estuvieran burlándose del tiempo, demostrando que tenían control sobre al menos este momento, este espacio, esta conexión entre ellos.

No había urgencia, no había desesperación, solo la comprensión profunda de que estaban fortaleciendo algo que necesitaría ser lo suficientemente firme como para resistir todo lo que el futuro les trajera.

Cuando se quedaron acostados en silencio, envueltos en los brazos del otro, Emily apoyó su cabeza en el pecho de Rory y escuchó el latido constante de su corazón.

—¿Sabes de qué me di cuenta? —murmuró contra su piel.

—¿Qué?

—Que si podemos hacer que estos próximos seis meses sean los mejores de nuestras vidas, si podemos usar este tiempo para hacernos más fuertes en lugar de prepararnos para el final, entonces ganarle la partida a la distancia va a ser mucho más fácil.

Rory besó la parte superior de su cabeza, sintiendo una paz que no había experimentado desde que había escuchado la palabra Berkeley por primera vez.

—Entonces eso es lo que vamos a hacer —dijo—. Vamos a hacer que estos sean los mejores seis meses de nuestras vidas.

Era una promesa que ambos sabían que podrían cumplir, porque habían encontrado una manera de transformar la cuenta regresiva hacia la separación en una cuenta regresiva hacia algo que valía la pena construir.

V

A las 14:13 del lunes, la cocina de los Harper había sido transformada en un teatro de operaciones culinarias.

Claire se movía entre las hornillas y el horno impulsada por la energía frenética que caracterizaba su comportamiento desde el anuncio de Emily, pero ahora amplificada por la proximidad de una audiencia que consideraba crucial: sus padres .

La mesa del comedor, normalmente reservada para ocasiones especiales, había sido cubierta con el mantel de lino que Claire había heredado de su abuela, complementado por la vajilla de porcelana que solo salía del armario durante las festividades navideñas.

Las copas de cristal capturaban la luz de la tarde que se filtraba por las ventanas, creando pequeños arcoíris sobre la superficie pulida de la mesa.

En el horno, un asado se cocía lentamente, llenando toda la casa con un aroma que prometía horas de preparación meticulosa.

Sobre la estufa, las papas hervían junto a las zanahorias glaseadas, mientras Claire verificaba el estado de los panecillos que había decidido hacer desde cero, a pesar de que compraba el pan en la panadería del centro.

—Indie —llamó desde la cocina. Su voz sonaba urgente.

Urgente o atareada, ya que estaba tratando de controlar múltiples variables al mismo tiempo—, ¿podrías tocar algo para mí?

—La niña inclinó un poco la cabeza. Se sintió como un cachorro al que su amo le ordena hacerse el muerto—.

Algo clásico, pero no demasiado solemne.

Desde la librería llegó el sonido del piano mientras Indie comenzaba a tocar una de las piezas de Bach que había estado perfeccionando, sus dedos moviéndose sobre las teclas con precisión, la misma que había desarrollado bajo la tutela de Aria Sinclair, pero la manera en que tocaba, una tensión sutil en la interpretación, sugería que estaba tan consciente como cualquier adulto de que algo importante estaba sucediendo en la casa.

El problema es que no sabía qué, y Rowan no estaba allí para conversarlo con ella .

Lucas estaba en la trastienda, organizando el inventario, tratando de mantenerse ocupado para no tener que procesar lo que significaba que los padres de Claire estuvieran viniendo para celebrar una decisión que él sabía que iba a arruinar financieramente a la familia.

Había sacado los títeres del teatro infantil que necesitaban reparaciones menores, ocupando sus manos mientras su mente navegaba territorio emocional que no sabía cómo manejar.

El sonido de las campanillas de la librería a las 14:31 interrumpió sus pensamientos. Escuchó los pasos apresurados de Claire dirigiéndose hacia la entrada, seguidos por voces que reconoció inmediatamente: Edward y Patricia Whitmore habían llegado puntuales a la cita.

—¡Mamá! ¡Papá! —La voz de Claire, desde la entrada, tenía ese matiz agudo que le surgía cuando estaba nerviosa, pero intentaba sonar entusiasmada—. ¡Qué bueno que pudieron venir!

—Por supuesto que pudimos venir —respondió una voz masculina que Lucas reconoció como la de Edward, cargada de aquella autoridad que había intimidado al librero desde el día en que había conocido a los padres de Claire—. No todos los días nuestra nieta es aceptada en Berkeley.

Lucas guardó los títeres y se dirigió hacia la entrada, consciente de que su presencia era esperada, pero no por eso deseada.

Los Whitmore tenían una manera de hacer que se sintiera como un invitado en su propia casa, una dinámica que había aceptado durante años, pero que hoy, después de todo lo que había pasado con Claire, se sentía difícil de soportar.