Capítulo 19 #3
Claire sintió que algo se desplomaba en su pecho. Esta era la conversación que ella había estado temiendo. La que había estado manteniendo a Lucas despierto por las noches durante semanas.
—No lo sé, Lucas. Honestamente, no tengo idea.
—Cuarenta mil dólares al año, Claire. Durante cuatro años. Estamos hablando de ciento sesenta mil dólares en total. ¿Me puedes decir dónde está todo ese dinero? ¿De dónde lo sacaremos para que tú puedas mantener tu celebración durante todo este tiempo?
Las cifras cayeron en el aire de la cochera como piedras. Claire se apoyó contra la pared, sintiendo el peso de los números que la abrumaban, en especial porque esa era supuestamente su área: los cálculos.
—¿Recuerdas la última vez que tomamos una decisión financiera importante sin pensar en las consecuencias? —preguntó en voz baja.
Vio cómo Claire se tensaba.
—Eso fue diferente.
—¿Diferente cómo? ¿Porque esta vez es para Emily en lugar de para ti?
—¡Esa inversión fue inteligente! —La voz de Claire se elevó defensiva—. Si no hubiera sido por la situación…
—¡Claire! ¡Casi perdimos la librería! ¡Casi perdimos la casa! ¡Tuve que pedir dinero prestado a mis padres para mantener a flote el negocio! ¡Dinero que aún debo!
—¡Y salimos adelante !
—¡Salimos adelante porque tuvimos suerte! ¡Y porque aprendimos a ser más cuidadosos con el dinero! —Lucas gritaba—. ¿Y ahora quieres que arriesguemos todo de nuevo?
Claire se acercó a él y Lucas reconoció en su mirada una peligrosa determinación. Había decidido que algo era correcto sin importar el costo de su resolución.
—Lucas, esta es nuestra hija. Esta es su oportunidad de tener la vida que nosotros nunca pudimos darle. ¿Realmente estás sugiriendo que deberíamos negarle eso por dinero?
—No estoy sugiriendo que se lo neguemos. Estoy sugiriendo que seamos realistas sobre lo que podemos y no podemos permitirnos.
—Encontraremos la manera.
—¿Cómo, Claire? ¿Cómo exactamente vamos a encontrar ciento sesenta mil dólares que no tenemos?
Claire se quedó en silencio por un momento y Lucas pudo ver que estaba formulando algo en su mente. Cuando habló de nuevo, su voz tenía una calidad cuidadosa, como si supiera que lo que iba a decir no sería bien recibido.
—Mis padres…
—No. Absolutamente no.
—Lucas, tienen los recursos…
—¡No! —Su voz se elevó más de lo que pretendía—. No vamos a pedirles dinero a tus padres para esto.
—¿Por qué no? ¡Es su nieta! ¡Querrían ayudar!
—Porque ya les hemos pedido dinero antes, Claire —él comenzó a dar vueltas por la cochera como un león enjaulado, acorralado por las circunstancias—. Porque ya los hemos decepcionado antes. Porque no voy a pasar por eso otra vez.
Claire lo miró con expresión de frustración creciente.
—¿Entonces qué propones? —Lo desafió, indignada—. ¿Que le digamos a Emily que no puede ir porque somos demasiado orgullosos para pedir ayuda?
—Propongo que tengamos una conversación honesta con Emily sobre la realidad financiera de Berkeley. Propongo que exploremos opciones de ayuda financiera. Propongo que consideremos alternativas que no nos van a arruinar económicamente.
—¿Como UNM?
—Como UNM.
Claire soltó una risa seca.
—¿Realmente quieres que nuestra hija se conforme con una universidad estatal cuando podría ir a Berkeley?
—Quiero que nuestra hija tenga una educación excelente sin que la familia se endeude para el resto de nuestras vidas.
—¡Eres un hombre sin visión! —La acusación salió de Claire con una vehemencia que sorprendió a Lucas—. ¡Sin ambición! ¡Sin comprensión de lo que importa!
Lucas la miró, sintiendo como si estuviera viendo a una extraña.
—¿Lo que importa? Claire, ¿sabes lo que realmente me importa? La felicidad de nuestras hijas. Su bienestar emocional. El hecho de que puedan tomar decisiones basadas en lo que quieren, no en lo que tú quieres para ellas.
—¡Todo lo que he hecho ha sido por ellas!
—¡Todo lo que has hecho ha sido por la versión de ellas que existe en tu cabeza! ¡La Emily real está arriba llorando porque acaba de perder al amor de su vida para complacer tus ambiciones !
Ella se quedó en silencio por un momento y Lucas esperó que tal vez sus palabras hubieran tenido algún impacto. En lugar de eso, cuando su esposa habló nuevamente, su voz tenía ese tono de manipulación que él no solo había aprendido a reconocer; muy especialmente a temer.
—¿De verdad vas a negarle su futuro a tu hija por dinero? ¿Vas a ser el padre que le dice que no puede tener sus sueños porque son demasiado caros?
Era el argumento perfecto, diseñado para hacer que cualquier resistencia de su parte se sintiera como crueldad.
Lucas lo reconoció por lo que era: manipulación emocional, pero también reconoció la verdad que contenía.
Era su hija. Era su futuro y tal vez, de alguna manera, podrían hacer que funcionara.
—Está bien —su voz sonaba a derrota, incluso para él mismo—. Está bien, Claire. Encontraremos la manera.
Vio cómo la tensión se desvanecía del rostro de Claire, reemplazada por una sonrisa triunfante que había aprendido a asociar, de la peor manera, con conseguir lo que quería.
—Sabía que entenderías. —Se acercó como si fuera a tocarlo, pero Lucas se apartó, dirigiéndose hacia la puerta que conectaba con la trastienda.
—No entiendo nada —dijo en voz baja—, pero voy a hacer esto por Emily. No por ti; por Emily.
II
Emily se había ido. Por ahora, su ausencia era transitoria, pero a la luz de los acontecimientos y de su decisión, ¿cuánto tiempo habría que esperar para que el vacío que dejara a su partida fuese permanente?
¿Dolorosamente permanente? Rory Luna se movía por el auditorio con la escoba en las manos, pero sus movimientos perdieron la gracia que caracterizaba su trabajo habitual.
Cada pasada de la escoba se sentía como un esfuerzo consciente, como si tuviera que recordar cómo hacer algo que en condiciones normales fluía sin pensar.
Había intentado concentrarse en las tareas de siempre: barrer entre las filas de asientos, recoger algún objeto olvidado, verificar que las cortinas estuvieran cerradas, pero cada vez que su mente se quedaba quieta por más de unos segundos, la conversación con Emily regresaba con la fuerza de una ola que lo golpeaba sin previo aviso.
Berkeley. Ya está hecho. No hay vuelta atrás.
Se detuvo a mitad del pasillo central, apoyándose en el mango de la escoba y cerrando los ojos.
El silencio del teatro se sentía denso, cargado de todo lo que había perdido en el espacio de una conversación.
Por primera vez en más de un año, no sabía cómo completar una noche de trabajo que normalmente terminaba en veinte minutos.
Hiciste lo correcto , se dijo, repitiendo las palabras como un mantra.
La alentaste a seguir sus sueños. La amaste lo suficiente como para dejarla ir.
Hiciste lo que un hombre bueno haría, pero saber que había hecho lo correcto no hacía que doliera menos.
No hacía que su pecho se sintiera menos vacío, como si alguien hubiera extraído algo esencial y hubiera dejado un espacio que pulsaba con cada latido de su corazón.
Guardó la escoba en el armario de suministros sin terminar de barrer las últimas filas.
Desde que había comenzado a trabajar en el teatro cuando solo era un chico, no podía continuar.
La idea de quedarse ahí solo, rodeado de asientos vacíos que le recordaban todas las veces que Emily había venido a verlo trabajar, se sentía insoportable.
Subió las escaleras hacia la buhardilla con pasos pesados, cada escalón requiriendo un esfuerzo que no había sentido antes.
Lo único que quería era llegar a su habitación, cerrar la puerta y permitirse sentir todo lo que había estado conteniendo desde que Emily se había montado en su bicicleta y se había alejado en la noche, pero cuando empujó la puerta de la buhardilla, se encontró con algo que no había anticipado.
La sala principal estaba sumida en penumbra, excepto por el círculo dorado de luz que creaba una pequeña lámpara de mesa junto a la ventana.
En esa isla de luminosidad, Fiona estaba sentada con una carpeta abierta frente a ella, documentos municipales esparcidos en ordenado desorden, una taza de té a medio beber a su lado.
Llevaba puestos los anteojos de lectura que solo usaba cuando trabajaba en casa y la concentración silenciosa de su postura hizo que Rory se sintiera como un intruso en su propio hogar.
Su madre alzó la vista al escuchar la puerta y Rory vio cómo su expresión cambiaba de concentración profesional a algo más suave, más maternal.
—Hola, cariño. ¿Ya terminaste abajo?
—Sí —mintió, dirigiéndose hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones—. Buenas noches, mamá.
Pero Fiona lo conocía demasiado bien. La forma en que él había evitado mirarla, la rigidez de sus hombros, activó esos instintos maternales que había desarrollado durante años de descifrar los silencios de sus hijos.
—Rory —lo llamó cuando él ya estaba a mitad del pasillo.
Se detuvo, pero no se volvió.
—¿Está todo bien?
—Todo está bien —respondió sin mirarla a la cara y su voz sonaba desconocida incluso para él mismo, como si perteneciera a alguien que estaba tratando con todas sus fuerzas de mantener algo bajo control.
Fiona lo observó desaparecer por el pasillo y escuchó el sonido de la puerta de su habitación cerrándose con más fuerza de la necesaria.
Se quedó inmóvil por un momento, contemplando los documentos que ya no podía leer, consciente de que algo importante acababa de suceder, pero sin estar segura de qué.
En su habitación, Rory se sentó en el borde de su cama y permitió que todo lo que había estado conteniendo durante horas se derramara.
No fueron sollozos dramáticos, sino algo más silencioso y más devastador: lágrimas que parecían salir de algún lugar muy profundo en su pecho, acompañadas de una sensación de pérdida que no sabía cómo procesar.