No mires debajo de la cama CAPÍTULO 31 — La canción que faltaba
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CAPÍTULO 31 — La canción que faltaba

Martín no se movió. La mujer estaba al fondo del pasillo.

No tenía rostro. No tenía ojos. No tenía boca.

Y, sin embargo, acababa de cantar. La canción de su madre.

La canción que había escuchado tantas veces cuando era niño.

La canción que, en sus recuerdos, siempre terminaba antes del último verso.

Ahora sabía por qué. Su madre nunca había querido terminarla.

Porque el último verso no pertenecía a ella.

Pertenecía a la presencia. Martín retrocedió.

—No.

La mujer inclinó lentamente la cabeza.

—Martín.

La voz salió de todas las paredes. Martín se tapó los oídos.

—No voy a responder.

—Ya lo has hecho.

Martín se quedó inmóvil.

—¿Cuándo?

La mujer levantó una mano. Señaló su pecho.

—Cada vez que recordaste.

Martín sintió un escalofrío.

—Recordar no es responder.

—Para mí sí.

Aurelio apareció a su lado. Pero parecía diferente. Más pequeño. Más transparente.

—No la escuches —susurró.

Martín lo miró.

—¿Qué quiere?

Aurelio respondió:

—Que termines la canción.

La mujer comenzó a caminar. Un paso. Luego otro. No hacía ruido.

—Tu madre dejó la canción incompleta —dijo— porque sabía que si la

terminabas

tú… Martín tragó saliva.

—¿Qué ocurriría?

La mujer se detuvo.

—Recordarías dónde me escondiste.

Martín sintió frío.

—Yo no te escondí.

—No conscientemente.

Las paredes cambiaron. Ya no estaba en el pasillo. Estaba en su habitación de niño. La cama. El armario. La ventana. La mesita. Todo exactamente como lo recordaba. Excepto por una cosa. Había alguien debajo de la cama. Martín cerró los ojos.

—No.

La voz de su madre llegó desde algún lugar.

—Martín.

Él abrió los ojos. La habitación estaba vacía.

—No mires debajo de la cama.

Martín retrocedió. La mujer sin rostro estaba junto a la cama.

—Eso te dijo tu madre.

Martín negó.

—Y funcionó.

—No.

La mujer se arrodilló.

—Solo consiguió que nunca miraras.

Martín sintió que las piernas le temblaban.

—¿Qué hay debajo?

La mujer levantó lentamente una mano. Señaló la cama.

—Tú.

Martín no respiró.

—No.

—El que tenía cuatro años.

Martín recordó a Aurelio. El niño. El miedo. La habitación. Pero aquello no era Aurelio. La mujer continuó:

—Debajo de aquella cama dejaste una parte de ti.

Martín miró a Aurelio.

—¿Es cierto?

Aurelio no respondió.

—Aurelio.

El niño bajó la cabeza.

—Sí.

Martín sintió que algo se rompía dentro de él.

—¿Qué parte?

Aurelio levantó los ojos.

—La que sabía quién eras antes de tener miedo.

La mujer sonrió. Por primera vez apareció algo parecido a una boca en su rostro. Una grieta. Negra. Profunda.

—Y yo la guardé.

Martín se acercó a la cama.

—Entonces todo esto…

—Empezó ahí.

Martín se arrodilló. No quería mirar. Pero comprendió algo.

Durante toda su vida había obedecido la misma orden.

No mires debajo de la cama. Su padre se lo había enseñado.

Su madre lo había repetido. La casa lo había convertido en una regla.

Y quizá esa regla no existía para protegerlo de lo que estaba debajo.

Quizá existía para proteger lo que estaba debajo… de él. Martín respiró.

—Voy a mirar.

Aurelio dio un paso hacia él.

—No.

—Tengo que hacerlo.

—No sabes qué vas a encontrar.

—Precisamente.

Martín levantó la colcha. Debajo no había oscuridad. Había una habitación. Una habitación mucho más grande que el espacio que ocupaba la cama. En el centro había una mesa. Sobre ella, una caja. Y junto a la caja… su padre. Martín dejó escapar un sollozo.

—Papá.

Su padre levantó la mirada. Parecía exactamente como en 1992. Joven. Cansado. Con la misma camisa que llevaba el día que murió.

—No bajes —dijo.

Martín se quedó paralizado.

—¿Por qué?

Su padre miró detrás de él.

—Porque ella ya sabe que has encontrado la puerta.

Martín miró a la mujer. Había desaparecido.

—¿Dónde está?

Su padre respondió:

—No la busques.

—Está dentro de mí.

—Siempre lo estuvo.

Martín bajó la mirada hacia la caja.

—¿Qué hay ahí?

Su padre no respondió. Martín entró debajo de la cama. El espacio se cerró sobre él. La habitación quedó atrás. Ahora solo estaban él y su padre.

—Papá.

—Sí.

—¿Qué es esta caja?

Su padre puso una mano sobre ella.

—Lo que tu madre no pudo olvidar.

Martín sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Sobre mí?

Su padre negó.

—Sobre ella.

—¿La presencia?

—No.

Martín frunció el ceño.

—Entonces, ¿sobre quién?

Su padre miró a Martín.

—Sobre tu madre.

La caja comenzó a moverse. Desde dentro llegó un sonido. Una respiración. Lenta. Profunda. Martín retrocedió.

—Está viva.

—No.

—Entonces, ¿qué es?

Su padre susurró:

—El último recuerdo que ella dejó de sí misma.

La tapa comenzó a levantarse. Martín quiso detenerla.

No pudo. La caja se abrió. Dentro había una fotografía.

Una sola. Martín la tomó. Era su madre. Pero no estaba en 2009.

Ni en 1992. Ni en 1988. La fotografía parecía mucho más antigua.

Su madre aparecía sentada en una habitación desconocida.

Y frente a ella había una niña. Una niña que Martín nunca había visto.

La niña tenía el rostro de su madre. Martín dejó caer la fotografía.

—¿Quién es?

Su padre cerró los ojos.

—No es una niña.

Martín miró de nuevo. La figura de la fotografía había cambiado. Ahora parecía adulta. Después anciana. Después volvió a ser niña. Como si el tiempo no pudiera decidir qué edad tenía. Martín comprendió.

—Es ella.

Su padre asintió.

—La presencia no comenzó contigo.

Martín sintió un vacío en el estómago.

—Entonces…

—Tu madre la conoció antes.

La habitación se apagó. La voz de la mujer apareció detrás de Martín. Muy cerca.

—Y ahora tú también.

Martín se giró. No había nadie. Solo la cama. Solo la oscuridad. Y debajo de ella… algo respiraba. Martín levantó lentamente la cabeza. Su padre ya no estaba. Aurelio tampoco. La fotografía había desaparecido. Y una voz infantil susurró desde debajo de la cama:

—Martín…

Él se quedó quieto. La voz volvió a llamarlo. Esta vez con la voz de su madre.

—Hijo…

Martín cerró los ojos. Recordó la regla.

Si alguna vez escuchas que alguien te llama desde debajo de la cama…

no respondas. Pero entonces comprendió algo.

La regla nunca había dicho que no mirara.

Solo que no respondiera. Martín abrió los ojos.

Y miró. Debajo de la cama… había alguien.

No era la mujer. No era Aurelio. No era su padre.

Era un recuerdo de Martín. Pero no el Martín de treinta y ocho años.

Era el recuerdo de Martín a los cuatro años. El niño levantó la cabeza. Y sonrió.

—Por fin has venido a buscarme.