CAPÍTULO X No me pidas que te olvide #4
Se detuvo al verlos.
—¿Interrumpo una escena histórica?
Clara se apartó apenas, sonrojada como no se había sonrojado en años.
Gabriel soltó una risa baja.
—Marina.
—No, no. Por mí continuad. Pero si vais a reconciliaros definitivamente, agradecería que lo hicierais después de comer. El guiso no tiene culpa de vuestros siete años de tragedia.
Clara se rio.
La risa le salió inesperada, limpia, casi incrédula. Gabriel la miró como si ese sonido también formara parte de la reparación.
Marina se acercó y dejó la cesta sobre el banco.
Luego miró a Clara.
—Te advierto una cosa.
—Dime.
—Si vuelves a desaparecer, iré a buscarte yo. Y no con cartas.
Clara sostuvo su mirada.
—No volveré a desaparecer.
Marina asintió.
—Eso espero. Porque mi hermano, aunque no lo parezca, es bastante inútil cuando intenta dejar de quererte.
Gabriel protestó:
—Estoy aquí.
—Lo sé. Ese es parte del problema.
Clara volvió a reír.
Y aquella risa, pequeña, situada en medio de tanta ruina, fue quizá la primera señal de un futuro posible.
Los días siguientes no fueron fáciles.
Eso también pertenecía al final verdadero.
Don Julián empeoró. Hubo médicos, noches en vela, decisiones domésticas, documentos pendientes.
Elena atravesó la casa como una mujer que había perdido la autoridad y no sabía aún qué podía ser sin ella.
A veces intentaba volver a mandar; otras, se quedaba callada ante Clara con una docilidad que no le sentaba bien a ninguna de las dos.
La reconciliación entre madre e hija no llegó como abrazo.
Llegó como una convivencia áspera, hecha de verdades parciales, silencios menos venenosos y alguna frase honrada en mitad de conversaciones difíciles.
Leonardo cumplió su palabra. Se retiró. Envió los informes pendientes por medio de Santos.
No volvió a Villa Belmonte. En el pueblo se habló, naturalmente.
Se dijo que el compromiso no había llegado a formalizarse.
Se dijo que Clara Belmonte había cambiado de opinión.
Se dijo que los asuntos de la herencia eran complejos.
Se dijo también, en voz más baja, que Gabriel Alcázar volvía a entrar y salir de la vida de los Belmonte.
Esta vez Clara no salió a corregir rumores.
Su vida ya no podía organizarse alrededor de lo que otros pudieran contar.
Gabriel no frecuentó Villa Belmonte de inmediato.
Fue una decisión de ambos. Se vieron en la finca, en el camino de la costa, algunas tardes en la casa pequeña, otras con Marina presente, otras solos.
Hablaron mucho. A veces demasiado. Hubo días en que la verdad los unía y otros en que la memoria los volvía torpes.
Gabriel se enfadaba con facilidad cuando aparecía el nombre de Leonardo.
Clara se cerraba cuando él insinuaba, aun sin querer, que habría bastado con acudir a él aquella noche.
Después aprendían a detenerse. A volver.
A decir: esto pertenece a la herida, no al presente.
O: esto sí pertenece al presente y debemos mirarlo.
No era un amor sencillo.
Pero era suyo.
Una tarde, casi un mes después de la firma de don Julián, Clara hizo algo que no anunció a nadie.
Preparó una pequeña maleta.
No grande. No definitiva en apariencia. Dentro puso ropa para varios días, un libro, la copia de su carta, la declaración de su padre y un pañuelo antiguo de su abuela. No se llevó joyas. No se llevó retratos. No se llevó nada que pareciera una fuga ni una mudanza ceremonial.
Bajó al vestíbulo.
El escritorio de la puerta lateral ya no estaba. En su lugar había una maceta grande de hojas verdes. El espacio parecía raro, desnudo, pero respirable.
Elena apareció desde el salón.
Vio la maleta.
Durante un instante, el pasado pareció querer repetirse: una hija con equipaje, una madre en el vestíbulo, una casa a punto de perder el control.
Pero esta vez Clara no se escondía.
Y Elena no ordenó.
—¿Te vas? —preguntó.
—Voy a pasar unos días en la casa de los Alcázar.
Elena cerró los ojos un momento.
—Con Gabriel.
—Sí.
—¿Como qué?
Clara sostuvo la mirada de su madre.
—Como mujer libre.
Elena recibió la respuesta sin defenderse.
—¿Volverás?
—Sí. Mi padre está aquí. Tú estás aquí. Hay asuntos pendientes.
—Pero ya no vivirás aquí como antes.
—Nunca volví para vivir aquí como antes.
Elena asintió lentamente.
—No sé qué decir.
—No digas nada conveniente.
La madre casi sonrió con tristeza.
—Entonces... cuídate.
Clara dejó la maleta en el suelo y se acercó a ella.
No la abrazó de inmediato. Elena tampoco. Había demasiada historia entre ambas para resolverla con un gesto hermoso. Pero Clara tomó la mano de su madre.
—No me pierdes por decir la verdad tarde —dijo—. Me habías perdido por ocultarla.
Elena apretó los dedos de su hija.
—Lo sé.
—Aprendamos desde ahí.
—Lo intentaré.
—Yo también.
Entonces sí se abrazaron.
No fue un abrazo pleno. No todavía. Elena temblaba. Clara también. Había culpa, distancia, restos de rabia, y una ternura antigua, casi desconocida, intentando abrirse paso entre ruinas.
Cuando se separaron, Elena tocó el rostro de su hija.
—Ese vestido azul te favorece.
Clara sonrió apenas.
—Eso sí puedes decirlo.
—Bien.
Teresa esperaba junto a la puerta con los ojos húmedos.
—Le he puesto pan y queso en la bolsa pequeña —dijo, como si Clara fuera a cruzar un continente.
—Gracias, Teresa.
—Y una chaqueta. En la vega refresca.
Clara la abrazó.
—Has sido más valiente de lo que crees.
Teresa lloró entonces, sin poder evitarlo.
—No. Solo he tardado menos que otros en tener miedo de mí misma.
Clara salió por la puerta lateral.
No había coche esperando.
No había noche cerrada.
No había carta abandonada sobre un escritorio.
No había padre en el despacho dictando el precio del amor.
Caminó.
El camino hacia la finca de los Alcázar estaba iluminado por la tarde.
El aire olía a tierra, a hojas y a un verano próximo.
Clara avanzó despacio, con la maleta en la mano.
No se sentía ligera. La libertad no siempre se siente ligera al principio.
A veces pesa porque, por primera vez, una sabe que no podrá culpar a otros de cada paso.
Al llegar a la linde de los Alcázar, se detuvo.
Gabriel estaba esperándola junto a la verja.
No en el camino, como aquel primer día en que la vio desde lejos y no se acercó.
Esta vez sí estaba allí.